Plaza pública

Angelo Alessio

La plaza pública es el lugar ideal para distender una tarde, dice la gente. Dentro de sus múltiples virtudes quizá la más importante son sus bancas de madera, siempre dispuestas para quien las necesite. Las del centro, impolutas, suelen estar ocupadas por los ciudadanos ilustres (cuando no prefieren el pasto). Los extremos, en todo caso, no carecen de sentido: solo ahí se obtiene una panorámica de la plaza. Lamentablemente, tienen un diminuto detalle, casi invisible, que nadie nota hasta que las usa: están agrietadas, endebles, con sus patas de metal oxidadas e inestables. En ocasiones se oye crujir la madera. Nada grave.

Hay quienes dicen que son poco seguras y no dejarían por nada del mundo que sus hijos las usaran. Pero nadie mueve un dedo. Han oído que pronto las cambiarán por unas nuevas bancas de piedra, más consistentes y duraderas. Otros piensan que son estas las que mantienen la plaza en funcionamiento, aunque, en realidad, no podrían asegurarlo.

Nada se sabe del exterior.

***

Como todas las tardes, ella se sentó en una de las bancas que rodean la plaza pública. Los niños jugaban, una señora barría la vereda, un ciclista entraba y salía de la plaza a toda velocidad, una madre amamantaba a su bebé y cerca de ella dos ancianos conversaban tranquilamente sobre la muerte. Las características de la vida en comunidad reunidas en un mismo espacio. Ella sacó de su mochila un táper con el almuerzo. Estaba a punto de abrirlo cuando unas piernas la interrumpieron. Miró a la derecha y vio a un hombre recostado, de brazos cruzados y con los ojos cerrados. Parecía en armonía con el resto del lugar.

—Disculpe, ¿podría quitar sus piernas?, estoy tratando de comer.

—Señorita, esto es una plaza pública —respondió con laxismo.

—¿Y qué tiene que ver?

—Hay buen clima. Me dijeron que iba a llover.

—No le pregunté por el clima. ¡Oiga! ¡¿Me está escuchando?!

—Lo que intento decir es que yo llegué primero a esta banca.

—No lo vi cuando me senté y tampoco me importa.

Molesto por la acusación, el hombre se incorporó lentamente y bajó sus piernas.

—Si tanto le molesta mi presencia, váyase.

Mientras discutían, llegó un segundo sujeto que se acomodó en medio de ambos. Como ya no se podían mirar directamente, cada quien siguió en lo suyo. Ella, perdido el apetito, guardó su táper y del mismo bolsillo sacó un libro. Todo volvía a la normalidad. La madera crujía. A lo lejos, una multitud marchaba ferozmente. Si hubiesen volteado la mirada hacia la calzada, habrían visto y oído a jóvenes y adultos marchando con carteles, algunos disfrazados, niñas y niños sobre los hombros de sus padres, se oían cantos, gritos, bombos, cacerolas, la rabia acumulada que estallaba y al mismo tiempo se contenía en una movilización que ninguno de los tres notó.

Ella leía plácidamente. Pasaba la página. A veces levantaba con el pulgar y el índice una esquina y la frotaba, se tomaba su tiempo, como buscando algo, como buscando una hoja distinta al resto o una faltante. Extraño comportamiento si se tiene en cuenta que la plaza ofrece un sinfín de placeres a sus habitantes.

Antes de acabar el prólogo, alguien la tomó por el reverso del codo, al mismo tiempo que una cabeza la usaba de soporte. Era el sujeto de en medio. Agitó alterada el cuerpo para zafarse, mas no lo consiguió.

—¡¿Me puede soltar?! —le dijo con el tono más severo del que disponía—¡Y mueva su cabeza!

—Entiendo que esté molesta, sí, pero he tenido días bastante difíciles últimamente y conciliar el sueño ha sido imposible —respondió sin moverse un centímetro—, y usted, como cualquiera, sabe que eso no es sano, uno debe dormir ocho horas, eso dicen los doctores.

—Estamos en una banca en la plaza pública, hay suficientes para todos, no necesita acostarse encima de la gente.

—No, en eso se equivoca, este es un lugar de descanso, y, como tal, no debiese tener restricción alguna. Por favor, no me empuje.

—¡Es una banca! —logró soltarse y retirar de su hombro la cabeza.

—Puede que no lo sepa, pero nos costó mucho que este lugar llegara a ser como lo ve hoy. No en todas partes es así de tranquilo. El tiempo de los abusos terminó hace rato — hizo un gesto con ambos brazos extendidos para que apreciara la plaza y lo que en ella había.

El hombre del extremo derecho prestaba atención a las palabras de ambos y con indulgencia dijo:

—Señorita, debería escucharlo, él tiene razón. No puedo cruzar los brazos y presenciar una injusticia, no puedo, mucho menos si es en la misma banca en que decidí sentarme.

