«Yo no viajo con entrenadores» en Punto de quiebre

gabriela flores

Yo no viajo con entrenadores

El frío en invierno es terrible para todos, más aún para las canchas de tenis. La arcilla llena de escarcha, resbaladiza como si fuese pista de hielo, pone en riesgo a los jugadores. Lo peor es cuando se derrite, dejando pozones de agua, sin posibilidad de usarla por un par de horas. Camino al club la brisa helada traspasa mis huesos. En la mañana me avisaron que tenía una evaluación. La chica se llama Laura. Llegó junto a sus padres. Ambos quedaron sorprendidos al ver que una entrenadora la recibiría. Al saludar noté que sus ojos no me miraban de forma directa: se desviaban hacia las pelotas, ubicadas al centro de la cancha.

Les pido a los padres que se queden afuera. Invito a Laura a dejar su mochila y una botella con jugo donde tengo mi bolso para comenzar la evaluación. Tomo el canasto de pelotas. Al otro lado de la red, ella se prepara, mientras acomodo mi raqueta para comenzar a lanzar algunas bolas. Puedo notar que la chica sabe jugar tenis. A pesar de mis gritos, morisquetas y alguna que otra broma, Laura nunca sonríe. No parece estar disfrutando paletear. Pienso que muchos papás obligan a sus hijos a hacer deporte, asumiendo que serán los próximos números uno del mundo. Al quedarme sin bolas, le pido que forme una gran torre para poder dejarlas en el canasto. Me acerco a sus papás. Les pregunto de qué club vienen, cuánto lleva jugando, cuáles son sus expectativas, objetivos y todo eso. «Nosotros somos del sur, estamos instalándonos en la zona y Laura ha estado jugando en un club de tenis por varios años, pero no quiere jugar más». Les pregunto la razón y ellos mencionan que es por bullying, que eso la tiene deprimida hace mucho tiempo. Aprovecharon una oferta laboral y decidieron cambiar de ambiente.

—Nos gustaría que retomara sus clases de tenis de manera particular y después ver si puede estar en algún grupo —escucho el discurso de los papás, sin dejar de mirar a la niña. Les pregunto si es posible conversar con Laura, mientras ellos averiguan con el administrador el costo de las clases. Ella acepta que la acompañe. Mientras paleteamos, le pregunto por sus gustos: colores, comidas, películas, música. Entro en confianza, hasta llegar a la pregunta sobre sus compañeros, su club y su antiguo entrenador.

—Cuéntame qué tal el club en el sur, cuántos niños había, cómo era tu entrenador.

Laura me mira algo molesta, negando con la cabeza. «Tus papás me contaron que era un club con muchos árboles y pasto, había hartos grupos de entrenamiento y entrenadores». Laura afirma con la cabeza. «Está bien, tendremos tiempo para conversar, ya me irás contando de a poco». Acordamos que haría las clases particulares. Se había sentido a gusto conmigo, pero los más obsesivos con la idea de verla jugar de nuevo eran sus papás.

*

El trato que sostengo con los niños es muy cercano. Una de los temas que se discutió en uno de los cursos de tenis que tomé fue la relación de la entrenadora con los menores. En el curso se sugirió mantener cierta distancia, respetar los espacios y darles a entender que, a fin de cuentas, somos una autoridad que está para enseñarles correctamente cómo jugar tenis. Maestros que pasan el tiempo en las canchas viendo partidos, analizando situaciones de juego, alentando a sus aprendices. No somos sus papás. Hay que ser profesionales. «Los niños siempre tienen que estar acompañados de otro adulto. Nunca se queden solos con ellos», etc.

Lecciones que pretenden hacerte entender que es muy fácil causar un mal entendido. En el caso de los hombres, la situación es más difícil. Es extraño ver a un entrenador abrazando o estando mucho tiempo con una o más niñas. Puede malinterpretarse. En el caso de las mujeres, se acepta y tolera mucho más la cercanía con los niños y niñas. A mí me cuesta mantener ese distanciamiento. Me gusta jugar con los niños, compartir, darles un abrazo de vez en cuando. Soy más cariñosa, pero tengo claro los límites. Nunca me he quedado sola con un menor. Mi demostración de cariño se ve en cancha públicamente. Todos los entrenadores deberían tenerlo claro.

Hace algunos años tuve un taller en un club de tenis en Santiago. En el grupo había un chico de unos ocho años, que tenía un nivel mayor de juego que los otros. Calev, como lo apodaban sus amigos, siempre me pedía jugar un rato más después de la clase. Cuando me despedía de todos los compañeros, le pedía que se quedara conmigo para explicarle algunas reglas, formas de juego, estrategias. La relación entrenadora-jugador pasó a ser una especie de amistad pedagógica. Estuvimos trabajando dos años juntos. En ese tiempo, conocí a su familia: su madre y su hermano mayor, que le tenía terror a las pelotas de fútbol, que se molestaba mucho si no le daban un abrazo al final del entrenamiento y se ponía muy triste al enterarse de que no iba a poder asistir a las competencias. Calev me hizo creer que se puede construir una relación amistosa con tu jugador. No solo se trata de que le pegue bien a la pelota. Es difícil que tu jugador no se acerque a ti. Que no te cuente lo que le pasó en su casa, que no te dé un abrazo, que no se despida sin decirte: «¿Te veo el próximo jueves?».

