La historia no era así y el refugio de la palabra

Josué navarrate Navarro

La escritura (y la identidad, por supuesto) nunca es una estructura que busque estar ensimismada; me imagino que por ahí debe moverse una novela que tenga por título La Historia No Era Así (Alquimia Ediciones, 2020), escrita por el escritor y periodista Hugo Forno (Santiago, 1970), quien es chileno de ascendencia española e italiana, y que se publicó en un Junio tan extraño como lo han sido todos los meses del 2020. Y resulta, además, que Junio es una imagen fuerte dentro del mismo libro: es el mes que contiene la desdicha de un niño en plena Segunda Guerra Mundial; siendo a la vez un pequeño héroe en su localidad, un punto de inercia entre el narrador y su padre. Así es como vamos con él a contemplar ese agujero suyo «que pareciera ser el centro de un triángulo adherido a la memoria»: un sueño.

Las partes de la novela, debo decirlo, me relajan bastante: se pasa de una página onírica al Contexto, donde se definen algunas cosas, para después entrar de lleno en los Hechos. Ahí la novela va sucediendo. Hugo emprende este vuelo con tanta incertidumbre como calma, y las imágenes van sujetando la historia como las nubes puedan sujetar al cielo. Vamos sabiendo cosas de lo que implica tener un suegro franquista, el haber cursado la escolaridad en un colegio donde decir «No» en plena dictadura era un delito, o estudiar Derecho en Santiago y terminar en Horcón hablando sobre poesía y formas en que uno podría morir. Cada fragmento va construyendo a su ritmo su propia conciencia; la confusión al leerlas no existe y los dos tonos que sirven a este juego ficcional e historiográfico recubren la guerra, el exilio, la vejez y la tarea de cuidar al padre de sus fantasmas; ante todo, el relato es un tributo al padre, y a los aviones. Al ruido de los aviones.

Luego viene el Epílogo, donde Hugo nos menciona que un político lloró en la plaza que lleva su nombre allá en Roma, pero sin la H. Se conmueve por el mito del niño. Por su simbólica desaparición.

Y acá en Chile, los políticos nunca han llorado.

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