Esto se lee y se escucha

Ricardo Martínez

A lo largo del mes, le pedimos a autoras y autores que nos cuenten cuáles son sus canciones favoritas y por qué. Esta es la playlist de Ricardo Martínez. ¡Y recuerda! Esto se lee y se escucha. 

Don Henley – Boys of Summer

Había una publicidad de Savory, quizá la mejor publicidad de los ochentas –más incluso que la de la campaña del NO–, que se llamaba «Del verano que fuimos tan felices», y que tenía mucho de nostálgico, como todas las canciones de los veranos olvidados cuando se recuerdan en otoño –desde «Fuiste mía un verano» de Leonardo Favio, hasta «La Playa» de La Oreja de Van Gogh, pasando por «Suddenly, Last Summer» de The Motels, que además lleva a la frase de Martha Davis, su líder, que lo dice todo, «sabemos que el verano acabará cuando escuchamos pasar tocando su campana por última vez al carrito de los helados y reparamos en que no regresará por un buen tiempo»–. Aquella canción de Savory remite, al menos para mí, a este otro tema, quizá el que más atesoro en mi corazón que aún no olvida su adolescencia: «The Boys of Summer» de Don Henley. Esta canción no es en realidad sobre el fin del verano, sino que sobre envejecer, sobre perder la juventud, sobre venderse / «sell out» (hay una referencia a ver un Deadhead Sticker –el logo de The Greatful Dead– en un Cadillac, señalando que los valores y la revolución de la juventud se han perdido). Armado sobre recursos musicales que fueron muy queridos en su día por los rockeros de los Estados Unidos, guitarras jangly y capas sonoras melancólicas que acompañan a una letra acerca de la playa vacía. Cuando uno escuchaba este tema que Henley dedicó a su antigua banda, los Eagles –que eran los verdaderos «chicos del verano»–, no sabía que treinta o cuarenta años más tarde sería la historia de la propia vida. Sobre eso, hace muchos años, escribí en mi muro de Facebook: «¿Qué hago ahora en pleno invierno y anocheciendo estacionado en el Sector 5 de Reñaca mirando como las olas se llevan los últimos recuerdos de hace treinta años?».

ABBA – Super Trouper

En nuestra luna de miel con la Carmencita estuvimos el año pasado en las Islas Británicas y lejos, pero lejos lejos, la ciudad que más amamos fue Glasgow. Paramos en el Hotel Ibis de la ciudad que, maravillosamente, estaba dedicado a la música de esa ciudad, que, con toda razón, supera a Liverpool y a Manchester en este ítem, en especial en lo que respecta al indie. El Ibis tenía un dibujo en cada baño con una lista de las héroas y los héroes musicales de la ciudad, escritos en la tipografía Charles Rennie Mackintosh, el artista principal del lugar y el creador del Art Nouveau Escocés: Primal Scream, Camera Obscura, Travis, Belle and Sebastian, The M85, Teenage Fan Club, Mogwai, The Jesus and Mary Chain, The Vaselines, entre muchísimas otras performances. Y entonces entendí, por fin, porqué en «Super Trouper», los ABBA cantan eso de «I was sick and tired of everything / When I called you last night from Glasgow». De todos los temas de ABBA, esa escena musical que dio origen a la invasión escandinava que luego tendría actos tan diversos como Roxette o The Cardigans, amén de a–ha o Ace of Base o The Knife o iamamiwhoami, «Super Trouper» es la que más me conmueve. En especial por un secreto que tiene la canción: su Middle Eight (o puente o bridge), ese momento en que al ponerse más introspectiva, da la clave de lo que está tratando de comunicar. En el curso «Letra y Música» que dicto a veces en distintas ues a veces explico este recurso muy usado en la música pop. Digo que el «Middle Eight» es una sección de la canción, habitualmente hacia la segunda parte del tema en que la melodía cambia y genera una expectativa. Mi ejemplo favorito es justamente el que va en este tema: 2:56 («So I’ll be there when you arrive / The sight of you will prove to me I’m still alive / And when you take me in your arms / And hold me tight / I know it’s gonna mean so much tonight»). Maravilloso.

