Lot, Bryan Washington

traducción de matthias molina osorio


Bryan Washington (Kentucky, 1993) escribió Lot publicado por Riverhead el año 2019. En esta recopilación de cuentos interconectados, el autor narra historias sobre la vida en Texas para un joven homosexual, con raíces latinas y afroamericanas. Cada una de las historias en este libro, si bien cuentan una historia por sí sola, en su conjunto forman una unidad que describe la relación de los jóvenes con las drogas, el sexo, el resentimiento y la pobreza desde una perspectiva de fronteras basada en el paisaje de Houston, y como dichas fronteras son tanto imaginarias e individuales, como concretas y separatistas.

Lot

1.

Javi dijo que lo único peor que tener un padre drogadicto era tener un hijo maricón. Esto sucedió cerca del principio del fin, una noche después de las maratones de borrachera que tuvo mi hermano; una o dos semanas antes de que tomara el bus hacia Georgia para el entrenamiento militar básico. Sus amigos lo llevaron a casa después de escabullirse como vagabundos por los bares de Commers. Desde que mamá empezó a cerrar la puerta con llave de noche, yo me encargaba de dejarlo entrar. 

Primero, ella lo golpeó. Preguntándole si estaba tratando de matarla. Si lo que buscaba era romper su corazón. 

Con el tiempo comenzó a llorar. Suplicando. 

Luego comenzaron los arañazos. Atacando los ojos como si sus brazos fuesen dos globos tratando de no romperse.  

Pero cerca del final Mamá sólo lo miraba. Sin decir ninguna palabra. 

Javi se sentó en mi cama cuando me contó todo. Olía bien, fresco cómo un bebé. 

Le pregunté a que se refería con los globos, y me miró, la primera vez que sentí que realmente me estaba viendo. 

Dijo que no importaba, que no era nada. 

Dijo que volviera a dormir. 

2.

Mamá planeaba dejar el restaurant para nosotros tres, pero luego Jan empezó a hacer sus cosas, y no le importaba una mierda meterse en el negocio, y Javi pensaba lo mismo, así que todo recayó en mi. Así que me quedé. Corté, mariné y desenvolví la carne. La empaqué en aluminio. Cargué el horno, prendí el fuego. Los cerdos que degollamos tienen los ojos azules. Empiezan a pestañear cuando los matas, como si estuvieran recordando o algo así, pero luego de diecinueve años de experiencia un cadáver se siente igual que el siguiente. 

Pero hace mucho tiempo, Mamá hacia a Jan responsable de esas cosas, de preparar la carne con paprika y pimienta, de pintar el pescado con todo nuestro vodoo, pero después mi hermana conoció a su chico blanco, Tom –un constructor de Heights, bien lejos del East End– y él la relleno tanto de si mismo que terminó dejándola en cama con un bebé. Lo que redujo nuestro personal a dos personas. Sólo Javi y yo. 

A ninguno de los dos nos importaba cocinar, pero si que nos preocupábamos de comer. Mamá nos tenía metiendo carne dentro de pan, cubiertos en servilletas. Javi me enseñó cómo picar camarones sin cortarme. Se guardaba billetes en los bolsillos, salvándose como si su vida dependiera de ello, y como él tenía diecinueve, yo lo imité hasta que Mamá me pilló con los billetes de cincuenta dentro del calcetín. 

Javi se culpó. Mamá lo miró con desprecio por diez minutos antes de decirle que se fuera, que empacara sus mierdas, que se fuera, y que no volviera nunca. Y lo hizo. 

Se fue. 

Se unió al ejercito. Envió cartas de lugares mejores. 

Ahora soy  sólo yo en la parte de atrás del restaurant. Empacando aluminio en bolsas de papel. Ajustando el horno en el tiempo justo antes que esté crujiente. Mamá mete la cabeza cuando tiene tiempo –lo único de lo que tenemos mucho– sólo para preguntarme si está todo bien. Si tengo todo bajo control. 

Y la respuesta es siempre no. 

Pero por supuesto, no puedes decir eso. 

3. 

Llego a la cocina cerca de las ocho de la mañana. Mamá está contando billetes, doblando fardos dentro de elásticos. 

¿Dormiste bien? Pregunta, y yo digo que sí, igual que siempre, mamá. 

Asiente como si supiera de lo que estoy hablando. Mamá aprendió su suspicacia de mi padre, de mentiras que él uso para convencerla de irse de Aldine, pero luego se fue a comprar un paquete de cigarros y ella dejó de fisgonear por completo. 

Nunca hablamos de donde voy la mayoría de las noches ni tampoco de cómo vuelvo, así que voy directo al refrigerador para preparar las cosas. 

