Los clásicos: (re)lectura y (re)institución

Diego Leiva Quilabrán

Van mis agradecimientos a Dominga Schlotfeld por ayudarme con la información y el comentario sobre catálogos e historias hechas por mujeres, asunto en el que soy poco menos que ignorante. También a Rodrigo Ortega por una breve conversación sobre cómo nos hemos construido y cómo funcionan nuestras referencias culturales de clase.

Tras la lectura atenta de la columna escrita por Alejandro Cuevas y publicada por Origami sobre (re)leer a los clásicos, se me despertaron algunas preguntas: ¿qué es un clásico literario?, ¿cómo nos relacionamos con un conjunto de clásicos?, ¿cómo podemos revalorar lo clásico más allá de los grupúsculos de la medianía profesional?, ¿cómo Con ganas de levantar un diálogo y con la garantía que ofrece esta revista dando la palabra, quisiera hacer algunos alcances a ese texto, mirando el problema desde un lugar distinto.

Primeras impresiones

En su columna, Alejandro establece una definición de clásico: «un libro que se queda para siempre, que establece una filosofía de vida, que marca conceptos indelebles de cosas en las que uno ya creía en formas más bien ilusorias». Para mí, un clásico no se levanta siempre a partir de esos contenidos, o, en verdad, fijar sus contenidos y énfasis puede ser tan ilusorio como las ideas que creemos ponen en juego. Un ejemplo paradigmático de esto es el Quijote de Cervantes, que ha sido canonizado como una tragedia por los pensadores románticos, en desmedro de la lectura cómica de sus lectores contemporáneos.

Los «clásicos» que propone Alejandro presupondrían dos cosas que me producen un cortocircuito. La primera es que, por fortuna, funcionan así porque confía plenamente en la letra. Quizá sienta la misma confianza que yo, y aquí especulo, y otros a quienes nos habrán dicho más de alguna vez que los libros son señal de educación y que la educación es lo que nos prepara para el futuro. Martín Rivas sería su personaje meritocrático por excelencia, cuyo proyecto individual(ista) traspone y desecha, por ejemplo, Antonio Skármeta mediante el fracaso del protagonista su novela de Soñe que la nieve ardía (1976). El problema de ese proyecto es que el corazón de ese proyecto está en crisis. Los sectores letrados, esos autoconvocados primus inter pares, hoy manoteamos como si la micro en que íbamos hubiese parado demasiado bruscamente, buscando un fierro que tomar para apuntalar nuestras posturas, intentando conectar nuestros conocimientos y perspectivas con algo elusivo: ¿la masa?, ¿el pueblo?, ¿el lego vulgo?

El segundo problema, relacionado con el primero, es que esa visión de la cultura es fruto de política culturales de principios del siglo XX, que democratizaron la cultura, o formas de alta cultura, sin cuestionar sus fundamentos. O, en paralelo, devorando la cultura popular, embutiéndola en una procesadora y devolviendo un sucedáneo justificado en sus propios códigos. En esta línea, que está lejos de ser mía, sino que pertenece a Graciela Montaldo, el mercado sería esa cancha virtualmente pareja.

El estatus del clásico

La definición de clásico y, por extensión, del canon, tiene menos que ver con lo que dice que con nuestra relación con el texto. Un modo de contacto que, a la vez que puede volver contingente a una obra y ofrecer renovadas lecturas en el presente para ella, desea sacarla de circulación, cubriéndola con un manto que dice más de sus partidarios que de la obra misma: el catálogo de estas obras «clásicas» y presuntamente inamovibles, el canon, opera recreando constantemente su propia verdad, según Mary Louise Pratt. Creo que, como dijo Borges en «Sobre los clásicos» (1952), «clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad». En paralelo a esos hombres fervorosos, otros grupos al margen de ese conjunto realizará una ávida crítica a los valores que subyacen a su ordenamiento, propugnando un conjunto diferente, orientado con otros principios: es la relación dialéctica entre instituidos e instituyentes, como los nombra René Lourau.

