Sota de bastos

Pascuala (atania) orellana

Para don Omar Lara y Alejandra Costamagna, con afecto

Antes de medianoche, se cierran las puertas del negocio sin importar cuántos parroquianos queden adentro. Ella por lo general los deja beber hasta tarde, pero no permite la entrada de más clientes porque si no la noche se le haría día y no le saldría a cuenta el cansancio contra el trabajo. Intenta no ponerle atención a las conversaciones de los borrachos porque tiene que concentrarse en los quehaceres que debe dejar listos para mañana: la caja hecha, reponer mercadería, envirutillar, encerar. En eso le pueden dar las dos, las tres, las cuatro de la mañana si ellos no se van antes. 

Tiene que preparar la lavaza para echar las cañas a remojar y que no le queden con olor a trago, enjuagarlas y ponerlas bocabajo en el mantelito plástico al costado de la estantería. Observa de nuevo a los clientes y de paso mira la patente del negocio que está arriba con la figurita de San Sebastián, el santo patrono de los comerciantes. Está más endeudada con San Sebastián que con el Servicio de Impuestos Internos. 

—Que venga la niña, dígale que venga a leernos la suerte. 

—La niña está acostada, es muy tarde, mañana tiene que ir al colegio. 

—Pero no le cuesta nada, que venga un ratito. Si es una sola tirá, una lectura. 

Curaos insistentes, dele con que la niña les va a ver el futuro. La niña es la hija, no sabe si está durmiendo o está viendo tele. A veces sale de la pieza, atraviesa la casa y viene a la cocina del negocio a buscar comida. Casi toda la comida está en esa cocina, en el estante de las cebollas, las papas y los abarrotes. Lo que se puede descomponer está en el refrigerador del salón, ese inconfundible refrigerador gigante con el logo de Cerveza Cristal. En cualquier momento va a aparecer, pero Ella no le quiere decir a los clientes para que no se pongan más cargantes, son de esos que se pegan como calugas a los asientos y de ahí no los saca nadie. 

Revisa de nuevo a la estantería para saber lo que tiene que reponer, es un orden perfecto. A su izquierda hay maltas, bebidas CCU, botellas de vino. A su derecha están las bebidas de la Coca-Cola y los botellines de cerveza. En el centro descansan los dientes del tío, ostentando una tapadura de oro, adentro de un vaso de Pepsicola, también están los destilados y los licores de hierbas. Al costado de la estantería están las jabas de envases vacíos, abajo las jabas con envases llenos y a los pies del mesón una cantidad infinita de chuicas con vino de todas las cepas. Depende de la época, se cuela una que otra garrafa de chicha. 

—Ya, ya, que va siendo hora de cerrar. Apagué la luz de afuera, entré el letrero y faltan ustedes. 

—Pero señorita, si nosotros nos vamos al tiro si la niña nos lee la suerte. 

Tanto que cargosean con eso. De los pocos momentos que Ella compartía con la hija era cuando iba a visitar a la tarotista. La niña, medianamente inteligente o tal vez fue por repetición de la conducta, se aprendió las pintas del naipe español de memoria con sus significados. Sabe interpretar cada una de las cartas porque a Ella le han salido todas. Aprendió de inciensos, el aroma para atraer clientes, dinero, prosperidad y amor. Descubrió las ofrendas a los espíritus en los platitos de loza con arroz, legumbres y monedas antiguas que Ella dejaba en el mesón para atraer abundancia. Lo más interesante es el ánima que baila en el baño cuando le prenden la vela en la mitad de la ducha. A la niña le entretiene mirar por el quicio de la puerta cuando está todo oscuro, excepto la luz de la cocina, ve que la llamita se mueve de un lado para otro. Será el espíritu de un angelito o será algún demonio. 

Dicen que alguien, antes de arreglar el baño, de pura maldad le echó tierra de cementerio. Que por eso el negocio no tira pa’rriba. Va para abajo, va para abajo y la administración empeora con el paso de los meses. 

La niña se levanta a buscar un pedazo de quesito nuevo, de esos que compra la abuelita a la señora del carrito que pasa los miércoles. Mejor si hay aceitunas en limón para saciar el hambre mientras ve Mr. Bean a medianoche en el TVN. Con su cuarto básico no tiene idea de humor inglés, pero se reía igual. Pertenece a los niños nacidos en los noventa que fueron criados por la televisión, que le decían Tata a Don Francisco, con esos papás horribles de la generación del no estoy ni ahí. La niña asoma en el salón y los borrachos se alegran. 

