Los artistas y la política o dejar de temerle a Virginia Woolf

gabriela alburquenque

Las palabras nunca hacen nada útil y las palabras son las únicas cosas que dicen la verdad y nada más que la verdad.
Virginia Woolf en El oficio de las palabras.

En los diversos cauces de la literatura universal, que Virginia Woolf sea considerada una de las escritoras más importantes del siglo XX, no es extraño. Su aporte a la literatura es incuestionable, ya sea por sus estrategias de escritura que la posicionan como una de las precursoras del modernismo, o por sus meditaciones sobre temas controversiales para la Inglaterra del 1930 en los que destaca el feminismo, la consciencia de clase y el privilegio de leer y escribir como oficio –para una mujer–. Sabemos quién es, no podemos negarlo, pues su figura no habita al soslayo de nadie. Basta con que tomemos cualquiera de sus obras, sean cuentos, novelas, ensayos o conferencias, para que su genio literario nos llame la atención y nos invite, por lo menos, a preguntarnos por su formación o la raíz, acaso, de aquella creatividad estimulante que no se anda con rodeos –ni para su época, ni para la nuestra–. Desde esa arena en que Virginia Woolf se corresponde directamente con la imagen de lo que sería una intelectual, es desde donde surge la pregunta esencial que encierra lo que Woolf podría significar para sus lectorxs: un desafío. 

Los artistas y la política (Alquimia Ediciones, 2020), reúne catorce textos tomados de The death of the Moth and Other Essays (1942), The Moment and Other Essays (1947), The Captain’s Death Bed And Other Essays (1950), Granite and Rainbow (1958). El cuidado editorial está a cargo de Guido Arroyo, la traducción de Ana María Álvarez, el diseño de Nicolás Sagredo y la corrección de Felipe Reyes. Cuestiones importantes a la hora de transitar el libro, pues la recuperación y transcripción de los textos, van acompañados de decisiones editoriales como mantener la puntuación original de algunos poemas citados, así como cortar la transcripción de una epístola en el momento en que la escritura muta a fragmentos íntimos. Decisiones así, son elementos fundamentales para construir una visión editorial que se despliega como manifestación de la labor del editor en relación a la imagen frente a él: el desafío de Woolf y la destreza de su pensamiento. Lo anterior, no es extraño si lo pensamos a la luz del catálogo de Alquimia, pues más allá de la evidente línea de recuperación de algunas figuras autoriales fundamentales (Wilms Montt, Bombal, Lemebel, entre otrxs), el espacio en el que existen sus libros, su catálogo, es uno en el que el artificio literario cobra especial relevancia desde su construcción como objeto preciado que transita el tiempo y contiene una voz. 

Los textos, que van desde 1917 a 1948, llevan la mano a caminar entre conferencias, ensayos y epístolas de la escritora inglesa que, en un tributo al cuarto propio que la misma Woolf levantó como tesis principal del feminismo contemporáneo –de principios del siglo XX–, cruzan el mundo privado con el espacio público en el que existe la literatura. Cuestiones como la relación de las artes y lxs artistas con la contingencia, política y sociedad, además de nociones sobre feminismo, clase, el oficio de las palabras y el lugar propio –de la autora– en ellas, nos llevan a acceder a un mundo que complementa el genio creativo de la escritora; nos adentramos a su pensamiento político con claves desde su propia voz que invitan a repensar el aporte de su escritura a la par del relato que corría tras –o sobre– ella: «Que el escritor está interesado en política no es necesario decirlo». Y en aquel relato, también, ese genio creativo, profético, no se queda atrás, recordándonos mientras leemos que no estamos leyendo a cualquiera, no estamos accediendo a cualquier escritura; estamos leyendo a una de las voces y genios más vivos, auténticos y desafiantes de la literatura: «El arte es el primer lujo que es descartado en tiempos de crisis; el artista es el primero de los trabajadores en sufrir». 

