Kovalyov

d. g.
traducción de viviana saavedra arévalo

En el cuento corto Kovalyov, D. G., escritor inédito italiano, nos presenta una narrativa que fusiona lo fantástico y lo real como elementos para una sátira social; mediante un humor absurdo realiza una crítica a una sociedad contemporánea sobresexualizada e individualista, en la cual las apariencias importan más que la propia comunicación humana.

Viviana Saavedra Arévalo, traductora.


Kovalyov

Pero vamos a ver: ¿existe algún sitio donde no haya absurdos de toda clase? En cualquier caso, si bien se piensa, hay algo en todo ello, porque cosas como ésas ocurren en este mundo… no muy a menudo, pero ocurren

 Gógol, 1836.

El drama más temido por el hombre contemporáneo se consumió una fría mañana de invierno, cuando el señor Kovalyov, aún envuelto por el sueño, se paró frente al water y, al hurgar dentro de sus calzoncillos, se sacó… nada. 

—¡Cariño, ven! ¡Esto es serio! —pero nadie respondía. 

Ya hace un rato era de mañana y la señora Kovalyovna se encontraba fuera haciendo sus cosas, mientras el marido gritaba por la casa presa del pánico. 

—¡Ayuda! ¡Ayuda!

Maldecía mientras seguía restregándose con fuerza allí donde por treinta y cinco años  acostumbraba a ver colgar un miembro que, si bien no era de una estatura exorbitante, estaba siempre presente, y que, hoy en cambio, tanto a la prueba táctil como a la ocular, se declaraba perpetuamente desaparecido. Kovalyov se tocaba entre los muslos con la cara trastornada, sin éxito. Se quitó los pantalones de pijama y se miró al espejo, atónito: un área triangular, lisa y lampiña, separaba dos piernas peludas, dotando a la forma de la pelvis una extraña armonía escultural, una pose equilibrada, casi miguelangelesca; interrumpida, sin embargo, por un rostro boquiabierto y cubierto de lágrimas. 

—¡Despierta! ¡Despiértate! ¡Por Dios! —comenzó a abofetearse con fuerza, pero solo logró enrojecer aún más la cara de vergüenza. Pensó en la posibilidad de que su esposa regresara en aquel momento, y lo encontrara semidesnudo, llorando, amputado precisamente de donde se concentraban (de esto, el ingenuo Kovalyov siempre había estado firmemente convencido) sus cualidades más deslumbrantes.

Se sentó, se cruzó de piernas sin riesgo de aplastarse. Ocultó la cabeza entre las manos, cerró los ojos, y de un disparo abrió ojos y piernas para mirar si–, pero, nada, nada había regresado a su lugar, y bañó el piso de lágrimas. 

Miró la hora, vió el sol desde la ventana, decidió dirigirse a un médico. 

Se vistió y bajó las escaleras esperando no encontrarse con nadie. De la oscuridad de su subconsciente crecía la paranoia de una metamorfosis sexual. ¿En que se habrá convertido? ¿En uno de aquellos terribles bultos de músculos adornados de perlas, en tacos tambaleantes que se venden en la noche para pagarse las hormonas y tragarse de una vez por todas la manzana de Adan que esconden bajo un pañuelo de seda, regalo de algún político pasando por la crisis de los cuarenta? Claro que no, porque le faltaba por completo el requisito esencial de aquellas invenciones de la perversidad. Un torbellino de pensamientos cada vez más extraños y enfermos lo ensordeció hasta llegar a la consulta médica, donde solo encontró a una anciana con un bulldog atado, de cuyos arrebatos habituales le advirtió inmediatamente: 

—Oh, no le haga caso, creo que recién está descubriendo ciertos olores, sabe, se agita con nada, pero no se asuste, después de todo busca lo que buscan todos los machos, pobre, es bueno, ¿cierto que si, Frankcito?

Y en efecto, el perro inclinó el hocico, lo miró con expresión apacible, aturdido, un poco confundido, como si el pobre Kovalyov fuese en realidad un objeto, una entidad carente de consciencia porque carecía de olor, pero que se movía y parecía devolver su mirada curiosa. Finalizando el estudio olfativo, volvió pacíficamente a ignorarlo.

—Doctor —Kovalyov, balbuceante por la vergüenza, se encontraba de pie frente a su médico de cabecera, un hombre gordo y calvo, a puertas de la jubilación, que se mecía en el sillón, y quien en lugar de camisón, llevaba una chaqueta de cuero negra de motociclista, y lo miraba de una manera despectiva, frente a aquel doloroso temblor. —Doctor, no sé cómo decírselo, creerá que estoy loco. 

—No se preocupe, dígame, ¿qué le pasó?

—Pues… no sé, tengo que mostrarle…

—Muéstreme, vamos.

Pero frente a tan terrible llanura, el viejo doctor se catapultó del sillón, desmayado.

***

Kovalyov escapó. Se encaminó por la calle e intentó confundirse entre la multitud anónima, la cual corría indiferente, enjaulada en sus propios asuntos e insensible a todo drama privado. Y aun así le parecía que todo debía reconducirlo al pensamiento de su castración (si acaso así, inapropiadamente, pudiese ser definida): los anuncios publicitarios, el eco ruidoso de las discursos de bar, gigantografías de mujeres desnudas o vestidas de letreros colgando de las ventanas de los negocios, en cuya unión de muslos abiertos de par en par su mirada se focalizaba, debiendo el pobre Kovalyov comprobar, a su pesar, el atroz parecido pubico, y dándose cuenta por primera vez en su vida el precio exorbitante de la ropa interior femenina.

