Cómo interrogar el pasado desde un presente activo: una conversación sobre memoria con Alejandra Costamagna

Gabriela Alburquenque

Corre el 7 de septiembre del 2018 y le escribo a Alejandra Costamagna, desde un correo institucional, para preguntarle sobre la memoria. La entrevista se da en el marco de una conversación virtual –ya en ese momento– entre estudianta y profesora, a través de un documento que tuvo por nombre inicial «preguntas para Alejandra» para, después de la intervención de la escritora, convertirse en «respuestas para Gabriela». El género referencial del cual hicimos uso para comunicarnos se convirtió en un pimponeo de nuestras voces –más de la suya que la mía– en la necesidad de delinear un panorama escénico de la memoria en Chile. 

Alejandra Costamagna Crivelli (1970) es escritora, profesora y periodista. El camino de sus letras ha seguido, desde la publicación de su primera novela (En voz baja. LOM Ediciones, 1996) hasta la última (El sistema del tacto. Anagrama, 2019), un impulso a sumergirse en las lagunas de la memoria colectiva e individual. Desde la construcción de su propio lenguaje memorioso, Alejandra nos entrega en esta entrevista la articulación íntima de una voz que esclarece las relaciones entre memoria, historia, identidad y sociedad, para ella. 

¿Qué lugar crees tú que tiene la memoria en nuestro imaginario nacional? 

Creo que desde el primer día de transición a la democracia la memoria ha sido un espacio de disputa permanente. Esa línea nefasta de «la medida de lo posible» que rayó tempranamente la cancha de la justicia y la reparación, estrechó también los marcos de la memoria. Hay quienes no quieren recordar: los que hablan de dar vuelta la página y mirar hacia el futuro sin volver la vista atrás, como si el pasado pudiera ser borrado a voluntad. Pero hay también quienes, aun queriendo recordar, conciben la memoria como un elemento pasivo, consensual, estancado: como una ruina que se visita en momentos puntuales. Como algo que ya pasó. Y ninguna de esas visiones considera el sentido vivo y presente de la memoria, que opera con los vestigios, las cicatrices, los restos, las zonas grises. Ahí es donde se produce, pienso yo, la tensión más productiva en nuestro imaginario nacional. Porque es ahí donde podemos preguntarnos cómo interrogar el pasado desde un presente activo. 

¿Puede la memoria de un país institucionalizarse? Tomando en cuenta que la educación primaria y secundaria parecen responder a una memoria oficial que deja al margen la memoria individual. 

Hay un intento por institucionalizar la memoria y, si se quiere, amansarla. La cineasta Albertina Carri, hija de detenidos desaparecidos de la última dictadura militar argentina, hablaba hace un tiempo de «memorias de supermercado» para referirse a ciertos mecanismos de la memoria unilaterales, que tienden a quedarse sólo en la grandilocuencia de los hitos más visibles. Y esa concepción estaría en la esquina opuesta de la que ella articula en su película Los rubios. Es, la de Carri, la conciencia de estar construyendo artísticamente un recuerdo tambaleante, que tensiona las fronteras entre lo íntimo y lo social. Ahí cabe la representación de la divergencia de miradas sobre los modos de recapitular la historia traumática, que abre un abanico de relatos posibles para los hijos de las víctimas directas del terrorismo de Estado. Y en ese gesto parece haber también, de parte de Carri y su equipo, un intento de fuga de esa identidad acorralada de hija perpetua, de «hija de», de heredera de un heroísmo ajeno. Pero no es para negar el valor de la lucha de sus padres, sino para buscar sus propios espacios de disenso y construir su identidad como individuo a partir de la ausencia, justamente, de sus progenitores. Creo que es un ejemplo concreto -válido también para nuestro país- del intento de huida de las formas oficiales de representación del pasado y una apuesta por otros modos de exploración del tema, que validan la microhistoria y las esferas tambaleantes del recuerdo para recuperar las piezas de una memoria fragmentada. 

¿La memoria como enmienda o como condena? 

La memoria, más bien, como lo inconcluso cargado de energías latentes. No como la enunciación mecánica y repetida de los hechos del pasado, sino como su rearticulación desde el presente. Como la voz del eco, que vuelve convertida en un sonido que rememora y al mismo tiempo origina un propio rumor. Hay algo de enmienda, sí. Hay algo de condena, también. Pero hay sobre todo una interrogación dinámica, un signo de pregunta que nunca se cierra.

