Stop Ahí

Julieta Mateos

Él apuró el paso y comenzó a perderse entre las cabezas morenas que llevaban sombreros cónicos y cubrebocas, y las vestimentas floreadas que cubrían los cuerpitos delgados. Parecía que alguien lo perseguía, una escena cualquiera de una película yanqui: el blondo narcotraficante estadounidense que llega a Asia para esconderse de la CIA y poder gastar su dinero en paz en alguna isla paradisíaca con cocos y tragos de colores, pero un agente omnipresente lo encuentra mucho antes de eso y hay persecución, tiroteos, corridas, peleas y saltos al mar turquesa de Ha Long Bay desde catamaranes que al instante explotan. El lugar común. No era su caso, él no era rubio, ni estadounidense, tampoco narco. Era un sevillano más que tocaba tanguitos y rumbas cada vez que le hacían un lugar en El Arenal, y cuando no estaba tocando le gustaba cocinar. Su especialidad eran las pastas, pastas, paella y cualquier cosa no implicara un horno. También jugaba al golf. Un golf tímido producto de las sentencias de sus padres, que le habían dicho infinidad de veces que ese deporte no era un deporte, sino un pasatiempo de políticos corruptos y gente con demasiado dinero y tiempo para perder. Pero a él, el golf le gustaba casi tanto como tocar la guitarra y cocinar. Había estudiado Economía en una universidad privada del norte de Sevilla y las horas más tempranas del día las dedicaba a negocios ajenos. De algo había que vivir, pues. Pasarle la cuota alimentaria a la mamá de los niños, un poco menos morenos y bastante más nórdicos que su padre, y pagar la hipoteca. Por eso, abandonaba la guitarra en el placard y los palos de golf en el garaje durante la mayor parte de la semana. ¿Él? Narco no, qué va, no era, consumía sí, un poco de coca antes de tocar pero que nunca la había comercializado, qué va. Sí, un poco de heroína en la juventud madrileña, vamos, como todos, pues, nada fuera de lo común, tío, pero no, que nunca había vendido. Sin embargo, apuró el paso como huyendo de un perseguidor invisible. No escapaba de nadie, tampoco huía de ella. Sólo intentaba dejar atrás algunas sensaciones, ciertas situaciones abismales, maremagnum de reclamos y frases entrecortadas con hipo; quizás con alguna lágrima. Todo se había roto. Ese todo del final era apenas un resabio del todo del principio, una nimiedad esbozada. Y él elegía irse, apurar el paso, adelantarse, en su vida y en las rebosantes calles de Ho Chi Minh. 

Se le daba bien fingir. Jugar a ser el humano modelo de lo que decían aquellos textos que hablaban de milagros, de la bondad humana, del amor incondicional hacia toda muestra de vida. No había leído la Biblia, pero, entre dos rayas, citaba a Jesús mejor que cualquier feligrés. Sólo que a veces se cansaba de los intentos de paz y sus fantasmas aparecían. Comenzaba, entonces, a luchar contra ellos y la guerra era interna, sus intestinos hacían ruido, en su estómago crecían olas y lo arremetían unas ganas enormes de romper algo, de gritar y pelear. En ese momento, justo un segundo antes de que el tsunami interno saliera por su boca, respiraba profundo y, con una exhalación sonora, cambiaba de canal. Le había llevado mucho tiempo transformar esa acción en hábito, muchos años de intentar que sus manos se aquietaran, que su boca se cerrara, dejar de decir improperios y golpear puertas. Al principio no era fácil, la ira se apoderaba de él y los que lo rodeaban temían por la seguridad de sus hijos y de su primera mujer, esa sueca más fría que piso de mármol y que no entendía la pasión gitana ni ninguna otra, coño. Una pasión adulterada, porque de gitano sólo los rulos y su técnica de guitarra. Su genética era más argentina que Perón, más nacional que la picana, esa de la que habían huido sus padres, anclando en Sevilla en el ’78. Poco a poco se fue haciendo más andaluz y más consciente de sus bronquitas, hasta que el nacimiento de los gemelos y luego el divorcio de la sueca lo pusieron a trabajar en serio y comenzó a retrasar esos exabruptos con respiración, logrando disiparlos. Momentos antes, ese día, había respirado, y se había ido, apurando el paso, imbuido de la indiferencia forzada que escondía detrás de su paciencia demencial. 