El vacuno es relativamente rápido. El pescado también. El pollo es el que más se demora. Lo marinamos por una semana –empapamos la piel en sal. Mamá añade sus propias especias, pimienta, trigo, y nueces molidas, cubriendo cada centímetro. Mierda que aprendió de su mamá, y de la mamá de su mamá antes que ella, del tiempo que recogían frutos rojos en Hanover. Después dejamos todo puesto en cubetas y lo dejamos reposar por más o menos un día. 

Es algo que nuestro padre haría. Montó a mamá con el restaurant como un chulo, como un joseador. 

¡Piensa en Oaxaca!

Pan y hamburguesas, menudo los sábados. 

Los negros comen pollo así que tenemos eso también. 

Y, algunas veces, me gusta pensar que trató de pelear en ese entonces, pensar en algún otro plan. 

Pero una semana después ya estaba dirigiendo el negocio. Encontraron un lugar cerca de la carretera, lo limpiaron hasta dejarlo fino. Nuestro padre servía quesadillas, y alitas de pollo, y porotos negros, contratando a cualquiera de los vagos del vecindario, sus amigos, gritando, quejándose y observando a Mamá desde sus puestos. A veces ella los miraba de vuelta preguntando qué para quién putas estaban trabajando. La mayoría del tiempo no les decía nada. 

Mis padres fumaban cigarrillos en el pórtico durante las puestas de sol. Saludando a todo el mundo como si tuviesen algo por lo qué sonreír. 

Pero Mamá no podía soportar sus cubetas. La pestilencia que producían. Decía que parecía que viviéramos en un matadero, que su casa olía a muerte. 

Sus hijos eran otra historia: Javi y yo metíamos nuestros pulgares de los pies dentro de las cubetas, hasta que Jan nos veía, diciendo que paráramos, que dejáramos de hacerlo. Seguíamos haciéndolo y ella nos pillaba.

Una vez nos retó demasiado tarde. Javi la agarró, y metió su cabeza, y la contuvo hasta que sus brazos se cansaron. 

Silencio, dijo, y luego otra vez, más lento. 

4. 

Javi mandó cartas desde el este. Una foto de dunas. Algunas aves. Y un fuerte antiguo. Palabras blancas en fondos grises, en ángulos fijos a través de la carta. Decía como estaba (bien), se quejaba del clima (peor que en Houston), y pedía más fotos del hijo de Jan. 

Una vez, escribió una carta sólo para Mamá. Ella no dejó que nadie la tocara. 

Una vez, escribió una sólo para mí. 

Preguntó cómo estaba Mamá de verdad, y por el bebé. Y acerca de mis planes. Dijo algo sobre enviar dinero. De lo que haría cuando saliera del servicio. Dijo que le escribiera, que le gustaría. 

Así que lo hice. Le escribí una carta contando todo. Le conté sobre Mamá, la tienda, y la escuela. Escribí sobre Jan y el bebé. Le conté sobre las chicas del Latina en Chavez con las que me juntaba y culiaba, y cómo no estaba funcionando, y cómo no era lo que pensaba que sería, y que había algo diferente, quizás, pero de lo que no podía hablar hasta que lo viera, hasta que volviera a casa. 

En realidad escribí eso. 

Lo metí dentro del correo antes que pudiera pensarlo dos veces, antes que de verdad me cagara la cabeza. 

Pero después llegó una carta para Mamá, y luego otra para Jan. Pero ninguna con mi nombre. Nunca traté de nuevo. 

5.

Pasaba la mayoría de los días tratando de evitar que el lugar se quemara. 

Cuatro hornos, dos cocinas, tres lavabos. Siempre funcionando. Dejaría helado a cualquiera que se preocupara por mirar, pero nadie hace eso con Mamá en la caja, siempre sonriendo, armando servilletas, y preguntando cómo estuvo la comida. 

La hora punta es durante la tarde, cuando el vecindario se despierta. Las mismas caras todos los días. Negro, café, bronceado y arrugado. Los viejos que viven en Airline desde siempre. Las abuelitas que han vivido acá desde hace doscientos años y los obreros de construcción que buscan cenas baratas. Las chicas de Eastwood que mi hermana dejo atrás. Los hermanos con los que mi hermano solía escaparse al centro.

A veces nos sale un hipster. Nos encuentran en internet, en revisiones de diarios. Los diferenciamos por la ropa, las mochilas. Sus sombras. Cómo preguntan que hay en el menú, que qué recomienda el chef. Mamá los trata igual que a cualquier otro hijo de Dios.

 Es nuestra entretención de la semana. Prueban varios platos. Y prometen que le dirán a sus amigos, que volverán la semana siguiente, pero se sientan durante sus comidas mirando por detrás del hombro, protegiendo sus bolsos, así que sabemos que nunca lo harán. 