—¡Qué se siente! ¡qué se siente con nosotros! ¡que traiga el mazo!

Con resignación Ella le lleva la baraja. Ambas saben que están cometiendo un pecado, que la baraja está corrupta porque no tiene que ser la misma que ellos ocupan para jugar a la escoba o al monte, pero no queda de otra, es la única manera de que los convidados de piedra se vayan pronto. La niña revuelve el naipe con su calma infantil, da vueltas, los mira que están tan atentos a cualquier movimiento. Luego les pide que corten el mazo, que elijan izquierda o derecha, hace filas indescifrables con las cartas para voltearlas de a poco. Pasado, presente, futuro. Comienza su ritual. 

Esa noche les dijo cualquier cosa. Una mujer enferma representada por una sota de bastos, una mujer morena enferma representada por una sota de bastos para ser más precisa. Dolor, mucho dolor ya que va acompañada del siete de espadas. Es alguien cercano, de la familia, porque al otro lado tiene el tres de copas. Uno de sus espectadores se pone a llorar diciendo que la mamá tiene cáncer, pregunta si se va a mejorar y la niña gira temerosa las cartas del futuro. 

—No lo sé, no entiendo lo que sigue. 

Sin embargo, sí lo entiende. El uno de bastos es la carta de la muerte, el dos de espadas con el tres de bastos son los lazos que se rompen, los caminos diferentes. Bien puede ser el camino de la tierra y del cielo, o el camino de las dimensiones distintas. 

—Ya, ya, vámonos yendo. Si eso era lo que ustedes querían escuchar. Mi hija tiene que dormir, les dije que mañana va al colegio. 

Ella la corretea y le dice que debe ir a acostarse, la abuelita la está esperando para que sigan viendo tele. Está esperando ese quesito y esas aceitunas en el lado tibio de la cama. Cuando terminan de tomarse el litro de vino servido en un jarrón de vidrio y en cañitas vineras, los parroquianos dan las gracias. 

—La próxima vez que vengamos le traeremos un tarot a la niña, de verdad. Le achunta, debería hacerle caso. 

Los despide uno por uno, le pone el seguro a la puerta de la derecha. La traba de arriba, la de abajo, echa llave a la chapa y empieza a pasar virutilla. Todas las noches hay que pasar virutilla, aunque sea por encima, porque caen las colillas de los cigarros y las manchas de trago quedan pegadas en el piso de madera. Barre, encera, mientras la niña la espía a través del pasillo de la casa. Luego de terminar el aseo, el ambiente se pasa con un olor a cera roja. Apaga las luces del negocio y va a la cocina por un té. Seguramente hace algo más que nadie sabe. Quizás pone una ofrenda, prende una vela o simplemente escribe una carta. Después se asegura que el gas esté cortado, le pone pestillo a la puerta de la cocina. Atraviesa el patio bajo la sombra del ciruelo, solo piensa en descansar. La niña está durmiendo con la abuela, no se atreve a cambiarla de cama. 

En la madrugada la niña despierta, pone atención a los ruidos: los murmullos de la noche, las tejas crujiendo en el techo, el viento que se cuela entre los postigos de las ventanas, las ramas de ciruelo cobijando pájaros nocturnos. Siente que los servicios de la galería suenan como si alguien estuviera presto a cenar. Se queda con los ojos abiertos, no sabe si prender la luz o hablarle a la abuelita, decide levantarse a ver una vez más al salón del negocio por si descubre algo extraño. Pero no alcanza a distinguir objeto alguno porque la oscuridad es absoluta, lo único que queda en su conciencia, es el sonido de las mesas arrastrándose, de las sillas acomodándose como si los clientes se hubieran quedado, como si la suerte de ellos ahora le perteneciera. Nada le dieron a cambio de la lectura, quedó con la carga y las sillas se mueven y la noche se hace cada vez más profunda. 

Pascuala (Atania) Orellana (Talca, 1990). Durante la enseñanza media participó en el taller de poesía «Sol Azul» dirigido por el poeta Bernardo González. En el año 2009 entra a la carrera de Derecho de la Universidad de Talca, mismo período en que publica un par de poemas en la revista «Cuadernos del Maule» de la Sociedad de Escritores de Chile y se integra al taller de literario «La pecera», dirigido por la poeta Marcela Albornoz. Su poesía ha sido difundida a través de revistas independientes y de eventos culturales de la región, destacando su participación en la Fiesta del Patrimonio Vivo junto al grupo Antumanque el año 2015. Actualmente es Abogada y estudiante del Magíster en Derecho Penal de la Universidad de Talca.

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