Un amigo es una niebla

Nicolás campos Farfán

Ellos partieron siendo amantes, y al comienzo mi compañía les resultó cómoda: los sacaba de la seriedad un poco dramática de su situación. También les ayudaba a soltarse cuando no sabían qué decir. Éramos compañeros de curso, unos desconocidos en una ciudad que apenas empezábamos a conocer, y por lo tanto fuimos trabando relaciones. Marcelo y Vanessa ya tenían un vínculo amoroso, si no consumado, por lo menos insinuado. Eso quedó claro desde el principio.

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Durante meses fui el único enterado de esa relación. De alguna forma me eligieron para ser su testigo. Mi función era legitimarlos con el mundo exterior. Contándome sus asuntos tuvieron el mínimo de relato que cualquier acción requiere, en especial si es un tanto arriesgada, como lo es una relación fuera de la pareja oficial, porque Marcelo ya tenía una en Santiago. De algún modo el amor es, también, un secreto, y como tal es necesario compartirlo, revelarlo. Es terrible cómo los secretos no se pueden guardar con facilidad, y deben ser contados o sublimados. Es natural que en un caso así se necesite gente a quien provocarle, si no aceptación, por lo menos un poco de morbo.

Al conversar con ellos no me interesaban sus palabras. Rara vez alguien está interesado por otro. Me refiero a su integridad, no a lo que pueda generar. Es un caso común: así como hay personas que al salir de nuestras vidas parecen evaporarse, otras terminan acompañándonos con una insistencia mayor que cuando las teníamos cerca. 

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Con Marcelo teníamos ideas similares y nuestras conversaciones parecían celebrar cómo solíamos tener la razón. Esto irritaba a Vanessa, y era comprensible. Tal vez ahí había un ánimo, una energía demasiado directa —o fingidamente directa y franca—, característica de las amistades entre hombres, que seguramente la agotaba, por su pobreza, por su majadería. 

Al comienzo ellos no se cayeron bien. Según me contó Vanessa, al encontrarse por primera vez con Marcelo vio a un hombre atractivo, vestido con un gusto aceptable, no muy llamativo y con cierto aire intelectual. Pero cuando escuchó su voz, que saltaba sin matices de los tonos graves a los agudos, sincopada, se decepcionó, hasta le dio risa y por lo visto se olvidó de él unos cuantos meses.

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Yo vivía en una pensión para trabajadores en Valparaíso. Arrendé un dormitorio que para mí representaba el anonimato mismo. Observaba sus muros vacíos, y me ensimismaba al verlos así: desvaídos, sin fotografías, sin un solo cuadro, calendario o alguna mancha: absolutamente nada. Allí solo me divertía, y no digamos demasiado, con los libros de la biblioteca. Cuando no miraba los muros observaba los muebles: una cama, un escritorio y un computador pentium 1. Tele o radio no tenía, para evitar distracciones. Mi ventana del dormitorio tenía vista hacia otras casas; el mar no podía divisarse.

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Deberíamos estar sorprendidos porque hemos conocido a Los Filósofos Peripatéticos de Valparaíso. Así se presentan, sin reírse ni siquiera un poco. Justo conversábamos sobre cierto escritor, nos dicen, y se refieren a una discusión filosófica cualquiera, tan interesante que volteo mi silla para fijarme en un gato plomo que parece vivir en el bar. Lo acaricio, trato de desentenderme de la charla, de ser indiferente pero sin resultar ofensivo. Es como si nos sometieran a un examen. Es común que el estudio de la filosofía deje en algunos una sensación de autosuficiencia, y hay que comprenderlo: trabajar con los conceptos llamados altos enajena a cualquiera. Por eso habría que hacer caso omiso de esa fatuidad, no es intencional la mayoría de las veces. Aunque hay algunos dispuestos a discutir de inmediato, como si fuera la actitud filosófica por excelencia, como si no fuera evidente que lo hacen por deporte, y son justamente, por llamarlos de algún modo, los menos filósofos, los menos soportables. Con gente así estamos ahora, y es raro, me acuerdo de esta noche y por algún motivo la elegí, pero pude escoger otras donde terminamos más eufóricos, más entretenidos o en circunstancias inesperadas, ya que esta noche no parece ser ejemplar de nada. 

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Queda café y dos tercios de una botella de coñac, un trago engañosamente suave, de los que hacen que uno beba de más y se emborrache. Ahora resulta que es poco y nos sabe a menos. Después de todo, pienso, con todas sus limitaciones, esta no es una mala fiesta. O tal vez lo que corresponde decir es que esto ya no es una fiesta. Deja la sensación de estar sumergido, como embotado, no por la ebriedad sino por su contrario. Con tan poco alcohol y encerrados, toda la situación parece en exceso controlada. Tampoco hay una intimidad suficiente como para que la noche se abra. No es una fiesta, definitivamente. Quizá a ellos les guste la palabra simposio, aunque tampoco sea uno.

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Fuimos con Marcelo a un bar de Playa Ancha, el Sirena. Allá conocimos a otras dos chicas. Una era especialmente linda y nos pidió fuego, oportunidad que Marcelo aprovechó para invitarlas a nuestra mesa. Sin ser parecidos, al estar juntos con Marcelo causábamos cierto efecto favorable, de equivalencia. Ellas estudiaban Kinesiología. Bebimos, nos presentamos y conseguimos que nos acompañaran a mi dormitorio, ese cubo sin ventanas que ellas juraron no era tan espantoso.

Compramos más cervezas y escuchamos música. Llegué a acercarme mucho a la chica que me pareció linda. En los pasillos de la pensión, más tarde, intenté darle un beso. Puso cara de estar decidiendo qué hacer. Me dio un beso compasivo, me alejó con suavidad y me informó que no iba a pasar nada más, no ahí.

Podemos juntarnos mañana, le insistí.

No sé si sea buena idea.

Al rato se fue junto a su amiga. 

Concluimos que éramos patéticos por perseguir y aprovechar esas ocasiones con mujeres ebrias y por, muchas veces, necesitar estar ebrios para acercarnos a ellas. Es más, varias otras veces volvimos a ese tema, y llegábamos siempre al mismo juicio. Eso sí, nos perdonábamos casi de inmediato y argumentábamos que era normal: muchos hombres, la mayoría de los que conocemos, son así.

Nos había quedado cerveza de sobra y, encima, se cortó la luz de la pensión. Así estuvimos durante una hora, a oscuras. Era increíble, me acuerdo, lo aburrido que resultaba fumar sin poder fijarme en el humo, tanto que, confundido, lo exhalaba con más fuerza de lo usual. Escuché de pronto una tos. Era Marcelo quejándose de que le boté el humo a la cara.


Nicolás Campos Farfán (Santiago, 1983). Ha publicado la novela La distancia (Contracorriente, 2013) y el libro de cuentos Te convertirás en un extraño (Los perros románticos, 2018).

Overol es una editorial autogestionada fundada en 2015. Se dedica principalmente a la literatura de ficción y no-ficción. En su catálogo es posible encontrar libros que no se soportan sólo en cuanto al contenido del texto, sino también a lo visual.

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