Fragmentos de un emoji amoroso

Jorge núñez riquelme

En el sitio web emojitracker.com se puede ver en tiempo real cuántas veces se usan los emoji en twitter. Dentro de los más populares están el rostro que muestra una risa con lágrimas de gozo, luego el corazón rojo, y en tercer lugar un rostro con ojos en forma de corazón, y caras felices. Esta página solo muestra el uso de emojis en twitter, pero si lo multiplicamos con otras redes sociales, el resultado es de miles de millones de emojis que se comparten de manera pública y privada.

Le pregunto a mi hermana si acaso su pololo le ha escrito una carta. Me dice que no, que es anticuado y cursi, que cuando cumplen meses suben una fotografía o storie juntos por instagram. Que se escriben por whatsapp y comparten memes. Que las cartas ya no se escriben. Aunque tal vez puede que me haya mentido, y espero que así sea.

¿Qué diría Barthes de esta nueva generación? En su célebre libro Fragmentos de un discurso amoroso, primero que todo, el francés nos hace una advertencia en el inicio del libro: Es pues, un enamorado el que habla y dice. Con esa sentencia Barthes comienza un viaje personal —ya no es tan personal si escribes y publicas esta suerte de manifiesto—, en donde describe, analizando distintas obras, citando y haciendo intertextualidad entre intelectuales para desentrañar el sentimiento de Eros: el amor. Barthes se entrega al vacío, a la caída, al falling in love que estos tiempos parecieran esquivar. Esquivar a la caída, esquivar al error. Esquivar las palabras y, a cambio, saturarnos de emojis que sugieren, pero no dicen, que divierten, pero no apasionan.

Le pregunto a mi mamá «¿Cómo era el papá contigo cuando pololeaban? ¿Qué hacían? ¿Te escribía cartas?» Me dice que sí, que lee escribía cartas, que iban al cine y al teatro. Que caminaban mucho y tomaban algún refresco mientras subían cerros por Valparaíso. Que cuando él estudiaba arquitectura, Huidobro era su poeta favorito. «Me regaló Altazor y me lo dedicó. Me gustaba ese libro, aunque habían poemas que no entendía».

Tampoco sé qué quieren decir algunos poemas de Huidobro. Él también es uno de mis poetas favoritos. No podría ser de otra forma si tu padre te invita en plena niñez a San Antonio, y vez la lápida de una tumba en la que dice «ABRID LA TUMBA. AL FONDO DE ESTA TUMBA SE VE EL MAR», así, con mayúsculas y todo. Sí me queda claro una cosa de Huidobro y su Altazor: la caída, el falling in love. Más allá del paracaídas, Huidobro y su caída nos podría mostrar distintas faces de lo amoroso; melancolía, lo vertiginoso, el no control, la inutilidad de sus esfuerzos como esfuerzo a la caída misma de la que implica enamorarse.

La sociedad está huyendo de la caída, no solo en lo amoroso, sino en todo plano. Pareciera que el abismo ya no es tal. O quizá estamos en presencia de un nuevo abismo de la caída en cuánto se expone lo amoroso y lo privado en redes sociales. El filósofo Byung-Chul Han en su libro La sociedad de la transparencia indaga en la transparencia como mecanismo de control en las sociedades, y un ejemplo de esto es el uso de redes sociales. El filósofo nos dice que «La coacción de la transparencia nivela al hombre mismo hasta convertirlo en un elemento funcional del sistema. Ahí está la violencia de la transparencia». Por lo tanto, la sociedad negativa, entendida como autónoma de su intimidad y privacidad, pretende ser suplantada o suprimida. Y no por algo a algunas personas les llama la atención que existan otras personas que no tengan redes sociales, casi viéndole como un total extraño.

