Fin al tormento / El libro de Hilda: cuando el shock puede dormir

Josué navarrete navarro

Es bello encontrar libros extraños. Libros que no son libros en el fondo. Fin al tormento: Recuerdos de Ezra Pound / El Libro de Hilda (Ediciones UDP, 2018), en ese trecho ambivalente y protector, es una experiencia intensa y desoladora, porque en sus páginas transcurre esta idea idílica de salvar la vida a través de la literatura, la memoria y el amor.

La figura de Ezra Pound siempre infunde miedo, tanto en su lectura como en su vida. La leyenda de poeta convulso, austero y tormentoso, se tergiversa completamente ante su faceta como como una persona común y corriente. Hilda Doolittle, poeta y amiga íntima de Ezra, escribe en esta primera parte del libro notas diarias que registran su estadía en el psiquiátrico, respondiéndose a sí misma ante diversas necesidades de su alma: a Pound también se le ha encerrado por su fragilidad mental (se le ha declarado demente seni), se le quiere enjuiciar por traición por sus actividades fascistas en Italia; los mismos Cantos parecen retratar parte de sus vidas en la lectura de H.D.: de la historia de la guerra moderna, de un eco de un posible hijo, de añoranzas. H.D. Imagista (seudónimo que el poeta le dio a Hilda apenas leyó sus primeros versos) intenta dilucidar esta densa sombra que la acompañó a través de lo literario, incluso desde la lejanía y el tratamiento; ella se dice así misma: «(…) me separó de mis amigos, de mi familia, incluso de Estados Unidos». Se pregunta un sábado de pascua: «¿Debo seguir? No hay razón para esperar que lo liberen». Pero Ezra Pound fue liberado, por obra y gracia de sus amigos.Con todas estas disrupciones, pasamos a los poemas que Pound escribió en la flor de su relación con H.D. El libro de Hilda es un casamiento poético. El lenguaje en él se adosa a las sensaciones como un pacto consciente que va intuyendo pureza y deseo. Casi como artilugio, se puede ver a Ezra fuera de ese componente dantesco característico de sus Cantos para darle cabida a un cáliz más romántico y pasional, de donde tensiona incluso una rectificación muy antagónica a la luz de la imagen tan inmoladora que nos imprime el prólogo del libro: el poeta llamándose en su infinita soledad a perderse en el bosque, en la oscuridad y la frescura de los árboles. «¿Porqué no me abandonas aquí? Así ya no causaré más problemas a nadie», le dice a su editor. Leer este relato fragmentado, entonces, es darle un abrazo, y dejarlo en su laberinto también, en su templanza. Es decirle a la manera personal de cada lector que «todos lo amábamos».

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