Quizá no hoy

Diego leiva quilabrán

Murió la tía. Sí, hasta que murió la tía. ¿Cómo que «hasta»? Hasta. Así, tal cual. Hasta que esa masa en la guata se la terminó de comer. Y esa masa en su guata, que no es otra cosa que una prolongación de la tía, como una incompleta gemela malvada, una siamesa monstruosa, es la única que la volverá a ver de ahora en adelante. Aunque sea por dentro e inmersas ambas en la oscuridad de un hoyo.

Miro a la tía, pero no me atrevo a verla. En realidad, lo que hago es mirar hacia donde está la tía. Porque entre la tía y yo hay una cápsula intergaláctica, rústica, de madera, con una cruz en la escotilla. La tía es una suerte de Ellen Ripley con un alien dentro y no quiero mirarla. Algo puede saltarme en la cara.

Los primos ríen afuera. Los más chicos corren detrás del gato de la casa. El gato, al descansar, va con el hocico pegado al suelo buscando algo que podría ser la tía, un rastro de ella, pero solo es el tiesto con agua bajo el ataúd. Ni el último sorbito de agua le va a dejar a la tía. Ricardo y la Nico, su polola, pasan corriendo hacia el pasillo. Los dejo de divisar cuando los rodea la sombra del fondo de la casa, mientras entran a una de las piezas. Ricardo debe estar triste, debe necesitar compañía, los abrazos no le han faltado hoy porque todos vienen a ver a la tía, todo el mundo la conocía.

Los parientes llegan a goteo. De Viña, del norte, del sur. Los amigos de la familia llegan de a pares, de a tres o de a cuatro, con maridos, esposas, hijos, sobrinos: el ramaje del árbol de conocidos crece y la cantidad de ramas es inversamente proporcional al peso del «ayudándote a sentir» que nos dan. ¿Sienten ustedes el pañal de la tía lleno de mierda espesa que desborda por los muslos? ¿Sentían los tripulantes de la Nostromo el dolor de Ripley? Estaban muy ocupados con esas cosas saltándoles en la cara. Yo mismo tengo una cosa incubando en mi propia guata. Saltará en sus caras cuando sea el momento; o peor, en la mía.

***

La guagua llora en la pieza del fondo. Mamá, haga algo, por favor. Mamá, mamá, dónde está. La Tía tenía el talento de callar las guaguas. Las nuestras y las del resto. Las de la familia y las ajenas. Como un eco perdido, como desde dentro de un hoyo, se escucha llorar a esa guagua. ¿Querrá teta? ¿Estará de caca hasta el cuello? Tan chico y con la mierda hasta el cogote. Y sigue llorando, se raja la garganta al fondo de ese túnel. Ni Ricardo ni Nico salen, no se dan por enterados. Está rodeada por los recuerdos de la tía: objetos colgados, amontonados, cubiertos, empezando el lento proceso de acumular el polvo suficiente antes de que los niños, ya más grandes, los echen a la basura. En las paredes hay cuadros de viejos que no eran tan viejos en el tiempo en que fueron tomadas, viejos con traje y bigote, viejos que uno mira y piensa: nacieron viejos. No como uno, joven y que va a morir joven.

Callen a esa guagua. No lo haré yo. Alguien tiene que quedarse junto al cajón para que este velorio no se vuelva un despropósito y esa persona voy a ser yo. A un velorio le puede faltar hasta el muerto, pero jamás alguien que se siente junto a él o su simulacro. Pero esa guagua… esos chillidos me atraviesan la cabeza de lado a lado: como el ritmo cardíaco de la tía pasando por ese monitor. 

***

Silencio todo el mundo. Puedo escuchar cómo dentro del ataúd nace el bicho. A partir de ahora nadie se baja de esta nave de mierda. Si la Marita no hubiera callado al Gastón, que lloraba y lloraba y chillaba y chillaba, capacito que yo mismo me hubiera tirado. Hubiese abierto la escotilla y me hubiese lanzado al espacio exterior. Sería un buen vaquero espacial: flota que flota, fuma que fuma, toma que toma, monta que monta. Pero el Gastón por fin se calló, así que esto sigue, terriblemente, pero sigue. Ese tumor sigue creciendo.

***

Ya no sé cuánto llevo aquí. Una hora o mediodía. ¿He dormido? ¿Cuánto puede durar un velorio? Quizá no he dormido. Dos días a lo sumo. Da igual. Ni siquiera me he asomado por el otro rincón, desde donde se ve la tía. Sé algunas cosas: que está pálida, que está fría. Así no estaban ni Ricardo ni su polola cuando salieron de la pieza. No creo haber sido solo yo el que durante mucho rato escuchó esos empujones apagados contra una de las paredes de la pieza del fondo. La guagua hace rato que se había callado y ahora estaba en paradero desconocido para mí, que miraba al suelo y solo veía pies pasar cada tanto, quizá cargando un niño o quizá no. Si me hubiese esforzado, estoy casi seguro de que podría haber escuchado los bufidos de un muchacho queriendo demostrar su hombría y los gemidos de una muchacha disfrazando su falta de placer.

