Avisa cuando llegues o el segundo idioma de los cuerpos

Gabriela alburquenque

Ser mujer y habitar el espacio público es asumir un segundo idioma que se narra a la par del cuerpo. La calle, desde lo corporal, fija límites que se manifiestan en el tránsito de lo privado a lo público. Esto nos advierte Avisa cuando llegues, mensaje de alerta, que pone en jaque el cruce entre intimidad e historia, si lo pensamos a la luz de la alerta morada que levantamos por Fernanda Maciel, misma alerta por Antonia Barra, las jóvenes de Alto Hospicio, Claudia Araya, Ámbar Cornejo y tantas, tantas otras. Así, Avisa cuando llegues, estado de alerta, nos indica que no podemos dejar pasar el texto como literatura de no ficción, simplemente, porque lo que se articula en el relato es un manifiesto contra la heteronorma, contra el segundo idioma necesario para coexistir como cuerpos que también son mujeres, como mujeres que son primero cuerpo, en la cultura. 

El libro (Bifurcaciones, 2019) contó con el apoyo de la ONU Mujeres y con la edición de Alejandra Costamagna y Carolina Melys. Dos autoras nacionales que en esta publicación se desprenden del lugar de la autoría para dar paso a otras voces, 25 exactamente, que van a ser centrales en la conformación de este libro que puede ser también leído como un cuerpo. Esa centralidad, explorada desde 25 registros que van desde la cueca al poema, desde el guión al e-mail, desde el cuento al discurso, puede ser entendida como un tránsito, también, a distintas maneras de abordar una premisa que actúa como pie forzado de los relatos: mujer y calle. 

La invitación a recorrer las páginas del libro que se forma cuerpo frente a nosotras hace que la mano tambalee. Acaso por las decisiones estéticas, editoriales, corporales, no sabemos con qué nos vamos a encontrar hasta no atravesar la presentación y los dos prólogos del libro, pero sí sabemos, eso sí, que la lectura va a ser, por lo menos, difícil. Las portada de Alejandra Acosta, las letras moradas, el mismo título, actúan como alertas materiales de estar frente a un cuerpo que se inviste del discurso feminista del que somos parte desde hace años y el cual reactivamos como paréntesis de esa normalidad que desde el 18 de octubre miramos con sospecha. En un primer momento, esas alertas son suficientes para entender o al menos delinear el recorrido de este cuerpo y su trayectoria histórica. En el pliegue de las páginas, en la dureza del lomo, nuestras manos van tejiendo, también, lo que va a ser una catarsis del paso del silencio hacia el lenguaje. 

El cruce de la intimidad a la calle, de lo privado a lo público, se va enraizando al cruce del silencio a la palabra. Decimos invistiendo el cuerpo de un segundo idioma en el que la palabra sea legible. Decimos dislocando la lengua para que la palabra escurra. Y en los bordes, en el centro, la verdad se cuela como peso inevitable del tránsito. No dijimos durante años, dijeron por nosotras en otro idioma, parecen decirnos estas 25 voces corales que actúan a ritmos disonantes como cántico feminista en el que los cuerpos comparten espacio, comparten palabras, comparten historia, y resuena, como eco, al costadito, en una esquina de la imagen, la posibilidad de que nuestras voces sean tomadas desde el carácter auténtico de la diferencia que no esencializa porque enfoca la marginalización histórica al centro del relato. 

Así, las autoras. Cineastas, novelistas, poetas, ilustradoras, artistas en toda la extensión de la palabra, nos entregan 25 relatos de los cuales es imposible elegir alguno para citar porque la reseña lo exige. Luz María Astudillo, Alicia Scherson, Alejandra Moffat, Alia Trabucco Zerán, María Antonieta Contreras, Ana María Baeza, Pia Barros, Begoña Ugalde, Betina Keizman, Carmen García, Carla Zúñiga Morales, Juana Inés Casas, Yosa Vidal, Daniela Catrileo, Mónica Drouilly Hurtado, Flavia Radrigán, Natalia Figueroa , Florencia Smiths, Verónica Jiménez, Lina Meruane, Nina Avellaneda, Rosabetty Muñoz, Marcela Trujillo, Macarena Urzúa Opazo y Elvira Hernández son la cita suficiente para la invitación a la lectura. 

El cruce que dieron estas artistas, el cruce que hicieron al ocupar el espacio público e ingresar como «intrusas» a un espacio que antes las masculinizaba y luego las esencializó —basta con pensar en Marta Brunet o en la categoría «escritura femenina» para marcar la escritura de mujeres– es un piquete en esa normativa de las calles, en esa normativa de la palabra, que en algún punto de la historia, sabemos, les asignó la normativa, también, del silencio. Avisa cuando llegues explora los fundamentos de una cultura heteropatriarcal en la que la relación de las mujeres con el espacio público, por tanto, con la norma que se inclina a lo masculino para regir la vida, es central. Alejandra Costamagna en su prólogo, sigue el hilo de Mary Beard en Mujeres y poder (Crítica, 2018) para rastrear en la literatura el primer momento en que se definieron las reglas de un juego de exclusión a las mujeres narrado por Homero en la Odisea, personificado por Telémaco y Penélope, en el cual el hijo envía a la madre a la intimidad del cuarto porque los hombres, dice el joven, se harán cargo de la palabra pública. Costamagna sobre lo anterior afirma: «En el dominio concreto de la calle opera una normativa que aprendemos rápidamente, desde que damos los primeros pasos fuera de casa. El carácter activo del sujeto que circula puertas afuera, asignado a la masculinidad, se contrapone con la pasividad que va del umbral de la morada hacia adentro (…) Pero la marcación del territorio, así como la asignación de roles y su dinámica con el poder en cada espacio es clarísima: la calle para el macho, el hogar para la hembra». Carolina Melys, por su parte, nos advierte de las tensiones entre la mujer y la calle, la mujer y la necesidad de recurrir a ese segundo idioma en el espacio público: «La mujer y el espacio público establecen una relación en constante tensión que impone desafíos y acomodos: una conquista permanente, pero también una amenaza. En definitiva, un espacio que nos interpela a diario y en el que el desacato suele costar caro». 

Las editoras aciertan al desdibujar en sus prólogos un paisaje que conocemos, con el que nos identificamos y del cual no fuimos siempre conscientes. Porque el largo de la falda, el escote profundo, la conducta del resguardo, nos llegó como herencia incluso antes de cruzar a la calle. Pensamos en nuestras amigas, hermanas, madres, y entendemos así que los 25 relatos por venir podrían ser los nuestros o los de ellas. 

Y como todo cuerpo, que es también un libro, no sabemos qué hacer al finalizar la lectura. Dónde ubicamos este cuerpo, qué estante dentro de la biblioteca personal lo merece. Entonces, en un ejercicio que va de la mano con el correr de las páginas, hacemos un nudo en la historia, extendemos un espacio para que quepa el libro y que así comience a cubrir, anudar, esa historia de silencios que hoy repensamos desde el lugar de la palabra pública: intrusas o no, existimos y decimos. 

Así, el libro cuerpo, es también un manifiesto: «Que el rumor sea canto y no letanía parecen decir estas voces múltiples. Que la vuelta de la esquina, algún día, deje de ser oscuro manto y se vuelva tierra liberada del miedo. Que la palabra sea calle y cambio, dicen, decimos, diremos» (Costamagna). «Que los espacios de conquista sean cada vez más extensos y que la presencia de la mujer en las calles sea liberada de toda carga social, hasta que caminar libremente la ciudad sea un derecho» (Melys).

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