La discusión se tornaba lentamente en su contra. Dudó de sus palabras, las repensó, las formuló de tal manera que ellos pudieran entenderlas; usó las manos para explicar de la mejor forma que pudo porqué no podían hacer tales cosas en una plaza pública. Hizo el ademán de levantarse, pero se contuvo con determinación. Su voz, en este punto del debate, apenas se diferenciaba del canto de los pájaros. La madera crujía. A sus pies cayó una piedra, y otra, y otra, y cuatro piedras se detuvieron a pocos centímetros de la banca de madera, provenían de otra parte, de un lugar donde nadie se arrellanaba, sino que corrían, brincaban, se agachaban, rodaban sobre el cemento y luego se erguían con el puño en alto. Todas hazañas memorables y aun así ignoradas por ellos.

La culata de uno de ellos le presionaba la cadera. Tal vez desde el principio, pero hasta ese momento no la notó. Curiosamente, creyó oír gritos bajo sus pies, golpes metálicos, los adoquines vibraban desde las profundidades por una multitud de voces, una polifonía demasiado tenue para distinguir del canto de la plaza pública y la hélice que los sobrevolaba con una parpadeante luz roja. Se deshizo, como es natural, de la idea de que alguien estuviese bajo tierra pidiendo auxilio. No podía ser que nadie más aparte de ella los escuchara.

Mientras tanto, los dos hombres seguían acorralándola. El sujeto de en medio la comprimía contra el borde de la banca de madera. El otro, por su parte, escribía en una pequeña libreta. La recorría con la mirada de arriba a abajo. Continuaba escribiendo aún más rápido.

Inquieta, hizo lo único que se le vino a la cabeza, corrió completamente el cierre superior de su mochila y buscó, buscó todo lo que pudo. Quizás encontraba algún objeto que se expresara mejor que ella. Sacó papeles, cuadernos, documentos, boletas, ropa, lápices, post-its, envoltorios de comida, el táper que no pudo abrir, sacó hasta que no quedó nada, y se detuvo ante ese vacío con la sensación de que algo se le había olvidado. Ellos seguían articulando sonidos ininteligibles. Desilusionada, su cuerpo languideció. Miró los pies de aquellos hombres que decían estar en lo correcto, se movían frenéticamente, de arriba a abajo, luego de izquierda a derecha, pensó en imitarlos, ¿por qué no?, ella tenía los suyos, no los movía tanto, pero estaban ahí, y era mucho más joven, tenía energía de sobra; lo intentó varias veces, pero, desgraciadamente, no tuvo éxito. Comenzó a guardar nuevamente sus cosas. Ella escuchaba. Y guardaba. Escuchaba a los perros ladrar y correr tras la pelota. Y guardaba. Escuchaba la risa de un niño que con ayuda de sus padres se deslizaba por el resbalín. Y guardaba. Escuchaba a las parejas besarse. Y guardaba. La madera crujía. Y lo guardó todo.

—¡Está vacía! —gritó con todas sus fuerzas —¡Les juro que está vacía!

Ambos se detuvieron. Las palabras dejaron de cortar el aire. Se miraron como queriendo corroborar lo absurdo de la afirmación. Terminada la inspección, el del extremo derecho dijo con seguridad:

—No se preocupe, está todo aquí.

***

La madera crujía

y nadie la oyó.

***

La plaza pública es el lugar ideal para distender una tarde, dice la gente. Dentro de sus múltiples virtudes quizá la más importante son sus bancas de madera, siempre dispuestas para quien las necesite. Las del centro, impolutas, suelen estar ocupadas por los ciudadanos ilustres (cuando no prefieren el pasto). Los extremos, en todo caso, no carecen de sentido: solo ahí se obtiene una panorámica de la plaza. Lamentablemente, tienen un diminuto detalle, casi invisible, que nadie nota hasta que las usa: están agrietadas, endebles, con sus patas de metal oxidadas e inestables. En ocasiones se oye crujir la madera. Nada grave.

Esa tarde, ella descansaba en una de las bancas que rodean la plaza pública. La acompañaban dos hombres. El de en medio la sujetaba del brazo y reposaba la cabeza en su hombro. El del extremo derecho yacía longitudinalmente sobre ambos, con la nuca apoyada en sus manos y las piernas extendidas, llegando de un extremo a otro. Ella, mientras tanto, le daba el último mordisco a una hamburguesa de lentejas, su preferida para los días poco atareados.

A su izquierda, otra banca similar. Un joven parecido a ella se retraía ante una mujer que abría y cerraba la boca frenéticamente. Ambos, desde sus bancas de madera, se saludaron con timidez. Luego giraron el rostro y siguieron en lo suyo.

Nada se sabe del exterior.


Angelo Alessio de Rosas (Mendoza, 1997). Ha vivido la mayor parte de su vida en Chile, Santiago. Estudia Literatura con mención en Edición en la Universidad Finis Terrae. Es editor en la editorial Sangría Editora. Escribe cuentos y diarios.

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