(Re)Leer a los clásicos

Alejandro Cuevas

Quienes hemos tenido la fortuna de haber podido acceder a los libros desde la infancia, tenemos una deuda de gratitud para con ellos que se compara de muchas maneras a la de tener un buen amigo. Aquel libro que puedes abrir en cualquier página porque ya está tan internalizado en ti que conoces sus párrafos prácticamente de memoria, o aquel al que necesitas regresar simplemente porque sabes que podrá inspirar una jornada desastrosa, una semana inaguantable, un mes insufrible o tal vez un tiempo de alguna pandemia que aparezca en el horizonte.

Cierto es que este ámbito no debe descartar leer nuevos géneros y nuevos autores. Más de alguna épica nueva se levanta entre los y las nacientes imaginadoras de mundos, pero mi intención es simplemente regresar por lo que fueron algunos de los libros más importantes de mi vida. Tal vez no sean los tuyos. Ojalá no sean los tuyos. Pero en una de esas mi visión puede servir a que te atrape un nuevo concepto que es en realidad un viaje de un autor cualquiera viviendo quizás un tiempo menos vertiginoso, pero no por ello menos creativo. 

Alguien dijo por ahí, creo que Ítalo Calvino, que un clásico es una obra que siempre alguien dice que está releyendo. Prácticamente nunca alguien la está leyendo por primera vez. Pero precisamente es ese paradigma el que me motiva en este instante: lograr que un clásico (o lo que yo creo un clásico) se lea por primera vez. Y que de ahí pase tal vez a ser parte de una relectura con el tiempo. Ese es el desafío en el que me embarco hoy en estas líneas por primera vez y que espero poder repetir con otros autores en lo sucesivo.

Inicio este viaje con uno de los libros más leídos del siglo veinte. Escrito por Richard Bach y publicado en 1970, es uno de los textos que mayor admiración me ha causado en la vida y hoy, en que lo vuelvo a tomar de la biblioteca al escribir estas líneas, me hace pensar si es posible rendirle un homenaje tan sentido como el que quisiera. Por supuesto que no habrá unanimidad en la consideración sobre esta obra por la cual siempre pregunto a los amigos en conversaciones varias o a la gente que voy conociendo. Algunos lo catalogan como insufrible, otros como inentendible y otros pocos como demasiado liviano. Gustos, por supuesto, hay para todos. 

Debo decir que originalmente esta obra fue publicada con tres capítulos pero el año 2014 fue editada agregando un cuarto capítulo inédito hasta entonces. Precisamente voy a basarme en esta última edición para aprovechar en estas líneas de agregar algo a anteriores análisis que se han realizado de este relato.

Juan Salvador Gaviota representa mi definición formal de lo que para mi significa un clásico. Un libro que se queda para siempre, que establece una filosofía de vida, que marca conceptos indelebles de cosas en las que uno ya creía en formas mas bien maleables pero que llegan a cuajar completamente en un ambiente ilusorio de la vida de una gaviota que no se resigna a la rutina de su especie. 

Más de alguien verá, tal vez a partir de mis palabras anteriores, a Gaviota como un libro de autoayuda. No es mi caso. No creo en libros metodológicos armados para convencerte con uno u otro eslogan de simples consejos para vivir la vida. Solo siento sinceramente que en este viaje hecho de páginas uno puede encontrarse libremente con la libertad de escoger un camino.

Por supuesto, no deseo contar demasiado de la historia misma, pero a riesgo de no hacer que la motivación sea suficiente si lo expongo en términos demasiado genéricos, tengo que expresar los detalles medulares del trabajo de Bach y desde allí, invitar por ahora a algunas reflexiones.

En el primer capítulo, Juan se nos muestra sin miedo alguno de romper esquemas familiares y sociales buscando ser mejor para él y para las demás gaviotas. Intentando una y otra vez calzar en los moldes de su ambiente, se va dando cuenta progresivamente que lo suyo es la búsqueda de la perfección del vuelo, logrando en su proceso de aprendizaje solo incomprensión en el ambiente extremadamente conservador y cortoplacista de su bandada de la cual es finalmente expulsado. 

La pregunta que cabe actualmente es ¿qué hacemos cuando vemos un comportamiento que no nos agrada? ¿No apuntamos nosotros también a la exclusión de todo lo que nos parece diferente?  ¿No debería la diferencia ser un orgullo y no un estigma? Son preguntas válidas, lamentablemente, hasta hoy en día.

