Modesta Escritura

Celeste san josé

A sus cincuenta años, Modesta Gacitúa no se definía como una mujer infeliz, estaba casada desde los 20 con un hombre trabajador, tranquilo, que fumaba de vez en cuando después del almuerzo los fines de semana y no hablaba mucho, tenía dos hijas, la mayor ya estaba casada y tenía un hijo, y Modesta se sentía feliz por ella, pero era una felicidad que ella, interiormente, definía como tranquila, pues las rutinas de su primogénita no variaban mucho de las suyas, entonces, podía fácilmente imaginar lo que vivía ella sin necesidad de hablar mucho, de hecho, amparadas en los quehaceres y deberes, mantenían una puntual charla telefónica una vez por semana, de preferencia, los domingos por la tarde. Siempre las mismas amenas trivialidades, los mismos problemas que ella ya conocía y que la hacían sentirse en parte aliviada, de que aparentemente en la vida de su hija mayor nunca hubiese mayor novedad. Por otro lado, su hija menor estaba en la universidad y por ella, Modesta también se sentía muy feliz, pero esta era una felicidad distinta de la que sentía por su hija mayor, esta felicidad no tenía nada de tranquila, era una felicidad que le retorcía el estómago y le erizaba la piel. La vida que había escogido su hija pequeña era la que alguna vez ella había soñado para sí misma, pero que las circunstancias de la vida habían impedido, en parte por recursos, en parte por falta de valor y audacia, según ella misma decía, porque cuando tuvo la oportunidad la dejó escapar y cuando quiso intentarlo una vez más, se encontró con una minúscula vida latiendo dentro de ella y prefirió casarse y darle un pequeño pero estable hogar en lugar de cargar con más peso del que sentía que sus hombros podían soportar. Así, las charlas telefónicas con su benjamina se sucedían día por medio casi sin falta, a menos que hubiese algún examen que rendir o algún trabajo que entregar, entonces, las anheladas conversaciones se posponían dos o tres días en los que Modesta sentía que su vida se detenía un poco, pues no contaba con las inyecciones de vitalidad y cosas nuevas que le entregaba escuchar los relatos de su universitaria, como la llamaba con gusto en algunas ocasiones, muy a disgusto de su hija, aunque era solo una broma entre ambas, pues Modesta nunca se pavoneaba con nadie de su humilde vecindario, aunque a veces algunas vecinas trataban, de manera malintencionada, de atizarle la vanidad, recordándole que hija era de los pocos jóvenes que en el último tiempo habían abandonado el humilde barrio donde vivían para poder seguir estudios superiores. Modesta, intuyendo la jugada, les contestaba con su calma habitual que solo deseaba que le fuera bien y con un cordial saludo se despedía de una conversación que en realidad no deseaba iniciar.

Además de criar a sus hijas, Modesta se ocupaba con eficiencia silenciosa de su casa y de su esposo, y para ganar unos poquitos pesos extra, que ella sabía bien que no eran tan poquitos, cosía ropa; arreglos, composturas, bastas, lo que cayera, y tenía tan buena mano que nunca faltaba en la pieza de planchado  (en eso se transformó la pieza que compartían sus hijas una vez que ambas dejaron la casa) un cerrito de ropa de todo tipo a la que ella y su máquina de coser Singer (herencia de su abuela paterna) daban nuevos aires e impedían que terminara en la basura antes de tiempo. Su fama de buena costurera se había extendido tanto, que, de tener encargos de vecinas de la misma calle, tenía trabajos de personas de villas más allá de la suya, pues todos decían que su costura parecía invisible y que las hechuras no se notaban. Modesta sabía coser desde pequeña, su madre le había enseñado y siempre la había gustado, cuando lo hacía su pensamiento volaba, y solo cuando terminaba de dar la última puntada en algún pantalón escolar, se percataba del terrible dolor de espalda y de la picazón en los ojos, a pesar de los gruesos lentes que usaba a la hora de coser.

Pero Modesta usaba esa pieza de planchado para algo más que para hacer los arreglos de ropa que le encargaban o tenerle a su esposo las camisas listas e impecables cada día.

Cuando todo estaba relativamente en calma y sabía que nada apuraba por hacer y conociendo que su esposo tenía un horario prácticamente invariable de llegada a la casa, de manera que contaba con la soledad que su secreto requería, Modesta usaba la mesa de planchar para escribir. Desde los diez años había comenzado a escribir en un pequeño diario que una de sus tías le había regalado para una lejana navidad, no porque supiera que su sobrina gustaba de escribir, sino que porque pensaba que a los diez, las niñas necesitaban una libreta bonita donde escribir el nombre del niño que les gustaba y dibujar corazones a su alrededor. Modesta lo recibió extasiada y así inició un camino de no retorno en donde año a año llenaba cuadernos con sus sentimientos, experiencias y todo lo que pasara por su alma. Para hacerlo más emocionante, se preocupaba de que nadie la viera, así, pensaba que sus secretos eran valiosos y disfrazaba un poco la niñez un tanto falta de atención que tuvo.

