La brecha o la escritura «de» mujeres

gabriela alburquenque

Cuando escribí La brecha yo estaba muy consciente que a la mujer se le había asignado un lenguaje, el lenguaje que el amo le supone al ser dominado. Por esta razón me propuse utilizar un lenguaje femenino directo, despojado de toda mentira y todo subterfugio. 

Mercedes Valdivieso, 1981. 

Mucho se ha dicho de la literatura escrita por mujeres en el siglo XX. Mucho, aquí, no se traduce en reflexión crítica en la recepción de esas escrituras. Me permito pensar, entonces, en el escenario actual que abrazamos cuando leemos a autoras que, en su momento, aunque celebradas, no fueron reconocidas como intelectuales. Y por intelectuales, quiero decir, mujeres que idearon un proyecto de escritura que fue exiliado del corpus que teje un canon por la marca sexo-genérica alentado por el ojo –alerta– del sistema teoheteropatriarcal –este término lo tomo prestado de María Fernanda Ampuero, escritora ecuatoriana, usado en una muy buena conferencia de Vinidictas Reivindica que tuvo lugar esta semana aquí–.

La Brecha, publicada por primera vez en 1961 por la editorial Zig-zag en Santiago, es la primera novela de Mercedes Valdivieso y la que la posiciona –dirá la crítica, dirá memoriachilena– como una de las voces más lucidas en cuanto a escritura hecha por y sobre mujeres. La historia, que va desde la invocación al pasado –la infancia– para narrar el presente de una protagonista sin nombre –cualquier mujer de clase alta en Chile o Latinoamérica del siglo XX–, enfoca una serie de acontecimientos que corren a la par de un «deber ser mujer» que exige, como sabemos, cumplir con ciertas normas en virtud de validar al «ser» que se está construyendo a contrapelo. Entre la muerte del padre, el descenso de la burguesía, la rectitud de la voz de la abuela, el retazo de una madre como imagen y contraste, la tutela del marido, el cuidado de un hijo que «llega» a interrumpir –o partir– el yo en dos, un amante, la pregunta por el amor, divorcio, aborto, celos del exmarido, trabajo como autonomía, amistad incondicional, el hijo a la imagen de la madre; la protagonista se sumerge en su voz para hacer nacer, crecer, tejer un hilo del ser que se ha perdido en un destino fraguado para –y no por– ella. La frase «NUNCA NADIE TUVO NADA SINO SU VOZ, el cuerpo de voz que ha sido suyo» de la también escritora chilena Guadalupe Santa Cruz, aquí, toma especial relevancia: construir una voz como puntada e hilo del relato.

Así, abrimos la novela y pasados los créditos, pasada la portadilla, nos encontramos de golpe con una advertencia que nos invita a pensar, por un momento, aunque sea uno y lo que dura la lectura de la advertencia, qué se puede esconder tras la literatura «de» mujeres que tantos críticos, tantos y tantos renombrados autores, marcan como poca cosa por escribirse desde el yo: la necesidad de decir, nombrar, construir una voz, ir hacia atrás y hacerse de un lenguaje para, desde ahí, disponerlo a lxs otrxs: «El personaje de esta novela no tiene nombre, pero podría ser el de cualquier mujer de nuestra generación», apunta como nota inicial Valdivieso y actualiza, de inmediato, lo que autoras como María Luisa Bombal venían trenzando antes que ella; el cruce entre literatura y sociedad no como acontecimiento que da inicio al relato, sino como asunto que lo cierra. Colectivizar la voz, hacerla en plural, y entregarla a quien la reciba. Volvemos a la apertura o introducción en aquella nota inicial para detenernos, entonces, y repasar «no tiene nombre», repasar «cualquier», repasar «podría ser», porque eso nos exige el relato: detenernos, cerrar el libro, hacernos de una respiración propia y de las páginas que aliente algo que se nos cruzó en algún nervio.