Ella lo miraba desde atrás. Con una ventaja de dos metros, su espalda angosta y sus rulos desaliñados se abrían paso entre la gente. Él siempre caminaba adelante, desde el comienzo de los tiempos, desde aquel primer encuentro en el Prado, emocionados frente a la grandeza de las Meninas. Su dorso a un metro; el cuadro, a cinco. Su figura ocupaba el lugar del perro, a ella comenzó a molestarle un poco no poder ver la obra completa, pero cada vez llegaba más gente y se resignó. Se acercó y se paró a su lado, suspirando. También respiró hondo y olió su perfume, entrecerrando los ojos. El moreno de rulos algo grises la miró de reojo, luego bajó la cabeza, sonrió y se marchó. Se encontraron observando los mismos cuadros cinco veces más a lo largo del recorrido. Cuando ella salió, lo vio en la puerta de la tienda de regalos, él la saludó, le tendió un señalador de la maja desnuda y la invitó a beber algo, una caña, ¿quizás? Cruzaron la avenida y se metieron en una fonda de barrio. Le contó que desde los veinte no pisaba Madrid, ella le dijo que era su primera vez, mientras vos te enganchabas al cabasho en Chueca, yo no quería dejar la teta de mi vieja. Mientras tú te recibías con honores en la Uni, yo jugaba a ser un hippie primermundista en un pueblo de Suecia y paría dos hijos a la vez, porque ese parto, ay diomío que fue intenso, tan intenso que hasta lo sentí sho, fijaté. Luego de cuatro rondas de cerveza y algunas tapas que apenas probaron, se fueron al Airbnb que ella había reservado desde Buenos Aires y que casi no había pisado en dos días de vagabundeo por la ciudad. Se besaron durante muchas horas, se disfrutaron los cuerpos, salió la luna, amaneció. Después del desayuno, no volvieron a separarse, salvo por un breve viaje a Argentina en el que ella reunió algunos libros, el título certificado por La Haya y ese par de botas que tanto amaba. Volvió a España y comenzó una nueva vida con aquel tipo de rico perfume que había conocido de espaldas frente a un cuadro.

Él caminaba rápido, se movía veloz, precoz, activo y fugaz. Dirigía, conducía. Ella, observaba, relegaba, descansaba en su sentido de la orientación y en su facilidad para socializar. Se habían adaptado a ese ritmo de la vida cotidiana y era su manera de vincularse, hasta que esa diferencia de uno o dos metros en el andar comenzó a ser motivo de insatisfacción. Mientras atravesaban el parque, él se adelantó diez metros más sin que ella lo advirtiera. De repente, la figura de él se había hecho más pequeña. Por momentos, sólo veía sus rulos rebotar al ritmo de los pasos. ¿Cuándo me distraje? Te estás yendo, pará, no puedo seguirte, tus piernas son más largas que las mías y cada dos pasos tuyos, yo hago uno y medio. No puedo seguirte más. Stop ahí. Estaba rota y no podía seguir corriendo maratones que acumulaban heridas. 

Al contrario de él, ella tenía la ira a flor de piel. Se enojaba por cualquier pequeñez, los episodios le duraban cinco minutos, pero eran cada vez más recurrentes. Enojos rítmicos que formaban parte de su personalidad: le indignaba el elitismo, que un taxista tomara un recorrido más largo, que le vendieran tomates pasados, la presidencia de Trump, las fiestas del vecino hasta las tres de la mañana, los eructos y la lluvia, cuando duraba más de cuatro días. El cansancio de varias semanas de viaje, el ruido constante y la contaminación de las calles asiáticas, por supuesto, la agobiaban; el desamor la secaba. Se sentía una porquería invisibilizada. Ella no rebalsaba de amor, al contrario, su piel era de cartapesta y tenía que humedecerla, ablandarla un poco, para encontrar esa ternura que años de extranjería habían camuflado con aspereza, un constante estado de alerta para no dejarse invadir por desconocidos. 

