¿Y dónde está el espíritu, entonces?
Tres cuentos espirituales de Pablo Katchadjian

Diego Leiva Quilabrán

… si bien su vida fue la de un pecador y un impío,
pudo arrepentirse al final de ella y con ello haber aplacado
la cólera del Todopoderoso. Pero como no podemos leer en el fondo
del pensamiento, no hablo sino por suposiciones.
«La confesión de San Chapelet», Giovanni Boccaccio


En la nota del autor que sirve de prólogo a sus Tres cuentos espirituales (Blatt & Ríos, 2019), Pablo Katchadjian comenta que la palabra espiritual «vibra si no se la piensa. Pero también vibra cuando se la piensa». De esa frase, que concentra la explicación ofrecida por el escritor bonaerense en esas primeras páginas, se pueden desprender dos cosas: que el título está pensado para ser un problema, y que la unidad de los tres relatos contenidos en el volumen dependerá de ese problema. Si queremos leerlo, tendremos que pasar por sobre o a través de esa hiperdeterminación de la palabra «espíritu» en la tradición occidental.

Un matón (mediante cuya voz late el «nosotros» de su banda) que va tras un poeta por encargo de los sabios de su pueblo, un ayudante de un gigante que busca un traje para su amo y un santo que huye perseguido hasta desprenderse de su santidad se ven enfrentados a sus propias voluntades. Buscan algo específico: por requerimientos que no son suyos, los dos primeros, o que no se especifican, el último. Todos terminan transformados en un proceso introspectivo ante lo inesperado: tienen que ir renunciando, tienen que ir adaptándose para cumplir, adoptan nuevos roles (o nuevas identidades definidas por esos nuevos roles), su voluntad se mueve hacia lo gratuito, hacia sí mismos, hacia lo mundano, sin lograr asentarse, con la duda permanente de lo correcto o en un vaivén de reflexiones.

A pesar de que los narradores de los cuentos no son iguales en su punto de vista del relato (hay en primera persona plural, y singular en primera y tercera) a lo largo de la tríada se percibe una extraña pasividad, una impavidez frente a lo relatado. Desfilan por las páginas el canibalismo, la guerra, la podredumbre, y frente a ellos miradas desapegadas, que miran como si no pertenecieran al mundo, salvo destellos empáticos que van marcando la pauta de las historias.

Estas historias son, además, un monumento a la vaguedad. A la mirada desapegada contribuyen las informaciones a medias, las indecisiones sobre qué hacer, mundo que se muestra como sombras, lugares que se definen en relación a otros (puentes, pueblos, colinas), pero jamás en torno a un mapa conocido, jamás con un tiempo identificable. El mundo se va construyendo en la medida que se narra. Allí es donde los personajes, permanentemente, están perdiéndose o encontrándose, física y espiritualmente, o creen hacerlo: las superficies van dialogando entre sí para ofrecer cúmulo de información en que todo lo sólido se desvanece. Tanto los personajes como el lector parecen incapaces de leer el fondo del pensamiento y, con él, el del mundo. Por ende, en la suposición permanente de lo que son y de lo que han sido.

¿Y dónde está el espíritu, entonces? Precisamente allí, en el mismo espacio que ocupa el cuerpo, respondería Jean-Luc Nancy, y podríamos hallarle la razón. Y es que los relatos de Katchandjian, sin caer en los clichés del mejoramiento del espíritu, o quizá aprovechándose de la «vibración» de esa palabra, sujetan bien el espíritu a los acontecimientos, a las superficies. Allí donde la relación con el mundo cambia en los relatos, se moviliza el espíritu, ese último rincón inexpugnable y singular donde «pasan cosas», donde se juega la continuidad con uno mismo, en simultáneo con el pelo que crece, el disfraz que se superpone al cuerpo, el cuerpo cruzando hacia otras orillas, descubriendo su bienestar. Todo esto, mientras el tiempo corre impávido por la orilla, y el cambio siempre está atrás, cuando lo perdido y lo ganado se intuyen.

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