La obsesion crecía: todo le hablaba de sexo, y del sexo masculino: miraba con cuidado cada entrepierna de pantalones que pasaba a su lado, con la esperanza de no vislumbrar un bulto, para poder compartir el dolor, reconocer a uno de los suyos, pedir aclaraciones, encontrar consuelo. Comparaba su nada con el poco de los demás, y resultaba vencedor de una absurda competencia que, quien sabe por cuál herencia ancestral, ni aun ahora podía eludir

Había conseguido, por la mitad del día, evitar a su esposa, a quien tenía la ilusión de no revelar nada, resolviendo el asunto rápidamente, de alguna manera. Una Blitzkrieg para la reconquista del símbolo por antonomasia. Sus pensamientos se enredaron muchas veces por las calles del centro, mientras imaginaba la escena de una posible revelación a su esposa:

—Cariño, amor…

—Dime.

—Tengo que decirte algo..

—¿Qué pasó? ¿Qué hiciste?

—Nada —con voz más grave, mirando al suelo. —Nada.

—¿Y entonces?

—Tengo que mostrarte algo, pero prométeme que no te vas a agitar.

—Me estás preocupando.

—Quizá será mejor que te sientes.

—¡Ya deja de divagar! Me vas a decir lo que —y después, un vacío. 

Kovalyov solo podía verse en el borde de la puerta de su casa, con un bolso sobre su hombro y el abrigo gris, que murmuraba un adiós lánguido, mientras que ella, enfurecida: —¡Vete! ¡Fuera de aquí! ¡Busca ayuda!

Después de todo, se decía Kovalyov a sí mismo, ¿qué motivo iba a tener la pobre mujer de mantenerlo en la casa, privado como estaba de toda fuente posible de amor?

Pero se dio cuenta que tenía que contárselo a alguien, y si no era a su esposa, acudiría a un amigo de confianza. Dirigió su vagar hacia la casa de Nikolaj Torrinovic, desde siempre su íntimo confidente. 

Lo encontró sentado en el sillón, embalsamado en una bata a cuadros, mientras leía Tucidide y fumaba tabaco, tosiendo.

—No era realmente homosexualidad en todo rigor de la palabra, la de los griegos, ¿cierto?

Esta vez, en vista de experiencias pasadas, decidió andarse con rodeos.

—Mah, quién sabe, de seguro no se tenía que ser maricón.

—Eso nunca.

—Nunca. En ninguna civilización del mundo.

—Mejor ser mujer, en cualquier caso.

—Verdad.

—Y… ¿los eunucos?

—¿Cómo?

—Los eunucos, quiero decir, los castrados, como serían… o sea, qué papel….

—No entiendo.

—Nikolaj, tengo que confesarte algo.

—Tú sabes que me puedes decir lo que sea.

—Esta mañana, cuando me levanté…

—Si…

—… Como todas las mañanas, fui al baño, a mear.

—Ya.

—Pero…

—¿Pero?

Suspiró:

—Pero… no me lo encontré.

El fiel amigo explotó en una carcajada estruendosa, que hizo correr de las otras habitaciones a sus compañeros de piso, y que duró más allá de toda compostura, hasta que, casi torturado por las contracciones de la risa, se secó las lágrimas y dijo: —perdón, fue por cómo lo dijiste. —Kovalyov lo insultó, y salió golpeando la puerta. 

Desolado, se refugió en un bar, y si bien no serían más de las dos de la tarde, se pidió un ron sin hielo que se tragó sin quejarse, fijando su mirada en la pared. 

El extraño comportamiento atrajo la atención de una joven estudiante, que leía apartada cuentos fantásticos. Estaba intrigada y un poco asustada por aquel extraño personaje, a quien había visto otras veces dando un paseo o en el bar, pero que siempre transmitía una cierta serenidad aburrida, mientras que hoy se veía tan atormentado, tan diferente. Decidió acercarse:

—Hola, mucho gusto, Micja —le tendió la mano.

—Kovalyov —se la tomó sin mirarla. 

—¿Todo bien?

Abrió los ojos de par en par, y en el idioma tosco de los borrachos le presentó la gravedad de su condición: —ya no tengo ni pelotas, ¿entiendes?

La chica, irritada por aquella frase de la que no entendía el sentido, se echó hacia atrás, pero él siguió:

—¿Y ahora? ¿Y si fuese irremediable? Quien sabe a qué clase de pervertidos voy a atraer.

—Quizás no deberías beber a esta hora.

—Ya no lo tengo, ¿te das cuenta? ¡Nada, ni siquiera un centímetro! ¡Es la peor pesadilla de todos! ¿Cómo lo hago? ¿Soy acaso un hombre? ¿Me puedo definir como hombre si estoy obligado por anatomía y no por higiene a mear sentado?

Micja se marchó disgustada, dejando a Kovalyov gritandole a las paredes.

Mezclaba colillas de frases con sollozos desesperados, y después de algunos minutos de tolerancia fue cubierto por insultos del barista y de los otros clientes más moderados. 

Pero en el fondo, mirado desde fuera, desde el paseo vespertino del centro, no tenía nada de extraordinario. Siguen siendo los mismos disparates vacíos y falocéntricos que rebosan en los bares, en las televisiones, en los parlamentos. 

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