Presencia y producción: El poder del arte

JOSUÉ NAVARRETE NAVARRO

El arte es más déspota de lo que parece; ni siquiera sería humano en su composición, y eso no es tampoco un favoritismo para su consumo. Esto pareciera sostener Markus Gabriel (Remagen, 1980), filósofo alemán adscrito al nuevo realismo, quien es firme en sus pretensiones: lo artístico gestiona más que cualquier otra forma de poder. Más que (y ante todo) cualquier Dios.

El poder del arte (Roneo, 2020) es un ensayo que intenta darle forma y propiedades a la entidad del concepto que tendríamos sobre el arte, y desde su urgencia en la contingencia. El autor realiza sus razonamientos a través de una escuela post-kantiana y constructivista, intentando dilucidar con esa prefijación estas dialécticas del ser humano en el mundo actual; porque «las obras de arte están presentes en todas partes» (29). 

Con esta partida de cráneo empieza el libro, y el argumento se compone de obras plásticas, películas, industrialismos, paroxismos y ejemplificaciones que articulan al lenguaje en esta abstracta experiencia estética. Entre horizontes y cercanías, lo metafísico y lo digital, Gabriel esboza su sumario del crimen artístico que actúa fuera de nosotros, poseyéndonos con esa distancia. Llega a afirmar, incluso, que el espectador de la obra de arte como tal, no existiría; es cosa de ver Alien y entender cómo, en alguna de sus formas, la cámara se comporta en el «nosotros» de nuestro asiento. La visión del autor no es nada romántica, pero la agudeza y la pasión son inmanentes al relato. Al menos habría una búsqueda de ellas en su sustancia como ensayo.

Con una prosa clara y de una extensión más bien minimalista, El poder del Arte es una gran oportunidad para interpelarse en las relaciones intrínsecas que se guardan íntimamente con las ajenidades que conforman la Literatura, la Música, y todas las artes como transcursos de un mismo cauce que interrumpe tanto la vida como la muerte; un dominio abyecto a la lógica, a la preexistintecia, a la interpelación. El arte, sumido en este caos de belleza espectral, podría ser eso que canta Yung Lean en Agony: «When i’m affraid, I lose my mind / It’s fine, it happens all the time». Porque el piano de la balada llega a dibujar la misma portada del disco, y porque parece abarcar momentos muy lejanos a la emoción de la canción, a la sensación explicita de vivir.

Del cielo al infierno, todos los caminos son iguales; es lo que pareciera ser la tensión y raigambre del arte al existirse de su apreciación. La lejanía es clave, entonces, para entender lo que uno puede y quiere constituir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s