A Laura comencé a tomarla dos veces por semana en clases de una hora. Mezclamos calentamiento general, canastos de técnicas, situaciones de juego y algunos puntos para terminar soltando la mano y dejar que ella tome sus propias decisiones a partir de lo que vemos en las clases. Laura progresa rápido, teniendo una buena base técnica, solo nos queda mejorar el servicio y empezar a entender el juego. Las clases pasan a ser cuatro veces por semana. El entusiasmo de sus papás es mayor al verla mejorar su rendimiento. Después de pasar todas las semanas juntas, vernos casi todos los días, nos empezamos a conocer. A ella no le gustan las películas de superhéroes ni las pastillitas dementa ni el fútbol. Ya se ha acostumbrado a verme con un cintillo, comiendo chocolate al borde de la cancha y a mi fanatismo por contar las pelotas del canasto. Después de algunos meses, tengo que ausentarme a una clase porque debo acompañar a unos chicos a un torneo nacional. Mi reemplazante es un profe joven, amigo de años, compañero de muchos viajes y entrenamientos. Por la tarde, viendo a uno de los chicos mientras juega su paso por la semifinal del torneo, recibo una llamada. La mamá de Laura me dice que la chica no quiere entrenar con el profe. Que ella quiere estar conmigo. Le pregunto si el profe ha llegado tarde, si le ha dicho alguna broma que le disgustó. Nada. Laura se quedó sentada junto a su mochila, con las raquetas guardadas y la vista hacia abajo.

Laura llega más temprano de lo normal a la clase. Anda con falda y una polera que combina con el color de sus ojos. Nos saludamos y comenzamos el calentamiento. Tomo el canasto y le pido que me haga unas repeticiones de golpes cruzados, lo más abiertos posible. Las cosas no están resultando, se ve muy enojada. «No me está saliendo, deberíamos cambiar de ejercicio», comenta mientras recoge las pelotas y las pone en su raqueta formando una especie de torre. «Tienes que ser paciente, hay que practicar muchas veces un mismo ejercicio para que salga». Noto que la mirada de Laura no se desvía, busca mis ojos en todo momento. «Sí, los profes son pacientes y nunca dejan solos a sus jugadores, menos en los entrenamientos», afirma dejando la raqueta a un lado y cruzando los brazos. «Eso pasa cuando los entrenadores no tienen interés en sus jugadores, cuando buscan en ellos otra cosa». «Yo te dejé con otro profesor para que pudieras entrenar con él, si no me importara solo la cancelo». Laura seguía con la misma postura. Sin decir nada, sus ojos estaban fijos en los míos. «Los entrenadores también tenemos que acompañar a los jugadores a sus competencias y eso es lo que tuve que hacer con los chicos más grandes. Es mi deber evaluar sus progresos, así puedo comprobar si están aplicando lo que vemos en clases, cómo abordar sus frustraciones, sus distracciones. Imagina que los tenistas profesionales se aburrieran de hacer viajes junto a sus entrenadores. Tendrían que hacer todo ellos solos, desde los entrenamientos hasta la planificación de los torneos. Se convierten en los mejores porque también saben ser pacientes y tolerantes», argumenté. «Yo nunca viajaré con un entrenador, no quiero viajar con entrenador», me dijo. «Pero Laura, el entrenador es importante en la vida del tenista, puede llegar a marcarte en tu forma de jugar y como persona fuera de la cancha. Los entrenadores son más que profesores, pasan a ser nuestros amigos y a veces, nuestros papás». Laura había formado una perfecta torre con las pelotas e iba directo al canasto cuando decide lanzar todas las pelotas con mucha fuerza. Las pelotas rodaron por toda la cancha y la raqueta voló hasta llegar a la red. Laura salió llorando. No entendí nada. Supuse que había ido al baño. Su mamá corrió a buscarla. Le conté lo que ha pasado y le pedí que me deje hablar con ella. Laura está encerrada en el camarín y llora desconsoladamente. La situación es extraña, pero me conmueve verla en ese estado, sin comprender qué es lo que he hecho mal. Laura me mira con los ojos rojos. «Si hice algo mal, te pido perdón. Si te sientes mal porque estás enferma o algo, tienes que decirlo y podemos parar la clase antes. No es necesario tomar esa actitud». Laura no para de llorar. «No me entiendes, nadie me entiende, ¡yo nunca más estaré cerca de un entrenador!». Laura abre la puerta del camarín y me abraza: «¡Ayúdame, por favor!».

