Viajar, divagar, domesticar
Material rodante de Gonzalo Maier

Diego Leiva Quilabrán

Quizá la mejor palabra para sintetizar la tercera novela del escritor talcahuino Gonzalo Maier (Minúscula, 2015) sea «entre»: es un texto entre novela y ensayo; va sobre un viaje, o muchos viajes iguales, entre Bélgica y Holanda; tematiza la distancia entre el narrador protagonista (Gonzalo Maier, como el autor) y el mundo que mira; divaga entre algunas pequeñas certezas y el peso del azar.

Tanto el fluir de la narración como la experiencia de la lectura le hacen honor al título: discurren de menos a más, en un ritmo al que uno se acostumbra. Entre concentraciones y digresiones el lector se va acostumbrando a correr tras el material rodante que nos propone el narrador, a seguirle el trote a esa consciencia que va de un punto para otro y luego a un tercero, para detenerse y volver sobre sus pasos. Sin embargo, tres elementos van y vienen sintomáticamente a lo largo del relato:

Como telón de fondo, la historia de cómo unas araucarias, nativas de un sur de Chile ya un tanto desfamiliarizado, terminaron como ornamentos en jardines europeos llevadas por un botánico escocés en el siglo XVIII y terminó siendo el «Monkey puzzle tree». Una historia que parece tener una vida intensa en paralelo a los excursos recurrentes del narrador que confiesa: «intenté escribir esta historia como una novela de época y no como estos apuntes inútiles y dispersos, pero a las dos horas me cansé de jugar al hipócrita porque nada me aburre más que las novelas históricas».

Luego, los elementos azarosos de un viaje en tren, o de una forma de viaje en que no se aprende nada y que discute con el modo de exploración naturalista y con el mero turismo: se vuelve virtuoso mediante la observación y, una tensión permanente, a través del cálculo de lo inesperado: «es cosa de abrir los ojos para confirmar que la civilización termina en la frontera de nuestro pueblo». Es una experiencia que, a fuerza de repetición, encuentra una potencia en la formalización de lo cotidiano y los motivos más simples: los correos electrónicos, las mochilas, las conversaciones fugaces y, con ellas, el lenguaje.

El tercer motivo es este último. El lenguaje toma un lugar central en varios retazos del texto, se le considera un asunto práctico al tiempo que un misterio. Por un lado, en el presente saltado del relato, dice el narrador, «no hablo bien ni mi propia lengua, pero pese a esa supuesta incapacidad, una y otra vez termino leyendo en un idioma en el que no entiendo una oración completa»; por otro, durante la infancia, el haber llegado a leer cuentos y novelas de aventuras, «cosas inútiles», «es cuando uno en realidad aprende a leer». El lenguaje es el material de la iniciación, y en él, en las explicaciones, juicios y digresiones, se arma algo así como un orden tentativo, algo que de una manera u otra desea funcionar en medio de la situación más llana posible: el viaje, el intertanto vacío entre dos lugares.

Si hay un prisma que pueda redondear este vívido texto es ese deseo de domesticar que se intuye en el narrador protagonista: mira, comenta, cita literatos y teóricos, hurguetea en la web con su portátil para volver a familiarizarse con el mundo que lo rodea. El narrador se vuelca sobre el mundo para experimentarlo desde la lejanía, lo quiere codificar, desea encontrar la historia precisa, el momento preciso, la palabra justa para responder un correo. Todo esto como un Bob Dylan sobre una vía férrea y tecleando su portátil encendido, «with no direction home, / like a complete unknown, / like a rolling stone».

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