Prontos, listos, ya o el discurso como primera infancia

Gabriela alburquenque

Si se piensa la infancia en relación a una voz, un espacio y un tiempo, entonces Prontos, listos, ya, condensaría la manera de nombrar esa infancia, esa voz, ese espacio y ese tiempo. Basta con cruzar unas páginas del umbral de la lectura, y ya nos sentimos situadxs en una escena, específicamente la de un viaje en auto a la playa con la familia y, junto a la protagonista del relato con sus hermanas, hermano, padre y madre, seguimos viaje. 

El libro, publicado por primera vez en 2006 (Artefato, Uruguay), llegó a Chile de la mano de Laurel Edictores (2018), con el diseño de Daniela Escobar y la Ilustración de portada de Nicole Tijoux. Es la segunda novela de Inés Bortagaray, consagrada y galardonada autora uruguaya, que no ha intervenido sólo en el ámbito de la narrativa, sino también en el guión audiovisual (Mujer conejo, 2010 junto a Verónica Chen; La vida útil, 2009, junto a Federico Veiroj; Una novia errante 2006, entre otras). 

De la idea a la acción está también la palabra. El campo del lenguaje, como articulación de un habla, se teje sobre una hebra de sentidos que bien pueden rearticular el modo de decir o, impulsar, la creación de un territorio completo de lenguaje. La voz como exposición de los hechos sirve, también, a la exposición de la vida y su paso –peso– inevitable. El transcurso de los hechos, el transcurso de las ideas, puede ser el resultado, también, de la construcción de una voz en el acto de contarse. Prontos, listos ya es, sin dudas, un ejercicio de contarse en el presente como modo de articular una voz que recorre hechos, acciones, escenario –un auto o el tiempo acaso– en virtud de construir una identidad propia y, también, de lo ajeno. En este sentido, lo ajeno que se hace propio, toma especial relevancia. Más allá de las imágenes que forman el clima donde se sitúa la novela, la construcción de las mismas, las evocaciones que la protagonista hace desde el lenguaje para estabilizar su mente en el transcurso de la idea –que también puede ser el trayecto mismo como idea–, son esenciales para sumergirse en el discurso como primera infancia –y modo de construir(se) en ella–. 

Desde el título, podemos pensar en una línea de inicio que tiene cierta distancia, digamos 200 kilómetros, hacia una meta, pero sin condensar la idea misma de que lo esencial en la carrera no es la meta sino los 200 kilómetros. Prontos, listos, ya es un trayecto. Un recorrido a través de la vida en el que tiempo y espacio dejan de ser protagonistas para pasar a un costado, a una esquina de la toma cual fotograma, para observar el impulso que toman las vidas de lxs que se piensan en el margen, recorriendo, como cualquiera, espacio y tiempo, pero tremendamente equivocados. Es la protagonista, sus hermanas, hermano, madre y padre los que son recorridos y no viceversa: «Ya no vamos a la playa. Ya ni siquiera queremos ir a la playa. Esto es una cinta sin fin y nuestro auto está obligado a quedarse detenido mientras todo lo que hay a los costados se desliza sin cesar y sin cansarse». Así, la cinta sin fin, obliga a situar el marco de la imagen, de la cinta como largometraje, y se pone freno, luego de aquella operación, a los pilares donde se asentó la narrativa teóricamente hasta este relato, porque ahora tiempo y espacio son reemplazados por las hebras que son los personajes de este trayecto. 

Que la literatura funcione como pliegue entre la memoria, la voz y el tiempo, no es extraño. Que la literatura actúe, reactive, desmorone, disuelva esos pliegues desde una bisagra rota en la esquina de la teoría, desde un auto que parece no llegar a destino, no llegar nunca, es un hallazgo. La escritura de Bortagaray parece existir en ese espacio en que la suspensión del tiempo, encapsulado en un auto, pasando fuera del auto pero no dentro de él, mueva a una voz a escribir la memoria desde el presente. ¿Pero cómo escribimos la memoria? La vomitamos. 

La escritura, una interpelación constante de la voz de la infancia o, mejor dicho, la adolescencia de la protagonista, viene a construirse como una toma de decisiones sobre las imágenes que rodean la experiencia del viaje con su vertiginosidad absoluta. Bortagaray desliza las palabras del lenguaje de la protagonista con una maestría que no distingue impostura de la voz y, a tiempos, podemos llegar a pensar que estamos tan comprometidxs con los pliegues de la memoria que se cuenta en la construcción del yo como la protagonista. Bortagaray, así, nos introduce en un juego de escritura del que salimos con una noción clara: el discurso de la infancia es también una primera infancia. La voz que se construye en el relato es la misma con la que se definen las asociaciones primeras entre literatura y realidad y, así, se desmantela también una idea de la teoría. Ya lo decía Benjamin en sus diversos escritos –y fijación– sobre la infancia al mencionar la re-creación de los objetos en la mente del infante: re-creación en tanto volver a crear. Re-creación en tanto impacto de la infinita creatividad sobre un objeto. 


Prontos, listos, ya, así, funciona como una fotografía –similar a aquella que la protagonista sugiere hacer con la familia con la condición de no dejar a nadie afuera y, entonces, todxs amontonados sobre el pasto, todxs amontonados sobre sí mismxs, y la ansiedad creciente en ese cuerpo de niña que anhela la perfección del instante en un recuerdo material–. El libro, desde la fotografía misma de la familia, es una toma cercana, directa, a los lazos que se desprenden desde lo sanguíneo hacia una lógica común y cotidiana: con sus miembros y sus disputas que, aunque pequeñas, van condicionando el ambiente del viaje de tal manera que sentimos que tiempo y espacio están allí pero son superados por las emociones y sensaciones que evocan las imágenes que construye la protagonista del trayecto. Y en ese clima y atmósfera en que las imágenes funcionan como lo central de la voz que narra los acontecimientos: una parada para hacer pichí, comer, estirar las piernas o sacarle un souvenir de corteza a un árbol; Prontos, listos ya es también un paréntesis en el tiempo y espacio que nos viene a recordar cómo contamos una historia, desde la especulación técnica, y cuál es su alcance.

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