The Go-Go’s – Vacation

1981. Tengo 11 años. Voy a mi primera fiesta en una calle que nunca olvidé, María Luisa Santander al llegar a Salvador. Somos tres muchachos y tres muchachas. No entiendo nada de la música que se escucha en las fiestas, pero el DJ (en aquella época no se llamaban así), que es el hermano de una de las muchachas, pone «Vacation» de las Go-Go’s. Me enamoro perdidamente de esas voces femeninas. Ha llegado a mi vida el New Wave. Durante todos los años que transcurren desde entonces, sigo la trayectoria de la banda, incluso muchos lustros después de que desaparecieran para siempre. Hay algo en el ritmo, en las pegajosísimas melodías, en los arreglos vocales, en la coordinación de los instrumentos que me fascina –sí, me fascina, entonces, como ahora– de esta banda compuesta exclusivamente por mujeres. Hay algo quintaesencialmente pop en su estilo que le debe demasiado al pop californiano de los años sesenta.

1995, voy con mis padres a Nueva York y en la disquería Virgin que queda al lado de las Torres Gemelas me hago de un Box Set de las Go-Go’s, que escucho insistentemente en mi antiguo Walkman. Mientras vuelo –y vuelvo– a Santiago en el avión tengo una epifanía. De pronto se me ocurre que las Go-Go’s no son pop: ¡SON PUNK! Durante esos últimos años he escuchado mucho punk y me llama la atención no haberme dado cuenta antes de que esta «all female band» es en realidad punk, mucho más que New Wave. Punk.

«La primera canción de una banda nominalmente punk en llegar al número uno era una canción disco, «Heart of Glass» de Blondie (1978), y el primer álbum en hacerlo, tres años más tarde, fue el burbujeante Beauty and the Beat (1981), de las Go-Go’s» (Nehring, 2006:522).

Nehring tiene razón, las Go-Go’s habían hecho sus primeras armas en medio de esa hornada de agrupaciones que tomó las ideas de los Ramones en Nueva York (CBGB) a mediados de los setentas.

«Aunque los Ramones no fueron producidos de manera indie, personificaron la estética DIY del indie por medio de sus canciones simples, descuidadas, y estructuradas con tres acordes interpretados a la velocidad del rayo (…) Los Ramones aprendieron en el escenario. Luchando. Refinándose lentamente con el tiempo. Lo que había surgido a principios de 1975 fue una reducción al absurdo de la historia de la música pop hasta el momento: los Beatles, las Girly Groups, los Beach Boys, los Stooges, los Herman’s Hermit, traídos hacia abajo en canciones tan breves que reflejaban el ‘span atencional’ de la primera generación criada por la TV. No había ninguna melodía, solo distorsión pura y velocidad brutal» (Wurster, 2002:30-31)

Las Go-Go’s también aprendieron eso en los escenarios, varios semestres antes de dicho semestre en que su música explotó en el rostro de las auditoras y los auditores estadounidenses y luego mundiales (como yo y otros pre-adolescentes chilenos/as) en 1981. Basta ver el documental «Go-Go’s: Behind the Music» que se encuentra en YouTube, para dimensionar dicho impacto.

Y claro, cuando vuelvo sobre eso, me doy cuenta de que la representación femenina en el punk, en el indie, y en general, en toda la música que sigue la línea del DIY, es asombrosamente dominante. ¿Ejemplos? Sin ir más lejos, The Slits, The Pretenders, el Riot Grrrl, Sleater-Kinney, Throwing Muses, Patti Smith, Patty Smythe, Blondie, Kim Deal, Kim Gordon… uf… la lista es eterna.

Y me doy cuenta de otra cosa. Que la música que más me ha gustado desde siempre, siempre ha sido femenina. Nunca fui muy amigo del rock en su versión de «chicas, motos y riffs», ni en su versión progresiva de «filosofía y espacio sideral», ni en su versión de «seek and destroy». Aquello no era lo mío. Pero el punk: el punk era otra cosa, una cosa más pop, por más que los Pistols o los Clash trataran de remedar la parada de los rockeros tradicionales. El punk buscaba –de modo ingenuo y lúdico– esa sencillez de las melodías que atraparan la oreja y se dejaran tararear mientras se caminaba por la calle en cualquier tarde de otoño en cualquier ciudad del mundo. Y eran las chicas las que lograban esto de mejor manera. En sus voces, en sus juegos vocálicos, en sus temas sencillos y adolescentes. Gracias chicas, sobre todo a ustedes, Charlotte, Belinda, Gina, Kathy y Jane. Gracias por todo. Por el pop y por el punk.