En el segundo capítulo, Juan ha avanzado de plano (por supuesto invitamos al ávido lector o lectora a saber cómo llegó aquí) pero aprendiendo desde un principio que no todo avance es como uno lo espera, en particular porque cada meta que nos colocamos es en sí un límite que se percibe como un obstáculo. Sin embargo, su avidez de aprendizaje le lleva por luminosos caminos con otras gaviotas que esta vez sí buscan aprender como él, aunque curiosamente en un entorno de muy pocos aprendices. Allí nuestra alada protagonista comienza además a comprender que el concepto de Cielo, de Tiempo y Espacio no se ajustan a lo que había pensado en sus disquisiciones hasta ese momento. Y muestra una vez más, que no tener miedo a avanzar es lo único que realmente nos puede permitir dar un salto en la perspectiva de las cosas.

Aprender, investigar, atreverse… son síntomas de querer ir por, como diría Thoreau, la médula de la vida. He aquí una Gaviota enseñándonos que no hay que temer para avanzar como especie. Y especialmente no hay que temer a progresar en ciertos enfoques que son los que dan la grandeza a cualquier ser vivo que pretenda sentir que su espíritu crece. Y una vez que se avanza, comenzar a enseñar lo aprendido. Volver sobre lo que sabemos para que otros, tal vez, puedan asumir un rumbo de conocimiento similar.

En el Tercer Capítulo comenzamos a visualizar la distancia sobre lo que se imponga como limitaciones de la vida y sobre los elementos de mejora que muchas veces atisbamos como imposibles. También sobre lo que significa enfrentar la ignorancia con decisión, pero también y siempre intentando enseñar. Comprendiendo en esa enseñanza que no se requiere ser un iluminado o un enviado celeste para perder el miedo a aprender y entendiendo de paso a aquéllos que ven con temor irracional todo lo que no calce con sus formas de ver el mundo.

¿Podemos amar la violencia como forma de expresión en los seres a quienes intentamos enseñar algo de lo poco que aprendemos en nuestro paso por esta dimensión? La respuesta, obviamente es no. Lo que debemos buscar en cada uno es mucho más profundo. Es muy difícil ciertamente, pero tal vez en ello radica el verdadero desafío (o el verdadero conocimiento).

Finalmente en el Cuarto Capítulo, inédito hasta que fuera encontrado por la compañera de Richard Bach entre otros manuscritos en 2013 y que fuera publicado por primera vez al año siguiente, se nos presenta el mundo de lo que ocurre en ausencia de los inspiradores del pensamiento libertario. La pleitesía que se rinde a sus figuras por sobre sus enseñanzas, la transfiguración de las ideas poniendo el énfasis en quien las dijo y en sus vestigios terrenales más que en los pensamientos mismos. La máquina de la manipulación funcionando a todo dar, haciéndonos olvidar dónde está lo esencial de una enseñanza.

En esta parte del libro se nos ambienta en un mundo sin la presencia de Juan Salvador. La forma en que se distorsionan sus expresiones y la liviandad con que se comienza a tratar su legado es, en mi visión, una referencia directa a las religiones establecidas y a algunos de sus seguidores que tienden a centrarse en la figura de quien dio un concepto de vida más que en el concepto mismo y a la vez demonizan todo aquello que no se entiende estableciendo supuestos márgenes morales que no estuvieron en el espíritu original de quien fuera de alguna forma y muchas veces sin quererlo, el líder de un movimiento.

Por supuesto, en lo anterior trato de reducir ciertos aspectos de una obra de más de cien páginas a unas pocas líneas, y habría que reconocer inmediatamente que ello es imposible. Pero tal vez, solo tal vez, este muy breve resumen pueda llegar a motivar a algún o alguna incrédulo o incrédula, escéptico o escéptica, desencantado o desencantada – como yo solía serlo – y le obsequie una esperanza en un libro que no tiene ni se precia de tener todas las respuestas pero que sí te da las bases para las mejores preguntas que puedas hacerte y continuar con ello el proceso de aprendizaje. Eso es lo que significa para mi Juan Salvador Gaviota finalmente: el simple hecho de saber que no hay límites para aprender y que el desafío es vencerse a uno mismo cuando creemos que hay cosas imposibles.


Alejandro Cuevas estudió Ingeniería Civil en la Universidad de Chile y aunque la computación lo han llevado por sinuosos caminos laborales, la lectura y la investigación musical no dejan de perseguirle. Autor del libro Sin Razón, la herencia musical de Nino García, fue editorialista en el extinto diario Siete+Siete y columnista de la sección Cultura en cooperativa.cl

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