Lucía

Galia luque milla

Esto es escritura personal y, desde lo más sentimental de mi carne, escribirle a una mujer es lo que me hace más sentido. Ningún autor me ha regalado mucho en el último tiempo, así que este triste invierno he intentado refugiarme en la inteligencia emocional que suelo encontrar en las mujeres.  

Además, ahora dedico mis noches a leerte a ti. Viviste en Chile, te soñé caminando por la Alameda vestida de cotelé y lana. Para sorpresa mía, hablaste del Príncipe de Gales y de embajadas europeas. Y yo que te imaginaba rebelde latinoamericana o como una verdadera texana escapando de la ley, escondida en esta larga franja. Del Frente Patriótico o la Susan Sarandon con bluejeans y pistola en mano, con cualquiera de las dos me conformaba. Pero al parecer, te idealicé un poco, está bien ¿no? al final eso es lo que uno hace con lo desconocido.  

En general, a los que se hacen llamar escritores, me gusta tenerlo bien de lejos; malas energías supongo. En cambio, contigo, me hubiera gustado tener una amistad. Haberte conocido en un bar o en una lavandería. Aunque estuvieras lejos, con leerte me bastaría: ¿Qué me hubieras dicho si te hubiera escrito sobre el color azulino de la luna al salir detrás de la cordillera? ¿Me hubieras contado como era el Algarrobo que tú conociste, ese antes de las ferias artesanales con aros de macramé y anillos de coco? ¿Me hubieras explicado sobre los amores que tuviste al contener algún desvalido con tu mano de enfermera? 

Andando, un romance gótico: lo pienso, lo amarro y lo desamarro. En tu alcurnia de hija de empresario, hablaste sobre los aromos. Los trataste como si fueran adornos del Olimpo. Distinta a María Luisa Bombal depositando su amor y vida en el árbol frente a su ventana; es como si la flor color del sol te hubiera hipnotizado y te hubiera quitado alguno de tus seis sentidos ¿Es que no los pudiste oler realmente, no pudiste sentir la picazón de su cercanía en el viento? Las alergias, el sufrir, el horroroso romadizo. Ese color de película de Disney, tan fantasioso…árbol de mierda. Y tú, con delicadeza de doncella bien criada, los abrazaste para que te bañaran con oro amarillo. ¿Será que al mirar el pasado uno se olvida de los detalles que no van en sintonía con el momento? Qué envidia me da leer cómo te fundías en amor sin ni siquiera sentir cosquillas en la nariz ¿ni un estornudo mientras compartías carruaje con Don Andrés? Tan pulcra, tan alejada de la realidad. Con altura de mira, mirada de adulta tal vez, viste tu niñez con vestidos floreados y tul aún más bañada de tintes rosados de lo que realmente era. En el momento de perder la sagrada virginidad, los ¡achís! no existen.

Yo nunca he ido a un fundo y menos he sido besada por un viejo platudo en algún campo. No he sido señorita ni doncella. Y esos relatos, esos con nanas y horas del té, nunca me han gustado. Pero esta noche, a ti te creo este cuento. Me siento en el mismo asiento del tren que tú, como de los mismos bollos que tú, tal vez mis labios también chocaron los gélidos del patrón. Es que la emoción, tu emoción – tanta compañía que me hace falta y tú estás más cerca que lejos. Me gustaría pensar que no estoy confundiendo la realidad con la ficción, y si lo hago, te pido disculpas, pero déjame jugar contigo por unas horas. Déjame creer que el Chile que tú conociste también podría ser el mío, que yo también tengo una madre adicta a los psicofármacos, que yo también tengo amigas que tienen sobrenombres de cinco letras.

¿Tiene sentido lo que digo? ¿Estaré divareando mucho? Siento que doy manotazos de ahogado. No tiene sentido escribirles a los que no están y, además, esperar respuesta. Es que en este encierro estoy buscando, todavía no sé muy bien qué. Parece que ahora soy creyente, y antes de dormir largo una oración. Y tú, con el disfraz de muerta y yo con la vela encendida.

Joan Manuel Serrat tiene esa canción con tu nombre, esa que dice «no hay nada más bello que lo que nunca he tenido». Yo creo que tú no tuviste tanto, y todo lo niña rica lo perdiste; la alcurnia por un gin, las maletas de piel por besos inflamados. Llego a creer que lo que más tuviste fueron emociones, y lo más pesado y difícil de cargar siempre es el sentir. Me gustaría pensar que las dos entramos en la categoría millonaria en emociones, pobre en todo lo demás. 

Me despido, en la incomodidad de pensar que puedas venir a penarme. Lamento si molesto tu eterno dormir, pero lo único que tengo para hacer hoy es velar a mis difuntos. Me fumaría un tabaco en tu honor, pero ya no fumo cigarro. Ahora sólo consumo marihuana, que es aún peor. Leerte me ha dejado el alma en un hilo, y en este encierro todo se me ha hecho muy personal. Me encuentro hipersensible ante el mar retirándose de la orilla. El tsunami, Lucía, creo que es todos los días. 

Eternamente tuya.

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