Habían dejado de coger hacía varios meses. Ella, resignada, se había acomodado a la falta de deseo que los distanciaba. Cuando el suyo todavía era reluciente y azaroso, lo buscaba, iniciaba las noches con besos. Él se dejaba. Como un nene de la mano hacia el jardín de infantes; pero la pasión propiamente dicha, esa que arrasa y hace explotar los cuerpos contra una pared, sólo les había durado un par de meses. Varias semanas de desenfado en un piso rentado en Madrid, luego la mudanza a Sevilla y la novedad de esa ciudad, conocer a sus suegros, ancianos ya, a su círculo de amigos y a los gemelos que estaban de vacaciones sin su madre. Ir al tablao, intentar el flamenco, verlo tocar por primera vez, que el orgullo de él reluciera en sus dedos. Sentirse parte. Otra fase de sexo asiduo y transpirado en el verano andaluz, ahogando los gritos con el sonido de la trompeta del vecino o los autos veloces de la avenida. Sobre la mesada, en el sillón, rompiendo las patas de una de las sillas del comedor. Sólo tres o cuatro meses en los que sus pieles brillaban, húmedas de agitación. Luego, la nada. La indiferencia comenzó a ser el eje de sus noches. Se dio cuenta de que hacía mucho que él no la apretaba, no la tocaba ni le respiraba la boca como solía hacer. Intentando reflotar las ganas de su falso gitano, googleó posibles causas, soluciones mágicas, psicoanalíticas y ayurvédicas, le escribió a su antiguo acupunturista, intentó no sentirse una bolsa de arpillera desvalida en un galpón abandonado; hasta que optó por esperar que se le pasara y retomó las antiguas masturbaciones abandonadas en una casona de San Telmo. Comenzó haciéndolo delante de él, antes de apagar la luz. Nada. Él se levantaba a buscar un poco de leche caliente y la bebía despacio, sentado en la cocina, con su pijama a cuadros y las pantuflas de lana, hasta que la oía acabar. Esperaba, con el oído atento, que el orgasmo terminara del todo; volvía a la cama y se dormía a su lado. A veces la abrazaba. 

Tras dos semanas de tocarse noche por medio a su lado y de ver cómo él repetía el ritual lácteo, mientras su clítoris temblaba al ritmo frenético de la velocidad máxima, se dio cuenta de que todo muy lindo, todo muy rico, pero no reemplazaba. Ella quería un cuerpo (su cuerpo) sobre su cuerpo, o debajo, o al lado, o detrás, pero un (su) cuerpo. Carne, latidos, venas, saliva. Qué manera de aguantar vara, muchacha, le había dicho la maestra de yoga, su única amiga en la ciudad, una mexicana de rulos enredados. Con el tiempo, el deseo de ella también comenzó a marchitarse y de a poquito se convirtieron en dos compañeros de casa que se conocían de memoria los lunares mutuos, un par de seres caminando la vida juntos, escoltándose los sentimientos, compartiendo la taza de leche caliente a medianoche, pero de coger, ni hablar. Entonces decidieron comprar dos boletos a Hanói, iniciar un recorrido de algunas semanas por el sudeste asiático, intentando que la patada afuera de lo cotidiano los sacudiera un poco. Ella prometió dejar su dildo en España y él prometió apretarla un poco cada vez que quisiera tocar una rumba en su guitarra. Trato.

Al pasar por ese Mc Donald’s, quiso entrar al baño. Se meaba. Le gritó eeeeey, eeeeeey, esperando que él reconociera su chillido. Pero no la oyó, o quizás se hizo el distraído, o los bocinazos y las motos ahogaron el sonido de la diminuta voz. Otra vez: eeeeey, (idiota, voy a mear en el Mc Donald’s). Nada. Él seguía avanzando como en picada. Comenzaba a enojarse, la bronca se acumulaba y recordaba todos los momentos en los que había visto a su corazón achicharrarse como pez fuera del agua. El pis se acumulaba, la bronca también. Su vejiga y su pecho, llenos de toxicidad. Él siguió caminando, cada vez más rápido, con pasos más largos. La distancia entre ellos era de treinta metros, atravesaba intrépido el pequeño espacio entre los vietnamitas, entre las mujeres vendiendo dulces en los costados del parque, las ignoraba cuando le decían “mistel mistel bai mi flouel”, cuando le mostraban paquetes de fruta; no existía nada más que él y su velocidad. Caminaba con la seguridad de quien comanda una serpiente china en año nuevo, mutaba, sabía lo que hacía, subía y bajaba y jugaba con ella, la cola de la serpiente. Se acercaban cada vez más al centro de la ciudad, más turistas, más ejecutivos, más autos y más motos. La avenida principal no reconocía horas pico y en el cruce del parque no había semáforo, apenas un paso de cebra antes de la rotonda, en donde los vehículos aminoraban un poco la velocidad. Ella lo vio cruzar, cuarenta metros adelante, sin temer y sin dudar, esperando con simulada calma que motos y autos esquiven su andar, esa era la forma de conducirse en Vietnam. Varias decenas de extranjeros y locales cruzaron la avenida con él. Ella quedó atrás, a su lado no había más que dos o tres personas apuradas, de portafolio y traje. En mitad de la calle, él mermó su caminar, todo a su alrededor pareció aquietarse, y, volteando la cabeza hacia ella, la miró en silencio, sin una mueca en su cara imperturbable, como satisfecho de estar lejos para no oír sus reclamos. Ella lo puteó con mímica, pero era demasiado tarde; él había retomado su andar dos segundos antes. No la vio. Unos pocos años antes, cruzaban la calle juntos, tomados de la mano. Él siempre la agarraba o entrelazaba sus brazos, en un gesto quizás protector, quizás amoroso, quizás posesivo. Nunca nadie la había cuidado así. Luego, la costumbre, la altanería de ser el guía de sus pasos. Ahora, esta nueva manera la desesperaba. Qué manera de aguantar vara, le había dicho su profesora de yoga. Las palabras le resonaban como cuencos tibetanos. Nunca nadie la había descuidado así. Cinco años y algunos meses de aguantarle la vela a su deseo fulminado, de pasar del yin al yang. De desimantarse. Ella cruzó la calle muerta de miedo, se movía cada vez más rápido para no mearse encima. Las motos la rozaban y la hacían trastabillar, los tuk tuks maleducados le tocaban bocina y sus conductores fingían ceguera ante su cara de culo, ella los miraba alternando la ira y la súplica para que la dejaran pasar. Le habían dicho: camine derecho y con seguridad y los vehículos la esquivarán, pero qué difícil meterse con calma en ese mar tan picado. No pudo, y se pegó a una adolescente local que volteó a verla con susto y se alejó corriendo.

