Las emociones y las impresiones
Umami de Laia Jufresa

Diego leiva quilabrán

Cinco narradores para cinco años consecutivos, pero hacia atrás. Umami (Kindberg, 2017) es un entretejido de tiempos que corren en diferentes direcciones y ritmos. Los personajes que habitan en la privada Campanario, en las cinco viviendas que la constituyen –cada una de las cuales tiene el nombre de uno de los cinco sabores (salado, dulce, amargo, ácido y umami)–, cargan un dolor: una esposa muerta, una hermana (o hija) muerta, una madre (o esposa) que se fue. Quienes narran en primera persona miran permanentemente hacia atrás; a quienes son narrados en tercera, podemos leerlos a través de sus dudas o vacíos.

Quienes concentran a su alrededor un mayor peso en la trama son los narradores en primera persona. Ana Pérez Walker narra hechos del 2004; es una niña de 13 años moradora de la casa Salado, que ve a sus padres cambiados a causa de la muerte de su hermana menor el 2001 y está sin sus hermanos, de vacaciones en EEUU. Alfonso Semitiel, quien narra desde el 2020 en la medida en que escribe en un portátil, es el dueño de la privada Campanario y vive en Umami; está atrapado en un retiro de sus funciones académicas y resiente la muerte de su esposa por cáncer, también el 2001.

Sin ir en desmedro de lo anterior, los otros narradores y personajes que aparecen se van interrelacionando en cruces fortuitos y afectivos. Desde el amor familiar, pasando por la amistad, la soledad, la compasión, hasta la envidia son posibilidades en que los personajes se van conectando, refiriéndose unos a otros (vivos y muertos) o apareciendo lateralmente durante los temporales énfasis subjetivos que se van abriendo. La novela completa podría leerse como un eco de las palabras de Semitiel en las anotaciones que hace sobre su esposa muerta, cuando define la escritura, «el esfuerzo por poner a una persona en palabras sabiendo de que nadie es para los otros más que un caleidoscopio: sus mil reflejos en el ojo de una mosca». De ese modo, las referencias, los problemas y las personalidades de quienes viven en Campanario se van nutriendo, sin llegar necesariamente a completarse, en una red de espejos de diversas formas.

Otro rasgo fundamental de esta narrativa es la construcción del mundo. Unos y otros articulan en determinados momentos su experiencia a través de lo sensorial. Alfredo es antropólogo investigador de alimentación prehispánica y divulgador del umami en su circuito académico, ha mantenido una distancia profesional con los sabores, particularmente con aquel que él define como «delicioso». Marina Dulce Mendoza, habitante de Amargo, tiene problemas alimentarios y está obsesionada por inventar colores que reflejen estados particulares del ánimo o el mundo: griste, entre lo gris y lo triste, blanfil, el blanco mediado por el consumo de Tafil —alprazolam—, verduffy, el color biligüe resultante de verde y fluffy, como están las toallas cuando no se usan, son algunos ejemplos. Luz, la hermana ahogada de Ana, busca en el 2001, junto a su familia, hongos para comer, cerca del lago donde su muerte nos parece inminente desde que la conocemos.

El 2004, en ese futuro enrarecido porque es lo primero que salta a nuestra vista, Ana quiere instalar una milpa en un pequeño patio interior lleno de plomo: «¿Echo la tierra nueva sobre la vieja? (…) Miro hastiada los costales de tierra que no contestan. Me gusta la palabra hastío. La entiendo como esto, como esta hora en que lo único despierto son las moscas. Todo está detenido, todo apesta a cemento con polvo». En el 2002, Alfonso comenta la contrariedad de cualquier proyecto: «Algo que arrancas, te entusiasma, te estancas, te choca, y luego, si eres orgulloso y valiente y humilde y soberbio y muy terco, terminas». Este contrapunteo es solo uno de varios que va produciendo la polifonía politemporal. ¿El proyecto de Ana será un comienzo o un final? ¿Es lo que inicia una transformación en el espacio enclaustrado de la privada? ¿Es un intento inútil de poner en movimiento? ¿Es fruto de cuál de todas las emociones que flotan entre esas paredes y divisiones?

El fuerte de Umami son esos detalles cruzados. Al mismo tiempo que se solaza en un tiempo que parece correr al revés, la narración está volcada a impedir que el lector interprete de buenas a primeras o haga juicios sobre los hechos. Los personajes interactúan entre sí o con las ausencias que los acompañan, con sus muertos, unos a otros se van imprimiendo ciertas emociones, sin caer en simplificaciones o caricaturas patéticas. Sobre los actos y la comprensión de todos hay huellas: un idioma a medias aprendido, unas muñecas renacidas, el misterio de una carta no recibida, las expresiones coloquiales de una muerta que se van colando, diálogos inventados en una laptop.Esta novela destaca por una emotividad en su construcción que, como gran mérito, no se siente como una trampa de lectura. ¿Puede haber conexión emotiva sin caer en una burda identificación? Umami pareciera una respuesta completamente afirmativa. No hay simpleza, no hay univocidad, el tiempo retrotraído genera que el avance en la lectura sea siempre un nuevo comienzo, una aclaración, un punto de anclaje al que antecede otro. Umami es, en definitiva un monumento de tamaño íntimo a las huellas afectivas de la interacción humana.

Un comentario sobre “

  1. Este fue un libro que compré por impulso, pues me había llamado la atención la portada (la de la edición de Penguin Random House). Sin aspavientos y sin pretensiones se volvió uno de mis libros favoritos, justo por cómo trata el tema de la pérdida y la reconstrucción de un lugar y de la gente, a través de esta. Gracias por la reseña. ¡Saludos!

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