Mamá dice que son los locales quienes nos condenaron. Que no podemos seguir dando fiado. 

No sé si haría eso en realidad. Si cambias mucho algo, es difícil mantenerlo vivo.

6. 

Sabes que el día ha casi terminado cuando Jan pasa a vernos con su hijo. Pongo las hornallas en fuego muy bajo y saco la cabeza para darle un beso, y ella me reta, dice que lave mis mugrosas manos. Mamá habla con la única mesa ocupada, una manada de maricas mal vestidos que terminó el turno. 

Desde que Jan tuvo el bebé se viste como monja. Mangas negras. Vestidos. La empresa telefónica la deja hacer lo que quiera –porque sabe pronunciar– pero si se hubiese vestido así desde el comienzo no estaría mendigando nada ahora.

Ella habla con Mamá mientras juego con el niño. Se parece a una bolsa de papas. Gordo de cara. No se parece en nada a mi, lo que es bueno, pero por suerte tampoco se parece en nada a su padre. 

Jan se posa en el mostrador. Dice que las cosas parecen estar lentas. Le digo que hemos tenido días peores. 

Peor que esto, dice, y no habría nada. 

Así es como empezó a hablar. Entre mudarse al centro, vivir sola, volverse loca, culiarse a todo el mundo y terminar con el blanquito, Jan se convirtió en la oveja negra después de casarse, igual de condenada que cuando Javi se metió al servicio. En el momento que el anillo tocó su dedo, nos rechazó con su alma. Siempre decía que vendría la semana siguiente, siempre ocupada con los suegros; hasta que por fin trajo a Tom al restaurant para almorzar, y él se rio con las bromas de Mamá, e incluso me preguntó sobre mi vida. 

Pero después de comer, y que su hombre se fuera a casa, Jan nos dijo que éramos basura. Que siempre la avergonzábamos. Que éramos la razón por la que nunca venía. Y Mamá ni si quiera pestañó – sólo dijo, Vete. 

Pero un bebé mejora las cosas. 

Le pregunto si Tom encontró un trabajo nuevo, y me dice que sí, que encontró un trabajo de construcción en River Oaks. Para un complejo de apartamentos para billonarios cerca del Starbucks. 

Entonces debes tener algo de dinero extra para ayudar, digo. Por Mamá. 

Los dos miramos al niño. 

Mamá está bien, dice. 

Mamá está en la quiebra. 

¿Tienes un negocio en un lugar como este, y estás llorando por no tener plata?

Fuiste tú quien dijo que estaba lento. 

Confía en mi, dice Jan. O ella, por último. Ella tiene un plan. 

Un plan. 

El valor de la propiedad está subiendo, dice. Vi por lo menos dos edificios nuevos camino acá. Y algunas familias nuevas por el barrio. 

Por nuevas se refiere a blancas. Ni si quiera tenemos que decirlo. 

Le digo a Jan que si cree que venderemos nuestro negocio, está loca. 

¿Tu negocio? Dice ¿O el de ella?

Nuestro, digo, y mi hermana hace un sonido extraño con la boca, mirando la ventana. 

De todas maneras, dice ¿cómo va eso de ser marica? 

Va, digo.

¿Algún pretendiente?

Para. 

Tengo que preguntar. 

Nadie tiene que decir nada. 

Jan sólo mueve la cabeza. Ella es la única que habla sobre eso. No sé si Mamá le dijo, o si Jan sólo sumó uno más uno, pero un día me dijo que no importaba a quien me culiara. Así de la nada. Dijo que no era cosa de ella, ni de Mamá, ni de nadie. Dijo que Javi nunca pidió permiso. Que era cosa mía y de nadie más. 

Pero ella siempre, siempre pregunta. Y le respondo lo mismo cada vez que lo hace.

Cuidamos a su hijo. Sigue corriendo en círculos, moviendo las manos sobre el mostrador. Cuando hace lo mismo con los chicos de la esquina, ellos chillan. 

Están todos arreglados. El cabello con colores de supernova. De los cuatro, obviamente a tres se los culiaron; el otro es un poquito gordo, pincelado con un toque de crema para afeitar. Parecería un impostor si no fuese obviamente el líder; cuando el hijo de Jan se para en frente a él, lo levanta de las axilas. 

Los otros le aprietan las mejillas. Le pasan los dedos por el pelo. Todos están usando sandalias, tacones resbalándose como cocodrilos. 

El niño se está ahogando en ellos. Y los maricones también se ahogan en él –susurrándole que no crezca, nunca, nunca, nunca. 

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