Arremetida y con los poros de punta, comenzó a insultarlo en voz alta, rogando en silencio que todos los turistas que pasaban a su lado fueran cualquier cosa, menos hispanohablantes, que no entendieran sus agravios mixturados, laconchadetumadrejoputa, andatealaverga, forrodemierda. Una de las ventajas de viajar por el otro lado del mundo es que se puede decir cualquier estupidez en la calle, morir a cada rato en el abismo del sincericidio, pensar en voz alta lo que se calla por costumbre. Hacían escenitas de broncas teatrales en cualquier lugar: en la calle, en los buses, los trenes y hasta en los desayunos del hotel. Ya no había retorno y todo perdía sentido, las peleas, los reencuentros, las miradas. Se habían convertido en dos personas sin valores metafóricos. Ella rogó, entre dos conchetumadre, que nadie a su alrededor la hubiera comprendido y decidió enmudecer para evitar la continuidad de suicidios semánticos. Se juró a sí misma que esa era la última vez que puteaba en voz alta, la última vez que se mudaba de país por alguien con rico perfume y la última que viajaba siete husos horarios para intentar el rescate de una relación.

Al fin, llegó entera al otro lado de la avenida. La gran manzana que ocupaba el mercado estaba desolada, sólo una anciana sentada en un banquito de plástico friendo con concentración angustiante unas bolitas de masa y del otro lado de la puerta, una joven le quitaba las espinas a las rosas que vendía. En el pasillo de la entrada lo vio, gesticulando y moviendo las manos, hablando con dos turistas pelirrojas. Los tres tenían pantalones de tela liviana con mandalas y elefantes. Eso le causó gracia y sonrió. Al pasar enfrente de él, lo ignoró. Él también. Comenzó a caminar hacia el interior del lugar, buscando el baño. La mujer del primer puesto le señalo alguna dirección hacia la izquierda y ella comenzó a caminar, apurada, nerviosa, me meo, me meo, aguantá, aaah. Al ver el cartel escrito a mano que decía “toilet”, le dieron más ganas aún, se hacía. Entró y fingió que la suciedad del piso y las paredes no existía. Se inclinó sobre el inodoro, sin sentarse, la cara le quedó muy cerca de la puerta, miró hacia la izquierda, los músculos de sus piernas hacían fuerza y su vejiga poco a poco se fue aflojando. El pis comenzó a salir en un chorro eufórico, junto con un suspiro de alivio y placer. Pensó en el logro del día: había cruzado esa avenida sola, su primera aventura vietnamita, había salido airosa y ahora llevaba la delantera. Se sentía bien, a pesar de todo. Sacó un pedazo de papel del bolso, se secó y salió sin lavarse las manos. Empezó a transitar los pasillos con paso lento, mirando qué vendían las mujeres que le hablaban en un inglés exagerado. Eran las cuatro de la tarde y casi todos los puestos estaban cerrando. No era un mercado de verduras y frutas, era el típico lugar a donde llevan a los contingentes de turistas que viajan con guía, que leen descripciones de la ciudad y de la cultura en sus Lonely Planet, pero que jamás hablan con la gente en la calle. En esos lugares, las cosas tenían un precio desorbitado, cifras europeas que no se podían regatear, el colmo, lo único que falta es que ahora tenga que pagar cinco euros por una comida grasosa que les sobró del mediodía. Sombreros en punta, pantalones floridos, especias, hongos secos en bolsa cerrada al vacío, remeras rojas con la estrella amarilla. Quiso una, se probó por encima de su camisa un talle S y le pagó al niño-hombre los cien mil dong que le pedía. De repente, lo vio pasar rápido por uno de los pasillos perpendiculares, agarró rápido la bolsa de plástico con su remera dentro y comenzó a caminar hacia él. De nuevo se había adelantado. 

