El mundo es redondo o un revés de la lengua en el espacio abierto del ojo

Gabriela alburquenque

Entrar en un libro como se entra en un lenguaje. Recorrer páginas, palabras, puntuación y ritmo con la esperanza de habitar una voz, con la esperanza de recorrer la propia o, acaso, simular el alcance de una idea en el ejercicio de lectura. Eso o El mundo es redondo de Gertrude Stein.

El libro, publicado por primera vez en 1939, llega a nostrxs gracias Bisturí 10 –colección ilustrados– y cuenta con la traducción de Verónica Zondek e ilustraciones de Constanza Fuenzalida. Dentro de la propuesta editorial, además, se encuentra la posibilidad de acceder al audiolibro en la voz de Zondek (leolento.cl) y las llamadas «actividades propuestas» que hacen del libro la posibilidad de un juego: armar un fenaquistiscopio, juguete en base a ilusiones ópticas inventado por Joseph Ferdinand Planteau en 1829, con algunas de las ilustraciones de Fuenzalida.  

Quizá, la mejor manera de definir el libro está en su inicio: «Había una vez un mundo que era redondo y en él podías dar vueltas y vueltas sin parar a respirar». La idea de un mundo redondo, presente en todo el relato, habita cada espacio de lenguaje posible. Y no es sólo el hecho de que en El mundo es redondo «las palabras generan una partitura, en la que ritmos, imaginación, cadencias y repeticiones se entrecruzan y cuestión la experiencia de lectura de lo que reconocemos como un libro infantil» como señala la contraportada, sino que al momento de cruzar la primera frase inscrita entramos en un juego que nos impulsa a la lectura abierta y viva de lo que leemos y vemos, porque entre páginas rosadas y letras azules, entre ilustraciones que rearticulan el trabajo original de Clement Hurd, la lectura no se sostiene sólo en el oído, sino también en el ojo, como se espera de un libro ilustrado, claro, pero con el alcance de que en este caso las ilustraciones son, también, un modo de aproximación a otro discurso: el de las imágenes, el del juego que busca nombrar(se) en el momento de construcción del relato. Ahí, la retina que se pone a prueba y exige su sitio en la lectura.

De esta manera, el libro es una invitación abierta. Y digo abierta porque los campos semánticos y sintácticos que se extienden en el lenguaje que la autora nos entrega, no pueden ser sino una apertura de ingreso, una grieta en la que se entromete la lengua y adquiere un revés que desconocemos o, en realidad, habíamos dejado atrás; con la «infancia abierta», por la domesticación de la lengua. Leemos en voz alta –no podría ser de otra manera– y el juego entre oído y ojo, también, redondo, nos toma como parte del relato aunque a primeras el ejercicio se nos dificulte, aunque rodemos cuesta abajo en este mundo porque el molde no nos toma de inmediato, hasta que nos toma y, luego de eso, «si escuchas tu propia voz cantar o incluso solo hablar bueno escuchar cualquier cosa incluso si sale de ti como lo hace tu propia voz si te encuentras completamente sola y escuchas tu propia voz entonces es aterrador».  

Así, en las palabras, cantos, llantos e imágenes que acompañan la travesía de Rose hacia la afirmación de su identidad en y con el mundo: «Rose era su nombre y sería ella Rose si su nombre no hubiese sido Rose. Solía pensar y luego solía pensar otra vez. Sería ella Rose si su nombre no hubiese sido Rose y sería ella Rose si su nombre no hubiese sido Rose y sería ella Rose si hubiese sido una melliza», entendemos también un trozo de esa redondez que es –o fue– parte de nosotrxs: «Los profesores le enseñaban/ Que el mundo era redondo/ Que el sol era redondo/ Que la luna era redonda/ Que las estrellas eran redondas/ Y que todos daban vueltas y vueltas/ Y ni un ruido». Y en ese espacio sin ruido, llanto, canto y la redondez como incomodidad sobre la que afirmarse, una verdad dolorosa para Rose –y nosotrxs– que, acaso, sólo puede ser entendida desde esas acciones –canto y llanto– porque la guillotina del tiempo no perdona, y aunque también hemos estado aquí y hemos inscrito nuestro nombre o tallado el mismo sobre un árbol una, dos, o más veces, «durante todo este tiempo el mundo simplemente siguió siendo redondo».

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