—Un día por la tarde, mi entrenador me pidió que me quedara después del entrenamiento, porque según él tenía que mostrarme unos videos de una tenista para poner en práctica las posibles estrategias que debería aprender. Todos los chicos se habían ido. Mi entrenador había ordenado el material. Tenía que llevarlo hasta la bodega. Me pidió ayuda. Juntos fuimos hasta la bodega, un lugar con muchas cajas, una sola ventana, oscuro, alejado de las canchas y los focos de luz. Mi entrenador guardó las cosas y se sentó en una de las cajas para mostrarme el video. «Mira, Laura, esta tenista tiene uno de los mejores reveses del mundo, tienes que ver cómo golpea la pelota». Le puso play a un video de YouTube y me llamó diciendo: «Laura, mira, siéntate aquí». Cuando me iba a sentar, me tomó por la cintura, me levantó un poco y me puso arriba de sus piernas. Mientras veía el video, me dijo que además de tener un buen revés, la chica tenía una condición física extraordinaria. «Te pareces mucho a ella, Laura, tú también tienes buenas piernas». Me sentí poderosa al saber que tenía las mismas condiciones que una de las mejores tenistas del mundo. «Mira las piernas de la chica, son fuertes, iguales a las tuyas». Una de sus manos dejó de sostener el celular y empezó tímidamente a recorrer mi pierna derecha hasta llegar cerca de la calza que traía junto a mi falda. Estaba tan concentrada viendo el video que no me importó el gesto, “es una demostración de cariño”, pensé. Sostuve su celular, mientras continuó con ambas manos recorriendo mis largas piernas, hasta que una de sus manos subió lentamente por mi cintura y rozó uno de mis pechos. Fue ahí cuando me asusté. «Tranquila, no pasa nada, esto es normal, todas las tenistas profesionales lo hacen con sus entrenadores, porque ellos tienen que conocerlas muy bien físicamente para poder planificar su trabajo», me susurró al oído. «¿Te gustaría ser como la tenista del video?». Afirmé con la cabeza. «Entonces vamos a entrenar. Para mejorar tengo que conocer tu cuerpo. Quítate la polera». Me parecía raro el entrenamiento, pero le hice caso. Sentada en sus piernas, comenzó a manosearme, me tocó mis pechugas, hizo que me bajara la falda, mientras él se bajaba ese buzo Adidas negro que siempre traía consigo. Al salir de la bodega, me pidió que guardara el secreto, porque él solo quería ayudarme para ser la mejor, no podía contarle a nadie, ni a mis papás. Le hice caso. Pasé muchas veces en esa bodega con él. Al principio era muy cuidadoso y atento, pero después dejó de serlo. Tuve mis dudas y revisé en Internet sobre estas prácticas, quizás las tenistas profesionales las usaban, pero me apareció una noticia sobre una tenista que había denunciado a su entrenador por abuso. La tenista describía lo que su entrenador le hacía después del entrenamiento: era lo mismo que mi entrenador me estaba haciendo. Decía que al comienzo le costó hablar. Por miedo. Cuando terminé de leer, lloré mucho. Entendí lo que me pasaba y decidí mentirles a mis papás para salir del club, alejarme del tenis y de mi entrenador. Me daba asco verlo, no quería entrenar más. No quería volver a pisar una cancha de tenis, porque por culpa de este deporte, ese hueón me cagó la vida.

Al terminar, Laura estalló en llanto. No sabía qué decir. La abracé y lloré con ella. Sentí pena y rabia. Rabia por todas esas niñas que caen en las manipulaciones de sus entrenadores, creyendo en sus mentiras. Rabia porque ya me habían contado de otros casos en clubes más pequeños y alejados de la ciudad, en academias de alto rendimiento, donde muchas chicas entrenaban y su contacto con los entrenadores era permanente. Rabia porque Laura iba a tener que pasar por la misma situación muchas veces: contar esta historia una y otra vez delante de personas desconocidas que evaluarían la veracidad de los hechos para determinar si el entrenador era un abusador. Le pregunté a Laura si les había contado a sus padres. Ella negó con la cabeza. Tomé su mano y juntas salimos del camarín. Llegamos a la cancha donde sus padres estaban esperando sentados en la galería. Nos acercamos. Laura los abrazó. Me quedé a su lado, mirando y pensando cómo iba a empezar.

Gabriela Flores Pérez (Talagante, 1994). Estudió Literatura en la Universidad de Chile. Actualmente es candidata del Magíster en Estudios Latinoamericanos en la misma casa de estudios. Las líneas de investigación que sigue son la escritura de mujeres, historia del deporte femenino y la narrativa tanto chilena como caribeña. Es entrenadora de tenis, jugadora de tenis playa y colaboradora de Revista Tenis.

Provincianos Editores es una editorial chilena de provincia. Ubicados en San Francisco de Limache, región de Valparaíso. Publican libros con vocación literaria, con especial interés por la narrativa, crónica y poesía.

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