Un bombardeo desde un avión de juguete

Con todas mis fuerzas de Washington Cucurto

diego leiva quilabrán

La rueda de la historia.
La rueda de los dientes.
La infame rueda de los hechos concretos.

«El poeta decide morir con las botas puestas», Washington Cucurto

En 1930, Roberto Arlt, siendo el más astuto, contemporáneo de los escritores argentinos siglo XX, había asegurado en 1930 que los escritores, en su mayoría, «lo que hacemos es desorientar a la opinión pública. La gente busca la verdad y nosotros les damos verdades equivocadas. Lo blanco por lo negro. Es doloroso confesarlo, pero es así. Hay que escribir». Por su parte, en 1970, ya con todas las credenciales de ser el mejor y más brillante, Borges señaló: «He intentado, no sé con qué fortuna, la redacción de cuentos directos. No me atrevo a afirmar que son sencillos; no hay en la tierra una sola página, una sola palabra, que lo sea, ya que todas postulan el universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad». 

¿Qué tienen que ver las palabras de los dos monstruos porteños y la novela Con todas mis fuerzas (Emecé, 2018) de Washington Cucurto (Quilmes, 1971)? Pues que ambas declaraciones pueden encontrar en ella un eco. Cucurto es brillante a la hora de dar a problemas borgeanos, soluciones arltianas. En esta novela, la literatura funciona como trasfondo oculto de las cosas, es fantasmática y oculta un gran secreto. Aparece encarnada en un padre poeta que desfila por las páginas de un cuaderno a través de un laberinto de referencias a libros y autores, La invención de Morel, Las flores del mal, Rimbaud, el mismo Borges y El juguete rabioso figuran en el entramado narrativo, junto con escenas al ritmo de la salsa, o menciones a la cumbia o al rock argentino. Por supuesto, en el camino de la modernidad, una nueva enciclopedia se ha extendido y legitimado. Al mismo tiempo, quienes caminan por esos laberintos, o están a la vera del camino son personalidades explosivas, tan deseantes como frustradas, melancólicas, sexuales. Son los descartados que andan por los barrios del Buenos Aires de principios de los 2000, posterior al menemismo, los damnificados por los recortes presupuestarios y abandonados en el ensueño de la mundialización neoliberal, que se construyen con lo que hay, y eso que hay jamás será lo ideal.

La novela es un trabajo en desarrollo: cerca de sus 20 años, Frank Vega escribe, en una íntima y alocada primera persona, acerca de su experiencia en el curso de ingreso del Colegio Nacional de Buenos Aires. La historia es, hasta cierto punto, más bien simple: sus resultados escolares han sido pésimos, tras un paso breve por una institución educativa llamada en la interna La Factoría (de delincuentes), su padre, contra su voluntad, lo matricula en el curso de ingreso para postular al mejor colegio de la capital argentina. Allí vive una experiencia de gueto: contrario a abrirse socialmente, se encierra en vínculos sociales con otros fallos del sistema; además, se obsesiona «amorosa» y sexualmente con su enigmática profesora de geografía, Cleopatra, como la reina de Egipto. Dentro de todo, el joven se está lanzando al mundo exterior con expectativas sobre la adultez y sus posibilidades.

Una historia tan corriente, apasionada en sus fracasos y sus fijaciones, se transmuta en una búsqueda por una verdad en las entrañas mismas del colegio. Un giro narrativo desquiciado lleva el texto a sus puntos más altos, a sus mayores delirios y a los ires y venires de Frank entre un proyecto y otro: el de su padre, que lo impulsa por la vía mesocrática de la educación; el de Cleopatra, contra una conspiración que pone en peligro a él, a su círculo, a la Argentina y al mundo entero; y al suyo propio, queriendo ser como el Silvio Astier de El juguete rabioso en un mundo ya descoyuntado. Sin interponerse mucho entre sí, estos proyectos confirman una imagen tan sintética como la resolución de sus fuentes literarias: «este parece ser el país de los ciclos espantosos, de la irracionalidad, de los acercamientos imposibles, donde la música y la vida conviven con la tragedia y la muerte». La prosa de Cucurto es oscilante, despega en mitad de la novela hacia territorios inesperados. Se vuelca hacia un universo fantástico conscientemente torpe, conscientemente disparatado. La realidad cada vez se va pareciendo menos a la realidad y la verdad del narrador se tropieza con su propia obsesión por contar algo e intentar darle un sentido como mejor puede: «Recordar es una buena manera de volver a vivir las cosas sin tener el poder de cambiarlas; escribir, en cambio, significa cambiarlas directamente: uno tiene que recordarlas para poder escribirlas y de cierta manera, al escribirlas, uno cambia las cosas». Con todas mis fuerzas termina siendo un atractivo bombardeo desde un avión de juguete —otro más—, contra la novela de formación: «la ficción termina alimentando la monotonía de esa vida vulgar». Es doloroso confesarlo, pero es así.

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