Manuales de consulta o listados de autores/as y obras (escritos o acciones) realizados por renombrados/as intelectuales parecen decir más de quienes las escriben o del contexto de enunciación que de los que son inscritos en ellos. De esto se me vienen a la mente unos cuantos ejemplos, empeños en instituir, revisar, instituir y hasta incluirse en una tradición: Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas (1917-1922), las introducciones que realizar Borges en colaboración (Antiguas literaturas germánicas (1951), junto a Delia Ingenieros, revisado y corregido con María Esther Vásquez (1966); Introducción a la literatura inglesa (1965), también junto a esta última; Introducción a la literatura norteamericana (1967) en colaboración con María Esther Zemborain), la Historia breve de la literatura chilena (1964) de Manuel Rojas, el Diccionario de autores latinoamericanos (2001) de César Aira.

Del mismo modo, desde los márgenes serán las mujeres quienes, en ciertas coyunturas, propondrán listados paralelos. Pratt le llamará a estos corpus los «ensayos de género», que divergen de un canon del momento el «ensayo de identidad» escrito por hombres. Los ensayos de géneros estarán dedicado a discutir el estatuto de las mujeres en la sociedad, con el objetivo de interrumpir el monólogo masculino, señala la académica canadiense. En estos textos, el esfuerzo está puesto muchas veces en catálogos de mujeres destacadas de la historia occidental para valorar sus aportes. Un caso distinto podrían ser las Lecturas para mujeres: destinadas a la enseñanza del lenguaje (1924), un conjunto de textos compilados por Gabriela Mistral que deriva en una nueva formación de los horizontes de expectativas de las lectoras.

Señalo lo anterior como un ejemplo en que lo clásico, que asimilo al canon, difiere de comunidad imaginada en comunidad imaginada, más dificultoso aún, de grupo en grupo al interior de la comunidad que los contiene. El mismo problema tiene avatares que pueden sonar más cercanos. Hasta Bolaño, que insistió en remecer un canon en «Derivas de la pesada», terminó levantando otro, por accidente, dando vuelta el tablero, invirtiendo los valores que lo determinaban. Otra pregunta para esa pregunta que siempre es la misma: ¿para quiénes el monumento a Baquedano es una pieza aurática de nuestra historia?, ¿para quiénes es una mera cosa entre muchas otras? Renovar nuestra comunidad para también por remover nuestro panteón: destituir, constituir, instituir, restituir son acciones ineludibles. En dialecto académico: después de tanta deconstrucción, qué.

¿Con qué hacer lo que tenemos que hacer?

Me disculpo encarecidamente en esta parte si academicé mucho la discusión. Esta es la parte en que me doy cuenta de que esta micro en cualquier minuto se detiene ante una repentina luz roja o, más probablemente, frente a una manifestación en el centro de la ciudad.

La interpretación que hizo Alejandro Cuevas sobre Juan Salvador Gaviota, precisamente por estar condicionada por una fe, me parece problemática. En este punto debo rescatar el aporte quiere realizar desde su interés personal y la experiencia individual de la lectura. Eso es algo que he visto seguido con mis alumnos en preuniversitarios en conversaciones con amigos especialistas y no especialistas, y me parece enriquecedor. Pero no todos somos los hombres fervorosos de Borges, ni todos somos los marginales que quieren acabar con los fervorosos. Mejor dicho, el mundo no se divide entre fervorosos e iconoclastas. Ni todos compartimos esa creencia en la letra, de la que ya me confesé devoto. Lo interesante de esa práctica sería más la discusión y la exploración de esa multiplicidad de sentidos (una democracia) y gustos que la declaración sobre si es o no un clásico o si lo es por realizar tal o cual lectura.