Ir a una novela como La Brecha hoy, pasados 59 años desde su publicación y cuando la evolución de la novela hispanoamericana hecha por mujeres está más delineada que antes –gracias al aporte de investigadoras y críticas–, implica un doble desafío. No es sólo volver a una obra, situarla en su contexto, extender su lengua, alcanzar su lenguaje, sino también reposicionar su lectura a la luz del aporte en su tiempo y en el nuestro. En este punto, vale la pena preguntarnos cuál es el escenario literario actual –tanto nacional como latinoamericano– y para esto necesito hacerme de un hilo que no es mío: hace unas semanas, una serie de autoras chilenas se preguntaban, gracias a la lúcida y atingente reflexión de la crítica literaria Lorena Amaro, sobre las nuevas fórmulas de construcción de autoría (de mujeres) en la escena del neoliberalismo salvaje y el heteropatriarcado. La pregunta: ¿cómo se construye una autora? Removió las fibras del escenario literario nacional y, por qué no, Latinoamericano. Que la pregunta siga latente y no haya hecho sino dar botes de aquí para allá en busca, acaso, de una respuesta, acaso, de una autoreflexión del oficio, es algo que debe, al menos, llamar la atención para aquellas que nos identificamos como mujeres, escribimos y, también, para aquellxs que escriben –abandonemos, enseguida, los esencialismos que tanto mal nos hacen–. Mi intención en este texto, claro está, no es dar una respuesta a la pregunta de Amaro; la intención de esta escritura es reseñar a Valdivieso y, con el aporte de Amaro, dar cuenta del escenario literario actual –que, desde mi lugar, pienso como uno que se urde entre sospechas–. Me es imposible reseñar a Valdivieso sin pensar en aquello, sin ir a ese escenario que algunxs articulan tan lejano a nosotrxs, tan lejano a nuestras escrituras, pero que sigue aquí, con otros rostros, manifestándose de otras formas y, nos lleva a decir, cuestiones como «escritura de mujeres», «escritura femenina», marca, marca, marca, género, género, género.

Volvamos a Valdivieso. Las condiciones de emergencia y publicación de La Brecha están marcadas por una recepción crítica que celebra la obra de la escritora: «Una de las más extraordinarias manifestaciones de esa entrada triunfal de la mujer en la literatura, entrada ya no discutida y tan espontánea que la primera obra de esta nueva escritora diríase una obra de madurez y el estilo de esta principiante podrían envidiarlo por su sencillez, su elegancia y su soltura, viejos autores que han hecho del arte el trabajo de su vida» dirá el crítico literario Alone en El Mercurio el mismo año de publicación de la obra. «Nos preguntamos si la forma que ha escogido para narrar su historia constituye, en realidad, un estilo (…) La frase corta, directa, de explosiva carga sentimental que, sin embargo, nunca estalla, dejándose sentir tan sólo y quemando desde adentro a través de un exterior limpio y nítido, es la frase que corresponde a un desahogo de dramática urgencia. No hay aquí lugar para la retórica» escribe Fernando Alegría en el prólogo a la obra en 1961. Desde aquí, lo esperado es que pensemos, con gracia y amabilidad, que la crítica recibe la obra a brazos abiertos. Sin embargo, lo que me parece interesante, es que ni Alone ni Alegría, ninguna de estas frases dignas de ser dispuestas en la faja de un libro que conmemore a la autora –cualquier cosa mejor que aquella que le hicieron a Elena Garro en su centenario–, apela a la técnica, construcción de una voz, estrategias literarias; genio intelectual. Acaso, la respuesta a mis inquietudes está en las palabras mismas y, ahora, adhiero otro apunte de Alegría que puede dilucidar más a lo que voy: «Estas mujeres [Valdivieso y las escritoras de su época] llegan a nuestra literatura con un mensaje que, en su descarnada franqueza, en su sensualismo abierto y provocativo, no tiene paralelo sino en la obra de las grandes prosistas de siglo: de Mistral, la Agustini y la Storni».

Cuestiones como situar la obra de Valdivieso en correspondencia con la escritura «de» mujeres (Alone), preguntarse por el estilo en la inexistencia aparente del mismo en virtud de un «desahogo» (Alegría), hablar de un «sensualismo abierto y provocativo» en la prosa de las escritoras y proponer, de pasada, la propiedad sobre la literatura como un terreno habitado por un nosotros –quiénes–, son suficiente para preguntarnos qué rol cumple la labor del crítico en la lectura de la obra si, en realidad, no hace más que situarla en la marca sexo-genérica que más que otorgarle valor crítico a la luz de la literatura nacional e hispanoamericana, sólo la aleja de la literatura situándola en el almacén de las «escrituras de mujeres» en la biblioteca porque, intuyo, la escritura hecha por mujeres en ese almacén funciona por espejarse con «otras escrituras de mujeres» que, obviamente, se tejen en relación directa y, si estuvieran en el almacén de literatura del siglo XX, incomodarían –como le ocurre a Goic con Bombal que, de hecho, no sabe dónde situarla–.