Mike Oldfield – Moonlight Shadow

No solo porque fue parte de un misterioso dueto que le debía mucho al folk-progresivo de Pentangle: The Sallyangie. No solo porque jovencísimo firmó la banda sonora de «El Exorcista». No solo porque Jools Holland lo tenía de casero. Sino que porque a mediados de los ochenta perpetró un tema que es la base del dream (y del indie) pop, «Moonlight Shadow», Mike Oldfield es uno de los músicos del pop y el rock más importantes de la historia. Esta canción es de aquellas que la Carmencita llama «Canciones que te mandan a la chucha™». No se puede decir mucho luego de escuchar la sublime voz de Maggie Reilly. Cosas por las que vale la pena amar la música, sobre todo vagando perdido en el patio de una fiesta ochentera en casa Ley Pereira pensando que algún día encontraría un alma como la mía.

Gianni Togni – Luna

Había algo mortecino, melancólico y triste –como solo podían ser tristes las tardes de lluvia invernal en la infancia– en todas esas canciones AM que sonaban en la radio de la cocina. Desde Francis Cabrel a José Luis Perales, pasando por Sergio y Estíbaliz y Ricos y Pobres. Todas esas canciones te atrapaban en un vórtice de soledad y compañía, una tras otra en los sones de la Cooperativa, en «El Correo de los Enamorados», en ese eco silente del avance de los años.

Por eso uno se dedicó tanto a recordar y recopilar esas canciones cuando llegaron los casetes: grabadas de la radio, pidiendo a las dos de la mañana en una llamada telefónica al DJ nocturno que pusiera ese tema olvidado de La Industria Nacional a esa hora en que ya nadie llamaba a la radio, y luego en los MP3 iniciales de fines de los años noventa. A veces, solo a veces, uno se iba a la chucha cuando sonaba, ya entrados veinte o treinta años desde aquella infancia, alguno de los temas de esa banda sonora de la vida. Y había algunas, solo algunas canciones que eran simplemente como la vida misma.

«Luna» de Gianni Togni es la mayor de ellas.

¿Qué había en esos versos que uno sentía que este tema, más que todos los demás, por sobre todos los demás, era el tema de uno, el tema de Ricardo? ¿Acaso eran esas frases: «soy un sencillo espectador desde un rincón / mi mundo está en un autobús que se marchó»? ¿Acaso era la combinación demasiado moderna para la balada romántica italiana de las percusiones y el piano? ¿Acaso era ese secreto que compartía el personaje de la canción y yo: «tengo mil libros en la cama que no leí, y dos mil discos por la casa que nunca oí»? ¿Acaso era porque era el único tema en que no se regalaba la luna, sino que se dedicaba a la luna?

Recuerdo haber buscado infructuosamente por décadas el nombre del cantante, y luego que una tarde de 1992 lo supe porque en una radio tocaron la canción y volví a llamar al DJ y le pregunté: «Gianni Togni se llama». Recuerdo como si fuera hoy esa madrugada de sábado a inicios de 1999 en que metido en Napster encontré la versión en castellano y haberme puesto contento (aunque el tema demoraría cuatro horas en descargarse a 3,4 kbps en un «Plan Vampiro») y luego haber chateado con el único tipo que lo tenía y del que estaba descargando la copia que me dijo: «este tema es inencontrable, yo lo mandé a grabar en una de esas tiendas en que graban casetes de Providencia con Suecia». Y luego el tipo me baneó y nunca pude volver a pillarlo por la red del gatito y los audífonos.

Entonces en 2002 le pedí a Carlos Costas que me lo grabaran en la radio. Fue demasiado emocionante, a eso de las diez de la noche Carlos me llamó y me dijo que me tenían el CD con las canciones (que era esta y «Volver a Vivir» de Michel Sardou) y fui a la Cooperativa que entonces todavía quedaba en Antonio Bellet 223. Y haber rayado el CD de tanto escucharlo y de pasarlo a MP3 con esos sistemas prehistóricos.