¿Cuál es la labor que tienen las artes y humanidades en nuestro país en relación con la memoria? 

Abordar la memoria desde el arte permite extrapolar situaciones puntuales y darles una validez más amplia. Más que operar directamente con lo real o reflejarlo, pienso que las artes se mueven en el territorio de lo posible. Y, en el caso de la literatura, pueden alumbrar el vínculo estrecho que existe entre experiencia, memoria e imaginación. Las novelas elaboran la realidad en una construcción artística y, voluntaria o involuntariamente, expresan la sensibilidad de un tiempo. Estoy pensando en algunas novelas en las que la memoria no es presentada sólo como un tema, sino que constituye el mecanismo que pone en funcionamiento las propias narraciones. Pienso en El museo de la bruma, de Galo Ghigliotto, por ejemplo. O en La tristeza de las cosas, de María José Ferrada. Son dos libros muy distintos estéticamente: el primero funciona como una suerte de archivo de la infamia con múltiples piezas cruzadas en una zona brumosa y el segundo como un recorrido hecho de palabras e ilustraciones, a través de las cuales seguimos la ruta de objetos domésticos que narran la ausencia. Quizás el desafío para las artes en relación con la memoria esté en dar nuevas resonancias a los ecos de nuestra historia, instalar formas distintas de aproximación y mantener vivo un pasado en discordia. 

¿Por qué es importante hacernos cargo de la memoria al momento de formar sujetxs sociales? Sobre todo considerando tu labor como profesora. 

Porque es una medida de resguardo para el «nunca más». Y porque permite crear una conciencia crítica del presente. Volviendo al núcleo de la primera pregunta, nuestro proceso de transición política implicó diversas tensiones desde su origen. Las ataduras institucionales con la dictadura, partiendo por la mantención de la misma Constitución Política de Pinochet; la compulsión por el consenso; los acuerdos tendientes a la impunidad o la profundización del sistema neoliberal terminaron por obstaculizar la llegada plena de la democracia. En la generación de quienes nacieron en fechas cercanas al golpe de Estado o con posterioridad hay una suerte de conciencia de no haber sido partícipes de la rearticulación fallida de la democracia y de experimentar entonces las resacas de un duelo heredado. Un duelo igualmente fallido. Es bueno recordar eso, no perderlo de vista cuando intentamos acompañar la formación de sujetxs críticxs, que tengan la capacidad de leer el presente en sintonía dinámica con la historia.

¿Cómo observas la memoria en relación con el estallido?

Creo que desde la revuelta de octubre hemos visto muchas capas de memoria en disputa, que dan cuenta de algo que quedó interrumpido por años de adormecimiento. Parecíamos haber agachado el moño, habernos acostumbrado a los abusos y la precarización. Recuerdo las marchas de 2006, protagonizadas por estudiantes secundarixs: uno de los primeros signos del despertar ciudadano en postdictadura. Recuerdo las marchas y la masividad del descontento en 2011, que desnaturalizaron la asociación democracia–neoliberalismo. Luego vendría una seguidilla de manifestaciones hasta llegar a la revuelta de octubre de 2019, en la que todavía estamos. Hay vínculos que cruzan generaciones y que podemos ver graficados en las canciones que sonaron desde los balcones durante el toque de queda del año pasado o en la calle misma por esos días: «El derecho de vivir en paz», de Víctor Jara, que la derecha, en un gesto de apropiación escalofriante, intenta distorsionar hoy; «El baile de los que sobran», de Los Prisioneros, que dejaba en evidencia desde mediados de los años 80 la exclusión y la violencia del modelo profundizado durante la transición política; o la performance «Un violador en tu camino», del colectivo Lastesis, que aúna teoría, activismo y arte, música, proclama y desplazamiento corporal para poner sobre la mesa (sobre las calles, más bien) la violencia sexista que porta el neoliberalismo. Con la pandemia, que nos hace habitar un presente apabullante, estas capas vuelven a aflorar como imágenes quebradas y a ponernos en alerta frente a las distintas violencias que seguimos experimentando: la policial, la económica, la patriarcal. La violencia de un modelo completo en crisis.

¿Qué significa la memoria para ti? 

La memoria es como un mapa borroneado y un faro al mismo tiempo. Una pieza que a veces me orienta y otras me deja perdida en la bruma de unos pensamientos sin rumbo fijo.

*Créditos del retrato a Gonzalo Donoso.