Viaje

Javiera pérez aguilera

¿No soy parte de tus mejores recuerdos?

Durante la última clase apagué mi teléfono y al salir de la u me subí al metro, prendí mi mp3, un reproductor de música viejo que ya pocas personas usaban, y puse mis canciones favoritas. Pasaron varias estaciones y me bajé en la usach, la estación donde estaba el terminal de buses. ¿El destino? Valparaíso. Hice la fila, compré el pasaje y una botella de agua. Me subí a un turbus que tenía un cartel imposible de leer en el parabrisas. 

Me subí en el último asiento de un bus vacío, de esos que solían chocar y que nadie sabía qué pasaba con las víctimas del accidente, era normal perderle el rastro a los muertos en Chile. Me comí las uñas durante todo el viaje y después pensé que no importaba, valía la pena. 

Las horas pasaron y hasta pude leer, pensé que el mundo se acabaría antes de que yo llegara al terminal donde me estaba esperando Julián. 

Los buenos amigos y las desapariciones, diría que se llama ese capítulo de mi vida, pero no sé si vale la pena nombrarlo ahora que ya se acabó.

Pasé por el santuario de Lo Vásquez, donde todos los años la gente caminaba o pedaleaba para cumplir sus mandas y le mandé un mensaje: «voy llegando». No sabía dónde estaba, pero quería saber que él estaría esperando, que no tendría que devolverme de nuevo y que solo por esta vez el mundo se iba a parar durante un ratito para poder ser felices. O para creer que lo éramos, que vivíamos en un espacio raro del mundo donde la vida no había ido cambiando nuestro destino. 

Me respondió que iba, que lo esperara afuera del terminal, que estaría ahí antes de que yo llegara. Pasó un rato y llegué, lo busqué entre la gente mientras mi corazón palpitaba como si estuviera llegando tarde a la prueba más importante. Lo vi de lejos, corrí y nos abrazamos. 

Habían pasado años desde el último abrazo, desde la última vez que nos vimos incluso. Y me apretó con el mismo calor que la primera vez, supe que estaba entre sus brazos. 

Caminamos entre la gente para encontrar un supermercado, dimos vueltas en círculos por calles desconocidas y hasta pasamos por la plaza. Conocí un poco de su vida diaria, me mostró la universidad, la playa y el carrito de la esquina donde compraba sopaipillas al salir de la u. Estuve ahí. 

Bajamos por una escalera mecánica mientras escuchábamos la música que había en el supermercado, hablábamos de la u y la vida, lo que había pasado en los últimos años mientras habíamos sido fantasmas en la vida del otro. Compramos hamburguesas y una bebida, pagamos y esperamos la micro en un paradero cerca del supermercado. 

Evitábamos hablar del tema y, la verdad, evitamos hablar de cualquier cosa importante, solo rellenábamos el silencio con comentarios que conocíamos del otro, que habíamos dicho mil veces antes pero que ignorábamos reconocer para que el otro no se diera cuenta. ¿De qué? Todavía intento explicarme qué escondíamos en esos recuerdos vergonzosos de la adolescencia. 

La micro dio muchas vueltas y subió varios cerros, vimos la puesta de sol a través de la ventana mientras llevábamos las cosas en las piernas. Le conté de mis libros, de lo que leía y qué me gustaría hacer ahora, me quedaba poco tiempo en la universidad y no sabía dónde me iba a ir a vivir después, Santiago me había agotado. 

Él me contó de esta nueva carrera que quería estudiar, de la vida que tenía su familia ahora y también habló del colegio, de las cosas que habían pasado mientras yo no estuve ahí. 

Nos bajamos cerca de una farmacia y empezamos a caminar, subimos varias escaleras y llegamos a un departamento antiguo que estaba en un tercer piso. Entramos, me mostró el lugar y nos sentamos a conversar. Nos tomamos un té mientras el sol pegaba sus últimos rayos en la ventana de su pieza y hablábamos de lo que había salido mal, del beso que no nos dimos, de las palabras que me dolieron, de la vez que me dejó esperando en el mismo terminal donde me había recogido esta vez.  Se acercó y me dijo «no te dejaré sola otra vez». 

El Julián respiraba en mi oído y yo parecía no escuchar nada más que su respiración, mi corazón se aceleraba de nuevo y él se dio cuenta, me lo dijo. Yo me puse roja, lo extrañaba. Nadie me hacía sentir como él. Lo besé rápido y dejé de pensar. Nos envolvimos en el otro mientras la noche pasaba afuera y el tiempo quedó enfrascado en esa pieza. 

Cuando desperté me vestí rápido, con miedo. Revisé mi teléfono y vi los mensajes y las llamadas perdidas que tenía. En mi espalda sentí sus manos y cómo me besaba, el frío calaba en la piel de los dos. 

Me dijo que me quedara, que podía encontrar un trabajo acá y que viviríamos juntos. Dije que sí, que no importaba la vida que tenía en Santiago, que siempre quise esto. 

Se vistió y partimos al terminal. No hablamos en todo el camino, pero nos sujetábamos la mano con fuerza. Yo volvería en un par de días con mis cosas y me quedaría acá, podía buscar trabajo en una universidad o en un colegio mientras él se encargaba de terminar el último semestre que le quedaba. Era un plan. Llegamos y nos abrazamos fuerte, «te espero aquí» me dijo. 

Me subí al bus, le dije adiós con la mano.

No nos volvimos a ver nunca, mis maletas quedaron hechas en la puerta. 


Javiera Pérez (Codegua, 1999). Es estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad Católica, le gusta leer mucho y ver series. 

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