Desde entonces al menos una vez a la semana me siento en mi cama, conecto el MP3 (que primero fue un NAPA de CD, luego un COWON de disco duro, luego un Blackberry con 8Gb de memoria y hoy un Galaxy con una memoria de 32Gb), me pongo los audífonos y trato de descifrar el significado de:

«Soy un sencillo espectador desde un rincón

y si estoy triste me disfrazo como Pierrot

por los tejados voy gritando al viento

y me he pegado con mi Dios, enfadado»

o

«Soy la mayor contradicción, y qué más da

adoro la complicación, para eso está

yo nunca siento la cabeza

no, en mayo verás que me casarán, luna

y no me digas que ya es hora y que vuelves a casa

es pronto, y mira que la aurora a veces se atrasa

alárgame esta noche corta

si nos ven qué nos importa, luna».

Y luego, tantas, muchas veces, me dedico a buscar más info sobre el tema. Y vuelvo a descubrir tantas, muchas veces, que este tema fue un exitazo casi sin comparación en Italia en 1980 que vendió un millón de copias. Sí y que Togni haría al menos otra canción que le haría famoso –aunque indirectamente– en Latinoamérica, «Per noi innamorati» (1983) que a este lado del charco versionó Ricardo Montaner como «Tan enamorados» («quizás te puedas preguntar qué le hace falta a esta noche blanca»). Y hace unas semanas buscando los otros temas de Gianni Togni, el más olvidado de los «giannis» italianos (al lado de Gianni Morandi o Gianni Bella o Gianni Nazzaro) di en Spotify con que al menos tiene tres o cuatro otras canciones excepcionales, como «Giulia» o «Semplice». Pero bueno, es esta y solo esta –«Luna»– la que destroza a un nivel mayor mi corazón («creyendo solo en las estrellas bebes zumo de grosellas»). Y que, era que no, que la letra en castellano es de (está casi de más decirlo) San Luis Gómez Escolar.

Hay ocasiones en que las canciones son más que canciones. Te puede pasar con The Beatles o con Rush, con el metal o el jazz. A mí me pasa eso con esta canción, una canción que ahora que lo pienso/siento bien es el eslabón perdido entre la balada romántica italiana de los setentas y la balada pop que vendría a fines de los ochenta y principios de los noventa con Eros Ramazzotti y Laura Pausini, el ahora llamado «spaghetti pop». «Luna» salió a la calle cuando todo era un páramo, cuando el pop y la balada eran géneros dispares y enemistados. Tomando lo mejor de las «lyrics» de los setentas actualizadas a un mundo que estaba cambiando, con una orquestación que dejaba un poco atrás los intentos de mezclar el «ensemble rock» con las orquestas de crooners, Gianni Togni confeccionó, facturó, un tema inolvidable que seguirá rotando en mi mente y en mis parlantes por toda la vida.

Phil Oakey & Giorgio Moroder – Togheter in electric dreams

Recuerdo el verano del ’85 en Algarrobo en que todo el mundo andaba loco con esa horrorosa canción de Phil Bailey Y Phil Collins, y yo trataba de convencerlos infructuosamente de que Phil Oakey!!!… & Giorgio Moroder serían los que realmente pasarían la prueba del tiempo (gracias San Blondie y San Máscara por poner las cosas en su lugar).

Belle and Sebastian – Sleep the clock around

Y vendrá el momento en que volverá la serenidad pondrás cara al mundo, girarás la espalda al muro, y caminarás veinte yardas con tu cabeza al aire bajando Liberty Hill, donde la brigada de la moda mirará con ojos curiosos tus pintas harapientas y por una vez en tu vida no tendrás nada que decir. Y probablemente será este el momento en el que alguien venga para decirte «mírate, no sirves para nada». Date una vuelta por el parque, tómate un valium, lee la carta que recibiste de la chica de tus recuerdos. Pero necesitas más que eso para encontrarle un sentido al día. Sí, hace falta algo más que leche para quitarse el mal sabor de boca. Y confiaste en eso, y confiaste en aquello, y cuando lo viste venir, ondeaba la bandera de los Estados Unidos de la Calamidad, hey! Después de todo lo que has hecho, muchacho, sé que lo pagarás. Por la mañana vas al salón de belleza para vestirte como «The Paperback Throne» Pero la gente vive lejos del lugar donde querías ayudar, qué pérdida de tiempo. Y el puzzle durará hasta que alguien diga: «Hay mucho que hacer mientras tu cabeza es joven todavía». Si dejas el bolígrafo, y dejas atrás las preocupaciones entonces vendrá el momento, y la memoria brillará. Ahora se han acabado los conflictos, todo el mundo ha cobrado, todo el mundo es feliz, están contentos de haber venido. Y entonces vas al lugar donde finalmente has encontrado que puedes mirarte al espejo y dormir… todas las horas del reloj.