Cuando se casó y nació su hija, ella misma se impuso dejar de lado la escritura, pues sentía que no tendría tiempo suficiente para poder con todo. Pero al cabo de cinco días sin tomar el lápiz, sintió que estaba a punto de volverse loca, así que se las ingenió para escribir en los momentos en que su hija dormía siestas y cuando lo hizo, sintió que su alma volvía a sus centro, y nunca más dejó de hacerlo. Pero siempre en secreto. Sentía, por un lado, que al hacer eso estaba fuera de lugar, ¿qué hacía una mujer con un hogar a cargo, dándose tiempo para escribir, cuando podría estar haciendo otra cosa?, pero por otra parte, sabía que si no la hacía algo de ella entraba en pánico, como si a un ave le arrancaran las alas. Y por otro lado ¿tenía algún sentido contarle a su esposo, que siempre estaba tan cansado y parecía tener la cabeza en otra parte y con el que a veces sentía que ya había agotado todo tema de conversación posible, o a sus hijas, que desde siempre habían estado muy preocupadas por sus propias cosas y difícilmente atendían problemas que no fueran los propios?, pues no, ese era su secreto y así se iba a quedar, porque nadie necesitaba saberlo y ella no necesitaba compartirlo.

El hecho de escribir sobre su vida había sido algo que la había acompañado durante mucho tiempo, pero llegó un momento en que siempre daba vueltas en lo mismo, pues su rutina se volvió de piedra cuando su hija menor dejó la casa, así que comenzó a experimentar escribiendo pequeñas historias que imaginaba y en las que a veces ella se disfrazaba de protagonista, y otras veces daba vida a personajes en los que ella sentía que no tenía cabida, pero que le gustaba ver interactuar. De esta manera, sus cuadernos se habían comenzado a poblar de héroes y heroínas que vinieron a alegrar sobremanera sus solitarios días sin que su alma se resintiera  ya más por ello.

Estaba enfrascada en su última historia, un excitante relato erótico–romántico que aún no sabía si tenía final feliz, pero que tenía como protagonistas a dos aproblemados amantes que hacían malabares para verse y saborearse cuando el espacio lo permitía. Modesta no solía escribir historias de amor, las esquivaba porque sabía que en ellas vertía todo lo que a ella le faltaba en su matrimonio. Pero un día le picó el bichito del romance y mientras lavaba los platos del desayuno comenzó a idear una historia en la que el protagonista se perfiló con una claridad sorprendente. 

Cuando se sentó a escribir una tarde, la pluma volaba y solo escuchaba el susurro cuando se deslizaba por el papel. Los protagonistas se conocían desde siempre, desde niños y habían sido buenos amigos, pero nunca se habían mirado bien, luego la vida los separa por largos años, hasta que un día, cuando se vuelven a ver, se dan cuenta de que su única posibilidad de seguir viviendo es estar juntos, aunque solo sea a medias. Usando de  pretexto su antigua amistad, comienzan a verse de forma esporádica para poder re–conocerse, pero el chispazo que se produce cuando se tocan es tan incontrolable que pronto pierden el control y se desata lo que ellos tanto temían, pero que tanto deseaban. No pueden parar, pero tampoco desean hacerlo.

Modesta se desenvuelve con cierta timidez al principio, pero luego cae en la cuenta de que nadie leerá lo que ella escribe, así que de apoco va perdiendo el miedo y todo se vuelve más gráfico y descriptivo, aromas, sensaciones, sabores, sonidos, el relato alcanza una intensidad de vértigo que, sin que ella lo quiera, termina alterando la temperatura de su siempre bien templada mente.

Llegado este punto, Modesta cerró su cuaderno con violencia, quedando la pluma presa entre las hojas. Empuñó con rabia sus manos sobre la mesa de planchar, hasta que las uñas se clavaron en sus palmas y cerró sus ojos con fuerza, tanto que en sus oídos resonaba la tensión de sus párpados apretados. Todo eso que escribía no era sino lo que sobraba en su imaginación pero que jamás había vivido, y que su esposo jamás se había esforzado por darle. Desde hacía un par de años, dormían en la misma habitación, pero en camas separadas, bajo el falso pretexto de que así era mejor, por si él llegaba tarde del trabajo para no molestarla a ella si ya estaba dormida. Así se lo habían hecho creer a sus hijas y así lo quería creer ella también. Modesta escribía sobre lo que deseaba para ella, pero sabía que su esposo nunca había sido ni seria así con ella. Porque sabía que en otro lugar, en otra habitación y en otro lecho, su esposo era diferente, pero se había acostumbrado a hacer oídos sordos a esa verdad y hasta se había convencido de que podía lidiar con ello, que era su deber hacerlo. Pero no por eso el dolor no existía, y por ello trataba de no ponerse a escribir historias de amor, porque en verdad las disfrutaba, pero a la vez, solo hacían más patente la miseria interna en la que se sentía.