Podría, sin dudas, seguir sumando nociones teoheteropatriarcales de aproximación a la novela de Valdivieso en el momento de su emergencia, como la publicación en el Diario Ilustrado que se refiere a la novela como una que apela al «morbo» de lxs lectorxs, la cual no les invito a leer, sino el artículo de Lucía Guerra sobre la novela en el que profundiza en nociones muy interesantes y las cuales comparto, por cierto. Entonces, en lugar de eso, apunto preguntas posibles para los críticos: ¿Cuál es la relación de La Brecha con una novela como El coronel no tiene quien le escriba (García Márquez) publicada el mismo año, por ejemplo? O, apelando a cierta «justicia» de obras con las que se corresponda de manera más directa, para no incomodar, digamos: ¿Cuál es su relación con la literatura hecha por mujeres y no «de» mujeres? Y, sumemos enseguida: ¿Qué queremos decir cuando decimos literatura «de» mujeres, por no decir femenina?

Aquí, me detengo un momento, y voy entonces a lo que propone Ana Traverso sobre el ingreso de las escritoras al campo cultural nacional en “Ser mujer y escribir en Chile”, sobre la reducción autobiográfica y la masculinización de las autoras, asunto también trabajado por Lucía Guerra, Romina Pistacchio, Darcie Doll y un sinfín de investigadoras que se han preocupado no sólo por visibilizar la escritura hecha por mujeres en Chile, sino también, visibilizar las estrategias de escritura en cada caso. Me parece, siguiendo el hilo de Traverso, que la escritura de Mercedes Valdivieso y su «buena» recepción crítica tiene que, por lo menos, ser mirada con sospecha hoy. Y digo hoy porque es ahora cuando tomamos estas novelas, nos obsesionamos con sus escrituras, con esa voz «minúscula» para la crítica, por el contexto detrás, y volvemos siempre, una y otra vez volvemos, queriendo entender o, acaso, aspirar a entender para crearnos un corpus de lectura que no responda a una lógica teoheteropatriarcal. Y esta, que es también una de mis obsesiones, no puede sino responder a cierta desconfianza, sospecha, de que algo no cuaja, que algo se suspende y nos invita en esas voces, en esas escrituras, a buscar el revés de la hoja, el revés de la palabra, el revés de la letra.

Leo La Brecha de Mercedes Valdivieso y pienso en todo esto para anotarlo. Leo La Brecha de Mercedes Valdivieso y pienso, de hecho, en la brecha. Esa que todavía existe impregnada a las Escuelas de Literatura de las Universidades chilenas, al currículum nacional de colegios. Esa brecha que todavía no abre la cancha para que escrituras como la de Valdivieso existan a la luz de la crítica, reflexión, presente que historiza, las mallas de lxs estudiantxs que se forman en nuestro país y, lxs cuales, si no tienen una curiosidad propia por las voces de estas mujeres, siguen su camino sin visitarlas porque sus voces, sus escrituras, no figuran en el dossier curricular. La brecha de la que hablo no es muy distinta a la que levantaron Alone, Alegría, Santana. Pensar primero en la marca del género, del ser mujer en Valdivieso, los hizo incapaces de aspirar al texto, a la lectura, porque en el ejercicio crítico el puente de lenguaje que extiende Valdivieso subvierte la lengua del amo, que es también la de ellos. Esa subversión de la lengua, esa conciencia del lenguaje propio, termina por desarticular la estrategia del crítico y, como consecuencia, lo lleva a domesticar, como sea, la voz en y tras el relato. Y no hay mejor manera de domesticar una voz construida por una mujer, sabemos, que encerrándola en el género.

Leo La Brecha de Mercedes Valdivieso y, entonces, pienso en el alcance de su voz hoy. El divorcio, la autonomía, el aborto, todos temas contemporáneos que no resultan tan lejanos a aquella «generación» de la protagonista sin nombre y que sólo pueden resignificar la vigencia de la obra hoy y desplegar, así, otro cariz en la literatura que revisitamos, como esta novela  y, acaso por eso, la obsesión sobre la misma: la urgencia de la denuncia en el decir refractario de la voz. No podemos confiarnos del teoheteropatriarcado, parece decir –o interpelar– Mercedes Valdivieso con su brecha, y entonces una idea final: «Pongo más leños al fuego y pienso que soy como un recluso que hizo saltar la cerradura de su calabozo y a quien, después de ciertas escaramuzas, le está permitido pasearse por la enorme cárcel, conversar con los presos en sus celdas y luego sentarse a esperar frente a la puerta. Porque es allí fuera donde está la libertad».

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