Una Ida sin Vuelta: El guacho Martín Fierro de Óscar Fariña

Diego leiva quilabrán

«Choreando voy a morir; / choreando me han de enterrar, / y choreando vuá llegar / al pie del Eterno Padre: / de la concha de mi madre / vine a este mundo a chorear». Esta es una de las primeras estrofas del poema narrativo de Óscar Fariña (Asunción, Paraguay, 1980), El guacho Martín Fierro (Interzona, 2017), reescritura del canónico Martín Fierro de José Hernández. En ella, se establece ya el fin de la historia, un envilecimiento dado por sentado y cuyas razones se le van exponiendo al lector.

En un juego literario de los que amaría Borges, esos en los que la historia se repite a través de distintos avatares de un mismo arquetipo, este guacho Martín Fierro, y no gaucho, narra sus desventuras, calcadas a las de su homónimo del siglo XIX. Las desventuras del guacho se encuentran determinadas por el clásico texto que reescribe —la narración sigue verso a verso el original a la vez que lo traduce—, pero también están anunciadas en el origen del protagonista, popular villero, marcado, primero por una ética del trabajo y su fracaso: «De pibito me gané / la vida con mi trabajo, / y aunque siempre estuve abajo / y no sé lo que es subir, / también el mucho sufrir / suele cansarnos ¡carajo!». A la agudización de ese fracaso —el encarcelamiento de Fierro, su tiempo en prisión, su huida y salida definitiva de la ley— asistimos como lectores.

A la vez que parece no haber nada nuevo, que la historia de los sectores marginales se eterniza, proliferan en el relato las frescas referencias a la contemporaneidad, a las nuevas relaciones sociales, a las tensiones que encarna una cultura popular demasiado productiva y dinámica: la función social del fogón, con sus mates y sus payadores, se ha transfigurado en el porro; la vihuela del cantor, en la melódica del cumbiero, el «pianito» que rompe al final de su canto; el fervor religioso se reduce al D10s, lugar común de la Argentina más hincha, y a Gilda, a quienes el pibe levanta plegarias en la necesidad. El propio Óscar Fariña acompaña la aparición de algunos de estos elementos y de otros tantos con ilustraciones simples, hechas al modo de un lápiz pasta en una libreta.

Los movimientos en torno a la cultura popular, a sus expectativas, deseos, pero también sus temores y más desdichadas circunstancias mantienen la vitalidad de la narración. La lectura no está exenta de un juego de afectos con el protagonista. Estos pueden ir desde un llamado profundamente empático y piadoso hasta el rechazo por la brutalidad de algunas escenas de violencia física y sexual, que no se reducen a la vida en la cárcel. 

La de este Martín Fierro es una ida sin vuelta, no porque esta especie de traducción esté acotada a la primera parte de la díada que escribió Hernández. No es el límite textual el que marca, sino una historia demasiado viva y cotidiana como para pensar en que algo pueda redimir al guacho que ya no se pierde en la pampa, sino rumbo a Paraguay, fuera de la patria, abandonándola, yendo a su exterior, cuando en el interior no había nada más que buscar, convencido de lo inevitable de ser como se describe en la cita que inicia este texto.

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