Cuando el dolor se hizo insoportable, Modesta abrió sus manos y sus ojos con lentitud, y se felicitó porque una vez más no había llorado. Fue un hábito que se había prohibido porque sentía que hacerse la que no sabía era ya demasiada humillación como para aumentarla con lágrimas que no merecían ser derramadas.

Decidió, como hace mucho que no lo hacía, sacar su cuaderno y su pluma y sentarse un rato en el pequeño jardín del patio trasero de la casa. Se sentó frente a una mesita de terraza que había bajo el techo del pasillo y retomó la escritura, ya más calmada, diciéndose que nunca había dejado una historia inconclusa y aunque ahora le doliera, esa no sería la excepción.

Había terminado una página cuando escuchó un leve crujido y al mirar hacia el muro del patio vio cómo caía un largo sarmiento sobre uno de sus rosales. Cuando salió y se sentó no se percató de que su vecino estaba sobre una escalera, podando la parra que tenía en su respectivo jardín.

Don Edson Piedragrande era un hombre que transitaba el medio siglo igual que Modesta, pero al parecer con más alegría que ella, a pesar de haber enviudado hacía unos años atrás, pues sus ojos despedían una alegría profunda, que tal vez dejara de ser chispeante, como cuando su mujer vivía, pero que no perdió la intensidad que además tenía. 

Desde antes de casarse, Edson trabajaba como locutor en la Radio Centro, tenía dos programas, uno informativo por la mañana y otro de música romántica que se transmitía por la noche. Modesta lo escuchaba mientras terminaba algunas cosas de último momento, o cuando se iba al cuarto de planchado a hurtadillas a escribir. Le gustaba el trabajo de su vecino, porque sin querer, se convertía en amigo de tanta gente que lo escuchaba, aunque no conocieran su rostro.

El hombre se disculpó azorado por la rama que sin darse cuenta dejó caer en el patio de su vecina, y ella se apresuró a recogerla y devolvérsela y a la vez decirle que no se preocupara. Modesta sin darse cuenta le pasó la rama con la misma mano en la que sostenía su pluma, hecho que no pasó inadvertido para Edson, quien le dijo:

—Muy linda su pluma, vecina, no creo que con esa pieza escriba usted la lista del supermercado.

Modesta no pudo evitar enrojecer al instante, como si la hubiesen sorprendido en algo vergonzoso, tanto así que sintió que le faltaba el aire y solo atinó a decir que garabateaba tonterías, nada en especial, aunque no le negó que estuviera escribiendo.

Edson no dejó en ningún momento de mirarla a la vez que sonreía con sus muchos dientes blanquísimos y agregó:

—Para mi programa de la noche estoy pensando en un espacio para el público, me gustaría pedir colaboraciones de tipo romántico para mi programa, ya sean poesías o historias, para leerlas al aire, si usted escribe algo así, anímese, yo estaría encantado de leer algo suyo y por supuesto que puede quedar como autoría anónima, o si quiere, inventa un pseudónimo. ¿Le gustaría participar?

—Eeeh, esque, no sé, no escribo bien, solo es por hacer algo con las horas muertas, vecino, no creo que le sirva.

Respondió Modesta más muerta que viva y con la voz un poco quebrada por la sorpresiva propuesta de Edson, que, sin dejar de sonreírle, replicó.

—Anímese, vecina, cuando usted quiera me puede mostrar algo que usted haya escrito, lo leemos, si gusta le puedo hacer una sugerencia, y lo leo en mi programa, así, usted da a conocer su talento y me ayuda con mi sección. Piénselo.

Modesta le dijo que lo pensaría y luego, Edson se despidió de ella y bajó por la escalera.

Ella se volvió caminando lento hasta la mesita en la que estaba escribiendo, se sentó y miró la pluma que descansaba en su mano, un auto-regalo que se había hecho hacía más de tres décadas atrás. 

—Eres una delatora. —Le dijo mientras sonreía. 

En ese momento, sintió esa alegría extraña que sentía por su hija menor, esa que le estrujaba el estómago y le erizaba la piel, pero era primera vez que la experimentaba no por su hija, sino que por ella misma.


Celeste San José –pseudónimo– (Parral, 1988). Vive hace 12 años en Santiago, es egresada de pedagogía en lenguaje, actualmente está lidiando con su memoria de título. Escribe desde hace mucho tiempo diarios, prosa y alguna que otra poesía, también le gusta mucho leer libros y comer fideos con salsa bolognesa.

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