La Casa Azul – Terry, Peter y yo

Quizá la canción que más me ha volado la cabeza en los últimos años es «Terry, Peter y Yo» de la Casa Azul, el proyecto de Guille Milkyway. La primera vez que la escuché no le encontré mucho hasta los tres minutos. Pero luego el tema (justo en el minuto 3:08) cambiaba notablemente entrando en una especie de torbellino emocional musical. Leo por ahí que Guille (tratémoslo por su nombre de pila, es casi como un amigo de uno) había dicho alguna vez que era la canción que más le había costado componer. Y es verdad, porque esta canción tiene un secreto que es como el corazón de todo el proyecto de La Casa Azul: es una meta-canción. Me explico. Guille Milkyway a menudo habla de otras canciones y otros músicos en sus composiciones. Por ejemplo, en «Como un fan» habla de «y escuchar a Billy Joel o quizás a Ben Folds Five»; en «Esta noche solo cantan para mí» menciona a Blossom Dearie, a Nina Simone, a Astrud Gilberto, a Kirsty McColl, a Karen Carpenter y a Dusty Springfield; en «Colisión Inminente» dice «hoy sólo creo en Philadelphia, Norman Harris es mi dios», y, obvio, en su primer tema, el que tiene en su texto el origen del nombre de la «banda La Casa Azul», «Tang de naranja, Colajet de limón» (que, además, es el nombre de ese otro proyecto, en el que colaboró hace un par de décadas, «Colajet Set») habla de «aquella canción de The Sweetest Ache que siempre nos gustó tanto». En «Terry, Peter y Yo» Guille cita a dos músicos que desde cierto punto de vista son claves en la historia del pop de los últimos cincuenta años. Peter es Peter Allen. Peter Allen fue un compositor que siempre estuvo opacado por las otras personalidades con las que se involucró, como Judy Garland y su hija, Liza Minelli con quien estuvo casado. Entre sus obras maestras olvidadas se encuentra «I Go to Rio», un tema que tiene un hook de piano al inicio («Just the Intros» se llama a este tipo de hook) que ha sido de lo más pirateado de la historia, con ejemplos como «Ritmo de la Noche» de The Sacados o «Every Teardrop Is a Waterfall» de Coldplay, y que –obvio– es la base del inicio del tema más importante que el mismo Milkyway jamás compuso, «La Revolución Sexual». Allen estuvo detrás de varios éxitos de los setentas, incluido «I Honestly Love You» de Olivia Newton-John, pero –de acuerdo con la lectura de Guille– jamás pudo brillar mucho con luces propias, aunque llegara a ganar un Oscar con la increíble «Arthur’s Theme (Best That You Can Do)», compuesta en tándem con Burt Bacharach, Carole Bayer Sager y Christopher Cross. Terry es Terry Melcher, el productor que ayudó sobremanera a la formación de los Byrds (y al uso más clave de la historia de una Rickenbacker de doce cuerdas, en la versión de los Byrds para «Mr. Tambourine Man» de Bob Dylan, que da inicio al «jangle pop»), pero cuya historia adquiere una oscuridad absoluta cuando se recuerda un caso que es quizá un mito: que fue solicitado por un señor llamado Charles Manson «con la intención de que le produjera algún material musical» (Wikipedia). El 9 de agosto de 1969, cuatro seguidores de este último entraron en la residencia número 10050 de Cielo Drive en Beverly Hills, California y mataron salvajemente a Sharon Tate, la mujer de Roman Polanski. Cielo Drive había pertenecido a Terry Melcher hasta algunos meses antes, por lo que el mito urbano indica que la entrada al inmueble fue un error y una venganza. Así, a lo largo de «Terry, Peter y Yo», Guille va deshilvanando en la letra de su canción las malogradas historias de estos dos músicos, con un ritmo sincopado que confunde un poco cuando la canción se escucha por primera vez, pero cuando llega a ese minuto 3:08 empieza a dejar todo claro. Claro, porque eso que ocurre en ese momento de la canción es un recurso moderno de la canción pop con el que Guille está obsesionado hace un tiempo: un drop. «El término «drop» («gota») viene del compositor, DJ o productor que «deja caer» los elementos rítmicos y musicales primarios previamente insinuados al mismo tiempo. Según NPR, una gota es el «… momento en una pista de baile cuando se libera tensión y el ritmo entra en acción …, liberando la enorme energía acumulada durante la progresión de una canción… después de la construcción del momento, el tono que sube, la tensión aumenta, más grande, más fuerte, hasta que de repente, la gota»» (Wikipedia). Es en ese momento en que aparece otro de los temas claves para entender al creador de La Casa Azul, el horror y la ansiedad de la vida moderna. Sí, porque en todas sus canciones hay un algo desesperado, como un grito de auxilio. Ejemplos hay por montones, como «Tú que decidiste que tu vida no valía / Que te inclinaste por sentirte siempre mal / Que anticipabas un futuro catastrófico» («La Revolución Sexual»); «Y cuando todo el dolor agonizaba sin rumbo / En un segundo / Un pequeño tropiezo ha encendido de nuevo el temor» («Sucumbir»); y así. En «Terry…» en esas estrofas que cubren los últimos dos minutos de la canción dice cosas como: «Y qué va a ser de mi vida, quién me querrá consolar / Quién velará por mi suerte, dime quién me salvará», y quizá el mensaje final de toda su discografía: «Y mientras amanecía, nadie tenía piedad / Y Terry se derrumbaba y comenzaba a volar / Y todo el mundo le amaba y conseguía brillar / Y como Terry yo vuelo sin rumbo / y escapo y vislumbro el final». Un mensaje de esperanza en medio de la desesperación, que quizá quiere decir que al final, para el compositor musical, la música es una especie de salvación. Para Terry, para Peter, para Guille, para todes nosotres.

