Una tranquila corriente hacia el apocalipsis: El diablo de las provincias de Juan Cárdenas

Diego leiva quilabrán

Juan Cárdenas (Popayán, 1978) vuelve, en su última novela, El diablo de las provincias (Periférica, 2017; Banda propia, Montacerdos, 2019), a explorar un motivo que ya encontró un espacio en Los estratos (Periférica, 2013): el repliegue subjetivo sobre experiencias pasadas cuyo sentido parece sedimentado, perdido en un tiempo irrecuperable.

En las páginas de El diablo de las provincias, un biólogo regresa a regañadientes a su pequeña ciudad natal en la zona interior de Colombia. Sus títulos en el extranjero son inútiles en un campo de investigación desfinanciado y precarizado y sin una salida laboral. Solo puede conseguir trabajo en un enrarecido internado de señoritas, con estudiantes embarazadas y casos de desaparición. Enfrenta a retazos la historia de un hermano asesinado. Mira cómo la ciudad enana se le presenta como un cascarón vacío. El tiempo corre inevitable y el protagonista lo resiente, tironeado impávido por las acciones, visible e invisibles, de otros: «Así era él, se dejaba arrastrar si lo arrastraban con la suficiente convicción». 

«El fracaso laboral, el fracaso amoroso, cosas que no eran motivo de condena porque al final, con el debido entrenamiento, uno acababa superando el fracaso conservándose en el interior del fracaso, como hacen las aceitunas viejas en el vinagre, dejando pasar el tiempo en la barra del bar, rumiando y desrrumiando frases hechas junto a algún veterano de otro naufragio que, con suerte, le daría consejos sabios sobre cómo racionar el dinero del subsidio estatal, a media máquina, para seguir cultivando todos los vicios en medio de la pobreza». Así dice uno de los párrafos que más sintetizan el tono en el que se desarrolla la novela, un camino hacia el apocalipsis de una voluntad individual que se va sumiendo en una corriente, lenta, pero continua, que hace avanzar todo lo roto en una sola dirección: el marasmo.

El sentido existe deliberada y artificiosamente montado sobre esa flemática realidad provinciana encaminada a un apocalipsis silencioso. Sumida en otros discursos metaficcionales, el sentido tiene una oportunidad de aparecer y desfigurarse según la narración presenta y abandona esos episodios: la memoria infantil, los sueños, así como el guión de una telenovela o las referencias a Humboldt y Linneo. En todas esas facetas, la experiencia del mundo parece estar un punto más cerca de su imposible estabilización: es el deseo permanente de la narración, salvaguardar algo en medio de ese apocalipsis a punta de construcciones y monocultivos que se replican hasta el eventual colapso.

La narración, como el tiempo de la provincia, transcurre sin apuros. El modo de narrar presenta un ambiente como en los mejores momentos de El bebé de Rosemary: todo lo siniestro, las tramas ocultas en torno al protagonista, inaccesibles, ocurren fuera de lo mostrado. En definitiva, «la vida siempre se encarga de deformarlo todo, como si esa vida estuviera gobernada por demonios malignos, amantes del vericueto y no de la línea recta, por sátiros caprichosos y no por Dios». Construida con maestría, esta historia contiene un infierno adecuado para esa sentencia.

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