Pero esa formulación democrática debe ir hacia alguna parte. El regocijo en la deconstrucción, en la liberación del lenguaje, en la tangente, en el excurso, en el lenguaje por el lenguaje, en definitiva, en una pluralidad vacua se queda pegada en el onanismo perezoso, no se proyecta a ninguna totalidad que se articule en la diferencia. Y vaya que nos debe costar a quienes nacimos en la Transición aspirar a algo como esto último, si crecimos en el pastiche radical, en el milagro económico desarmado, en la concesión, en el capital extranjero y, sobre todo, en la cara fea. No tuvimos un canon, o lo recibimos como si viniera prefabricado y fuera un adorno más. Vimos un Borges de papel maché en el colegio, nos quedamos con ese Borges y lo que más podemos ofrecer es un yogur, diría parafraseando a Parra, cumplimos con dios (con minúscula, chiquito y sin mucha importancia, al fin y al cabo) y con el diablo. Porque dios y el diablo eran cachureos que fuimos recolectando, zapatos viejos, conchitas en la playa, elegimos sin sentir que estábamos eligiendo o no teníamos muchas más opciones que elegir: se nos mezcló el Borges y el Cortázar escolar de juguete con el anime, la poesía con la Temporera de Hechizo, los documentales a pedazos en Youtube con El Diario de Eva.

Nos hicimos con lo que pudimos y cuando pudimos tener más corrimos a buscar aquello que no tuvimos para ver si nos podíamos hacer de nuevo, a nuestra imagen y semejanza.

¿Y ahora resulta que de en medio de todo el cachureo hay que sacar un canon? Habrá que intentarlo, porque es parte de la ritualidad que vamos a poner en juego en el marco de un nuevo proyecto de ciudadanía. Ojalá que no nos disfracemos de Macondo. Ojalá podamos identificar las ficciones (literarias, audiovisuales, etc.) que den cuenta de las diferencias y de nuestro deseo colectivo). En esta parte lamento demasiado ser poco claro y que mi argumentación se vaya deshilachando, pero es la que menos tengo clara. Uno puede manejar muy bien lo que lo motiva, no así el final del camino, si es que lo hay y se puede ver. No es ese el caso.

Confío, eso sí, en un cambio que ayude a comprender para qué necesitamos la experiencia literaria. Porque mi tesis de base es que la necesitamos, para conectar con una experiencia diacrónica y no, o al menos no en primera instancia, de juicio moral. La literatura no nos enseña a vivir ni nos hace mejores personas, no nos da superioridad moral. Sí nos enseña a comunicar mejor; a tener un repertorio de experiencias más variado (en el sentido aristotélico, activo, que nos permite vivir sin vivir, según lo que leamos despliegue los recursos para hacerlo como quiera y pueda); a pensar diacrónicamente; a observar de manera distancia experiencias de otra época, otro género, otra clase, de entendernos como receptores de información; a pensar ética y estéticamente, con la distancia adecuada.

Cierre: los clásicos están gestándose todavía

¿Cómo conectar con eso, que es un efecto más comprensible en el medio de la fe que en la vorágine del cachureo? Volver a conectar con el acto de narrar, con el deseo del fuego perdido del que habla Agamben. A través de esa búsqueda, de esa navegación el corpus, a medias entre el azar, la recomendación y las sugerencias didácticas, enrielar hacia un canon.

Ese canon será siempre un producto al final de una cadena de procesos políticos, sociales y simbólicos, jamás un punto de partida obligado. Desde lo interno (el canon nacional) será un conjunto que, aunque limitado y transitorio, puede darnos, como comenta Noé Jitrik, identidades que garanticen una comunidad; cambiado el pacto social, cambiado el canon. Desde lo externo, (leer a los llamados Clásicos) se consolidará una relación tanto o más artificial que la de interna: una lectura que parafrasee estructuras que diverjan con converjan o que, desde otro marco cultural, interrogue nuestras certezas. En ambos casos, independiente de las selecciones que se hagan, explícita o implícitamente, cualquier canon, construido desde cualquier perspectiva, será un recordatorio permanente de que hace ya tiempo que no construimos absolutamente desde cero.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s