The Beatles – Eleanor Rigby

Qué es la música, sino un encuentro de gente solitaria como el padre McKenzie y la olvidada Eleanor. Una canción que resuena todo el día en la vida de todas las personas que se disfrazan  –como ella y como él– con «la cara que guardan en un frasco junto a la puerta».

The Byrds – Mr. Tambourine Man

Nunca he sido fan de Dylan, pero desde hace un par de lustros reconozco que muchas de sus líneas líricas han sido claves para el desarrollo de la letra y la música de nuestra época, y muy en especial, del #indiepop.

En Mr. Tambourine Man, de 1965, se encuentra esta estrofa clave:

«Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me,

I’m not sleepy and there is no place I’m going to.

Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me,

In the jingle jangle morning I’ll come followin’ you».

Ese útlimo verso contiene esa aliteración perfecta, «in jingle jangle morning», que me gusta creer que significa «en el tintineo discordante de la mañana», donde la palabra «jangle» pasó a significar, desde la idea de «discordante» (OED, tercera acepción), un tipo de sonoridad peculiar, particularmente el que le imprimieron los Byrds a su versión –más conocida– también de 1965, en específico en la sonoridad de la guitarra eléctrica Rickenbacker. De ahí ese sonido rickenbackeriano empezó a definir un subgénero, el «jangle pop» que alcanzó su cúspide con dos de las más grandes bandas anglosajonas de los ochentas: REM y The Smiths. Casi todo el indiepop (desde Talulah Gosh, hasta el contemporáneo NMC chileno) usa este sonido, como una marca de fábrica.

Ricardo Martínez (Santiago, 1969). Es Doctor en Lingüística por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Magíster en Estudios Cognitivos y Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas ambos por la Universidad de Chile. El 2019 publicó su libro Clásicos AM. Una historia sentimental de Latinoamérica (Planeta).

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