Al llegar a la esquina, miró hacia ambos lados, pero no lo vio, sólo había más mujeres ofreciendo sus mercancías en el mismo inglés sin erres que venía oyendo desde hacía días. Siguió recorriendo pasillos, los comerciantes estaban recogiendo sus mercancías, cerrando sus puestos, pero no dejaban de ofrecer toda clase de productos. Luego de diez minutos de dar vueltas por el mercado gigante y bastante silencioso para el estándar vietnamita, dio con la zona de comida. No se sorprendió al verlo allí, sentado en un banquito azul, cruzado de piernas y con la espalda encorvada, tratando de descifrar el menú, mientras se acomodaba los anteojos resbalosos sobre la nariz. Esa imagen le dio tristeza, todavía lo quería, claro. Te quiero, idiota, te odio también, sos muy imbécil. Stop, basta nena. Suspiró. No quería acercarse, pero lo hizo. Arrimó otro banco y se sentó a su lado. Comenzó a sentir en sus piernas el cansancio de la caminata mañanera, el stress de las calles se depositó en su cintura, los hombros comenzaron a derretirse y apoyó los codos sobre la mesa, ocultando su cara con las manos. Volvió a suspirar y sólo descubrió su rostro cuando la mujer se acercó para tomarles el pedido. Fried rice with vegetables, Cảm ơn bạn. Lo de siempre, qué va. Él dejó el menú a un lado y ordenó una sopa de pescado. La miró con esa cara que ponía siempre que se sentía dolido, la boquita un poco apretada, los ojos caídos y ella pensaba que no, dolido las pelotas. El tipo de rico aroma ahora olía a sudor y a fritura de mercado. Qué manera de aguantar vara, muchacha. Prendió su teléfono y se puso a leer la novela de Alan Pauls que se había descargado en pdf, en silencio, sin mirarlo, sin dirigirle una palabra ni derramar una lágrima, se las tragó junto con el brócoli frito y los camarones que se habían colado sin querer en el plato vegetariano, le salaron la garganta y formaron una lagunita en su estómago hambriento. Él tomaba su sopa despacio, miraba los puestos cerrados, el mercado vacío. Sorbía un poco sin hacer ruido. La señora del puesto comenzó a cerrar. No quería apurarlos, pero sus hijos la esperaban en su casa, a dos buses y un tuk tuk de distancia. Cuando terminaron de comer, ella buscó en su bolso y le pasó el último pedazo de papel higiénico para que se limpiara la boca. A pesar de todo, podía seguir siendo amable.

Julieta Mateos nació en La Plata, Argentina, en 1981. Tras un (no tan) breve paso por la UNLP, comenzó a estudiar fotografía en la Escuela de Yuyo Pereyra. Escribe diarios y textos narrativos desde la adolescencia y lee devorando ficciones desde la niñez. A fines de 2004 comenzó a escribir un blog que fue el germen de su primera novela, Biconchuda (Editorial Malisia, 2020), y que originó también su primer libro de relatos breves, 50 pastillas de seconal sódico, editado digitalmente en 2017. Al finalizar sus estudios de fotografía, comenzó a viajar por América, estableciéndose en México por un par de años, hasta que en 2016 armó su mochila nuevamente y partió rumbo a Centroamérica y luego Asia, para seguir documentando sociedades con fotografías y letras. Actualmente reside en la Riviera Maya y siempre está pensando en su próximo viaje, real o ficticio.

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