A Virginia Woolf, como a cualquier escritora, se le ha difamado, acusado, doblegado y mediatizado en un intento por fijar su identidad que no se corresponde con una idea preconcebida del deber ser «mujer». Así, las biografías sobre la mujer detrás de La Señora Dalloway, no escasean. Acaso por lo ambicioso de su trabajo, que no sólo nos sitúa de frente al desafío de leerla sino de entenderla a través de sus letras, la fijación por su figura es una que marca tendencia en los bastos perfiles que hay sobre ella, destacando el trabajo de Irene Chikiar Bauer, periodista argentina, que más que reconstruir su vida, le rinde tributo a la misma en Virginia Woolf, la vida por escrito (Taurus Ediciones, 2012).

Pero ¿cuál es el revés de esa imagen enaltecida, cuál es el contraste que mueve un juego de luces en aquel rostro distante, perdido en el foco de la cámara, muy similar a aquella fragmentación identitaria que no trabaja sólo en una, sino en toda su obra y que llevaron por años, por décadas, a temerle a Virginia Woolf? Los artistas y la política parece responder a esta interrogante. Las nociones que se despliegan de artes y política en los textos se enraizan con el proyecto escritural de Woolf y, de esa manera, se escribe un relato que corre a la par de esa imagen, de esa figura y sus «imágenes conjuradas» en el que sus propias palabras inútiles «desafían la imagen de Woolf que hemos creado en el inconsciente colectivo, nos muestran a una escritora cercana, democrática y apasionada», como advierte Ana María Álvarez en su prólogo.

Así, la Virginia Woolf que recuperamos, historizamos y –tenemos la esperanza– entendemos desde Los artistas y la política, es muy distinta a esa Woolf que leyó la feminista anglosajona Elaine Showalter en A Literature Of Their Own (1977). El pliegue de la voz, el espacio del apunte que busca, indaga, se pierde en las oscilaciones del pensamiento, de las ideas; son la manifestación clave desde dónde entender a Woolf y, de una vez por todas, dejar de temerle. La indeterminación de lxs sujetxs, su descentramiento y fragmentación se rearticulan al reverso de su propia indeterminación, su propio descentramiento, su propia fragmentación. Virginia Woolf, así, como genio que se mueve y forma en el proceso creativo que no es otra cosa que una mano que busca y no encuentra, una mano que se pasea entre la determinación de algo que podría ser y lo que escapa entre una idea y otra. El tambaleo de la lengua de Woolf –algo de lo que no somos conscientes hasta que rompemos la barrera de la ficción para ir a ella– toma especial interés en este libro que, también como tributo, crea una línea de pensamiento en Woolf que defiende y desafía a la vez su propia imagen y genio. Ella tampoco se queda atrás en ello. Es, acaso, la primera en tomarse como desafío, la primera en temerse.

Cerramos el libro con la idea de que conocemos otro trazo de la escritura de la autora de Orlando y, también, de la mujer en relación a un oficio, en relación a una voz que es, se piensa y se escribe. Cerramos el libro con la idea de, porque es Virginia Woolf y, por lo tanto, todas las ideas en las que encerremos su figura se rompen al momento en que el pensamiento aparece. Los artistas y la política, de esta manera, toma un impulso clave en la relación que emplea con las otras caras de la escritora inglesa. Otras caras que nos vienen a recordar su lugar en la literatura y el porqué, sin lugar a dudas, debemos llamarla –anótenlo– una intelectual cada vez que se reseñe una obra suya. Porque si unx intelectual es «una mujer u hombre de inteligencia pura sangre, que monta su mente a galope a través del campo en búsqueda de una idea» –en sus palabras–, entonces Virginia Woolf no se equivoca al decir, advertir mientras se dice que: «Si cualquier humano, mujer, hombre, perro, gato o gusano medio aplastado se atreve a llamarme “mediocre”, tomaré mi pluma y lo apuñalaré».

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