Si un monstruo ya estuviera pululando por los rincones de la casa, si los ratones que se escuchan en el entretecho no fueran ratones sino una de esas bestias negras, con el cráneo alargado y con un hocico dentado y babeante… Si una de esas cosas ya reptara por la casa, por entre las vigas, detrás de los muros, acechando desde las altas esquinas de esta antigua casona… Tienes unos brazos robustos, Ricardo, un par de piernas muy fuertes, un miembro que te hace sentir lo suficientemente hombre en medio de esa oscuridad. Pero si una de esas cosas reptara por la casa, ninguno de tus miembros podría salvarte. Primero, obviamente, porque la fuerza del peligro de muerte es incomparable; segundo, porque estás demasiado concentrado: vas y vienes, mueves tu tronco contra la espalda de la Nico; sientes tu pecho traspirar pegado a su columna; tu estómago se siente caliente o no lo sientes, da lo mismo porque no es parte importante de tu espectáculo, podría ser propio de un cervecero de tu talla, pero no lo es, es bastante plano; cada golpe de tus caderas con el cuerpo de la Nico te hace sentir mejor; respirarle en la base del cuello, besarle los hombros; todo eso te complace. Pero en esta nave no hay ningún placer absoluto: antes, durante, o después de que acabe esa performance de macho recio, el monstruo se complacerá dándote una mordida, extendiendo esa lengua con una mínima boca de piraña en la punta. Esa cosa no conoce la piedad, Ricardo. Corre. Acaba si quieres, si es que alcanzas, pero luego vas a tener que correr. No me importa verte atravesar sin ropa este velorio, pero corre por lo que más quieras, por la Nico, por esa pequeña semillita que le dejaste a la Nico en la panza, que vaya uno a saber si alcanzará a nacer o no.

***

No me imagino a alguien atravesando en pelota un velorio. O quizá sí, quizá porque este el es el velorio de la tía y no cualquier velorio. Tal vez solo sea posible porque esta casa es especial. Porque no es una casa, sino una nave. Una nave que nos podría llevar lejos, pero poco a poco se va a caer a pedazos, las capas que nos protegen del espacio exterior, del vacío, se debilitan cada año y con cada velorio. Como si fuera poco, acá adentro hay algo, algo horrible, que hace que el vacío, la falta de oxígeno y la posibilidad de flotar eternamente sin rumbo, de una u otra forma den igual. Seguiremos esperando que eso que acabó con la tía salga del ataúd. Quizá no hoy. Quizá la suerte esté de nuestro lado. Quizá el cuerpo de la tía reviente ya bajo tierra y despertemos tres o cuatro días después, en nuestras piezas, con frío, o transpirados, con ropa, sin ropa, solos, en compañía, pero vamos a despertar. 

Sigo mirando el piso, no he dejado de ver pasar unos pies familiares, hacia adentro y hacia afuera. Siempre vuelven, pero yo sé que no deberían. Veo unos zapatos nuevos, zapatos que no conozco. Levanto la mirada cuanto escucho que cierran la cápsula para siempre. Ya no vi la cara inexpresiva de la tía por última vez. En verdad, la vez anterior acaba de transformarse en la última vez, la misma cara blanquecina, sin ninguna mueca, pero viva, antes de enterarse de que algo se la comía desde dentro. 

Vaciemos la casa. Ahora tenemos que enterrar a la tía. Ricardo, la Nico y yo estamos de pie al lado de la puerta. Ellos, por supuesto, y menos mal, ya vestidos y con la cara sin una gota de rojo: la sangre que los recorría a mil ya no lo hace. La tía va a «su última morada», como va a decir el desagradable maestro de ceremonias del cementerio. Yo la veo más bien flotando, alejada de la bestia. Pero no nosotros. A nosotros nos toca volver y evitar quedarnos solos en la oscuridad, cerrar con todos los seguros del mundo esta nave, tenemos que buscar armas, tenemos que aguantar el desgaste de este cohete, limpiar los manchones de saliva espesa que gotean del entretecho, disfrazar nuestros miedos y sentarnos a esperar que la bestia nos eche de acá o que el inmenso espacio abierto nos carcoma desde fuera.


Diego Leiva Quilabrán (Santiago, 1995). Es Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de Chile. Hoy es tesista del Magíster en Estudios Latinoamericanos de la misma institución. Trabaja como profesor de Lenguaje en preuniversitarios.

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