La página en blanco: apuntes sobre el silencio

Gabriela Alburquenque

En una de mis primeras clases en la universidad, que se sintió como una antesala para lo que sería la experiencia universitaria en sí misma –estaba cursando un bachillerato–, escuché a mi profesora de literatura decir, a propósito de La virgen de los sicarios (Vallejo), que la violencia del lenguaje en la novela, la incomodidad ante la falta de capítulos que nos permitieran reposar lo que leíamos, era un problema con el lenguaje, una especie de comunicación defectuosa. Y cuando ese lenguaje es problemático, dijo también, cuando nos damos cuenta que la palabra no está a la par de lo que se quiere decir, estamos frente a algo muy parecido, o que acaso es, la literatura. Esto es una cita de mis apuntes de esas clases. Esto es una cita a la poeta, editora y profesora Julieta Marchant. Recalco, desde un inicio, el lugar de la pedagogía en esta anécdota preliminar porque pienso la pedagogía como una cascada o un lago –estoy buscando la simetría que veo en el oficio– donde fluyen ideas que se contraponen y oxigenan. Recalco, desde un inicio, el lugar de la pedagogía en esta anécdota preliminar porque me parece necesario tomar en cuenta ese escenario que oxigenó el pensamiento que fluye en mis palabras ahora, tras años de haber hecho ese bachillerato, tras años de haber cruzado un puente hacia la domesticación de mi propia palabra en la academia, tras años de haber ingresado a un sistema incómodo para que la palabra sea –por el neoliberalismo al que estamos sometidxs, por el segundo golpe que nos da ese neoliberalismo a quienes no debíamos haber alcanzado la educación superior por nuestros orígenes–.

Volviendo a la cuestión principal, las reflexiones de Marchant dieron vuelta mi pensamiento sobre la literatura y, me hicieron ver, cierta incomodidad propia con la escritura y los distintos dispositivos que utilizamos para emplearla. Pienso en la colección de libretas que tengo sobre una repisa, las cuales me cuesta mucho tocar, abrir, iniciar. Pienso en la otra colección de libretas en un cajón escondido donde reposan las páginas arrancadas, el revés de esa incomodidad escritural que se manifiesta, en términos concretos, en las ruinas de lo que pudo ser una escritura. Pienso, entonces, en el vértigo a la página en blanco. 

Al mismo tiempo que escribo esto, estoy luchando contra el vértigo de la página en blanco que antecede a esta escritura. Al mismo tiempo que escribo esto, me doy cuenta que ese vértigo se ha vuelto necesario para escribir. Admiro a las escritoras y escritores que no tiemblan en el vuelco al lenguaje, pero admiro mucho más a aquellxs que les cuesta, que viven esa tensión letra a letra y que, como en el caso de La virgen de los sicarios, escupen el lenguaje a fuerza; lo sacan de sí con una necesidad inmediata de soltar la palabra aunque no necesariamente la idea. 

Estoy diciendo que la incomodidad con la escritura, aporía del vértigo a la página en blanco, somete a la voz que escribe a cierta inhospitalidad del oficio. La carga sobre la lengua actúa en el espacio que le damos a la palabra para que colme de sentido aquello que estamos queriendo decir, queriendo, de algún modo, nombrar o acaso, necesitándolo. 

Durante mucho tiempo pensé que lo que había entre la idea y la palabra era el silencio. Pienso en John Cage, por ejemplo, que en 1958, tras haber ingresado en una cámara anecoica que suspende el ruido, afirmó que el silencio no existía –esto porque estando dentro y ante la nulidad del ruido interiorizó los sentidos y escuchó a su propio cuerpo hablar–. Y entiendo que el compositor estadounidense no comprendió en su experimento que el silencio va más allá de la anatomía humana. 

En Cage el silencio es falta. Siguiendo lo planteado por la poeta, ensayista, traductora y también profesora canadiense Anne Carson en su ensayo Variaciones sobre el derecho a guardar silencio, hay dos tipos de silencios en la literatura y, específicamente, en el oficio de la traducción: el «silencio metafísico» y el «silencio físico», siendo el primero un trabajo a contrapelo con el lenguaje, con las palabras y, el segundo, marca textual de vitalidad en un texto que, orgánico, no se sostuvo entero tras el paso del tiempo. Estos dos silencios, me parece, anulan el silencio de Cage, siendo el silencio que plantea él un silencio anatómico, que se sostiene en el oído y que, por lo mismo, no da con la naturaleza esencial del mismo –si acaso hay una naturaleza esencial, en todo caso–. Lo que el compositor estadounidense no comprendió en su experimento, entonces, es que el silencio va más allá de la anatomía humana. El silencio borronea los límites con lo propio y se levanta en la medida en que asumimos la pérdida del propio ser en él, propongo. Inicialmente, podría decirse que la imposibilidad del habla, la imposibilidad de la lengua, nos lleva al silencio –digo inicialmente porque todavía estoy formando esta idea–. En ese límite, entonces, no sólo se pierde la posibilidad de decir, sino de existir a la par de la palabra. Pienso luego existo se convierte en digo y luego existo; el cogito del filósofo francés Descartes se replantea. 