 «Vivimos en una fuerte levedad» nos dijo Barthes en 1977, mismo año en que Francia deja de emplear la guillotina como mecanismo de condena por delitos. Su última utilización fue el 10 de septiembre de ese año. El culpable fue el inmigrante de origen tunesino Hamida Djandoubi, sentenciado a muerte por tortura y asesinado de Elisabeth Bousquet, su exnovia. Quizá un diario chileno habría titulado «La mató por amor». Lo cierto, diría Erving Goffman, es que este titular se presenta ante otros sobre la base de aquello que se quiere demostrar, en este caso, reafirmar un discurso machista. La profesora de castellano Viviana Ávila tituló con dicha frase un libro en la que describe cómo, por ejemplo, algunas expresiones que son vistas como un discurso desde lo amoroso en realidad no lo son. Se concluye, para las mujeres, que el deber ser es superior a los deseos sobre sus libertades sexuales.   

Le pregunto a mi esposa si acaso su primer pololo le escribía cartas. Me dice que no, pero que cuando se regalaban cosas con «el negro» el regalo venía adjunto con un mensaje, una nota amorosa. Y que las guardaba, a pesar de lo simple de los mensajes, había una declaración de amor por más mínima que fuese. Años más tarde, mi esposa escribiría un cuento en la que la protagonista viaja a Valparaíso, con intención y determinación de proponer matrimonio a su exnovio de sus años de adolescencia y primeros años universitarios. «Hola F: ¿Te quieres casar conmigo». F, el exnovio le dice que no, la protagonista luego diría al menos lo intenté.  

¿Qué intento es un emoji? ¿Hay un arrojo en una cara feliz? Lo cierto es no es el discurso de un otro para luego adaptarlo al nuestro y crear uno nuevo y propio. Un emoji es lo que es, más no correspondería a un lenguaje que es otra piel, como diría Barthes, algo que se frota contra el otro y que tiembla de deseo. Es una expresión tímida: por más que se use el emoji de berenjena y chorro de agua para demostrar excitación, o el de durazno junto a un emoji de fuego para celebrar un trasero trabajado. Sugiere, pero no dice, divierten, pero no apasionan. Mucho menos correspondería a una jouska, palabra polaca que trata de definir una conversación hipotética que se repite en la cabeza, como aquellos monólogos adolescentes en donde el enamorado hace un simulacro de algo que podría pasar, algo así como «Mira, en realidad hace mucho tiempo que hemos estado juntos y nos hemos conocido mucho, y me gustaría que fuéramos algo más…». No, un emoji no es nada de eso.

Si bien los emojis surgen desde la cultura japonesa y tienen un trasfondo distinto a su par virtual, los emoji solos son «ilegibles». Deben usarse junto con los modos de expresión establecidos para evitar malentendidos. La literatura, como uno de los usos más intencionales, matizados y afectivos del lenguaje, proporciona una idea de esta , pues solo tendrá cierto potencial narrativo a partir de funciones miméticas.En el libro Eros el dulce-amargo, la poeta Anne Carson realiza la pregunta ¿Qué desea el amante del amor? a partir del fragmento 31 de Safo. «Lo que necesita la amante de ese poema es ser capaz de enfrentar a la amada pero sin destruirse, es decir, necesita alcanzar el estado del “hombre que escucha atento”», nos dice Carson, clarificando que esa atenta escucha podría tratarse de un mensaje puro, concreto y apasionado. «El enamorado», dice Barthes, «es el semiólogo salvaje en estado puro. Se la pasa leyendo signos. No hace otra cosa: signos de felicidad, signos de desgracia. En la cara de los demás, en sus comportamientos… Está realmente al acecho de los signos». Pero esos signos corresponden a otro mundo, a una cuestión no virtual, en donde la lectura de un emoji carece de nuevas interpretaciones por lo superficial de su significado.

Le pregunto a mi esposa sobre las cosas que faltan en casa para luego tomar mi celular y hacer una lista de las cosas que necesitamos. Me dice que no me preocupe y que ella escribirá la lista. Las cosas que faltan son:

Aceite de oliva
Verduras
Leche
Café
Agua mineral
Galletas con forma de Minnie Mouse

Vibra mi celular mientras camino hacia el supermercado, con guantes, mascarilla y protector facial, y alcohol gel. Lo saco de mi bolsillo, abro whatsapp con la lista. Luego otro mensaje dice: «No te demores. Te <3».

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