Me parece que hoy, dejando a Cage, dejando a Descartes, pero sin soltar la voz de Marchant y Carson puedo decir –escribir mientras se dice– que no es el silencio lo que está entre la idea y la palabra, sino y reafirmar la idea, la literatura. El silencio, me parece, ocupa un espacio distinto, quizá dentro de, quizá fuera. «Hemos sido escritos. Extraviamos el oído que piensa y lee cuando el silencio entre ella y tú, entre tú y yo, se lanza a las palabras, y ellas, insufribles, se aquietan y miran y aguantan el desastre» (Julieta Marchant). Escribir como imposición sobre la lengua que llena de fisuras del silencio que rastrea un origen, es articulación que no es verbo sino palabra, o algo muy parecido a un derrumbe. El silencio, en este sentido indócil y móvil, actúa como península en las islas del lenguaje que extendemos hacia lxs otrxs y también, a nosotrxs mismxs.

El silencio como acción poética. Un dispositivo discursivo, una variación de la comunicación. El silencio transmite significado fuera de la representación del sonido. No hay una sujeción al tiempo en el silencio, porque su existencia trasciende el límite con la realidad. Hay, en el silencio, una posibilidad de salida al pensamiento situado en un espacio y tiempo determinados. Si no digo algo, en un momento, no lo habré dicho nunca, ni antes, ni después, por lo tanto, aquello que contengo en el silencio, se levanta como código indescifrable para la posteridad.

Escribir el silencio: paradoja evidente. Lo que la palabra hace es burlar el sentido, burlar la fragmentación del lenguaje. La palabra es un ardid, un falseo entre el proceso de exteriorización de lo que se comunica. La percepción, selección, código resuelto hacia fuera, como re-escritura. Volver a escribir, volver a decir, volver a descifrar el mensaje y soltarlo codificado porque no entendemos de otras formas. Las palabras se detienen para ir al origen y en ese recorrido hacia atrás recuperamos el silencio. Atrás de la percepción, atrás de la exteriorización del proceso comunicativo, el silencio vuelca sus intenciones como verdad posible.

No podemos fingir el silencio. Su expresión es ideal porque está escrita en un plano universal. Es o no es, existe o no existe. Y en la renuncia a las palabras, en la renuncia a la escritura, se emplea la decisión de recurrir a sus márgenes para llenarlo entero. Porque las palabras tensionan el silencio lo entendemos como alternativa, pero le tenemos miedo al silencio, miedo a lo que el silencio implicó, miedo a lo que el silencio, como un límite sujeto a la realidad, no escriba y borre.

El silencio como fin, como inicio, como recorrido. Voy hacia atrás y traigo este silencio para ti porque las palabras no alcanzan. No es una retórica la del silencio, es intransferible lo que encierra. Y lo que encierra es también lo que abre, porque no aísla, no excluye. El silencio está en la idea de conectar con el exterior, en la intraducibilidad de la conexión que se frena, se repite, se vomita entre palabras que nunca lo llenan, que no pueden superarlo. El silencio como significado último que calme esta necesidad de decir. 

Las palabras rastrean silencios. El lenguaje hace evidente que el silencio es el único capaz de superar las barreras de comunicación idiomáticas. No necesita traducción, no necesita decodificaciones. El silencio está, habita, presiona, alza y decae. Lo que antecede a la palabra no es otra cosa que silencio del pulso. El silencio no rehúye del hecho, es el hecho.

Abandonar el silencio es abandonar nuestro ser en él. Entenderlo en ese punto en que el miedo no le de muerte parcial, es comprenderlo como un todo que no entorpezca su uso, su existencia auténtica. Damos muerte al silencio porque queremos decir. Damos muerte al silencio porque nos obligan a decir. Las obligaciones entran en pugna con los derechos. Tenemos el derecho de no decirlo todo pero escribimos, decimos.

Y si ese silencio colma la escritura, si esa escritura es una sobre-escritura del silencio, entonces el dolor ante la verdad, la catarsis comunicativa que no se puede rastrear de manera absoluta. Sólo luces, sólo atisbos de un silencio inabarcable. Porque la potencia del silencio está en que no nos pertenece aunque sea universal, no es nuestro sino anterior. El silencio, como eco del pasado, que restaura el presente en su eterno viaje a lo que fue, lo que podría haber sido, ese instante en que todo era silencio hasta que ya no lo fue más. 

Hace un tiempo hablé con mi psicóloga del vértigo, y cuando se enteró que la mayoría de mis libretas están vacías y las que no ocupan un lugar en el cajón de las libretas rotas ante la incomodidad con mi propia letra, no se sorprendió. ¿Hay más como yo que sienten el correr de las letras una imposición incómoda? Esto no quiere decir que mi vínculo con la literatura, más claro, con la escritura, tenga una imposición sobre la marca que guía la pulsión de lo escrito. Me parece, siendo justa, que en la tensión con el lenguaje, existe un espacio para que la palabra sea. Sin esas tensiones, incomodidades, silencio, vértigo, me es imposible escribir. 

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