«Entre individuo e infinito» por su Mala Lengua

Josué navarrete navarro

Solo los grandes poetas llegan a ser una novela de su nación, de quienes representa y entiende. De Rokha lo dice de alguna forma en esa cátedra de estética que dio en Valparaíso, en los lejanos 60, que a veces me sirve para matar el silencio de mis insomnios. Si se oye la grabación con audífonos, la voz del poeta se escucha del lado derecho; detalle que no deja de darme un poco de risa. Ahí saluda a sus amigos y enemigos (la gente ríe), confiesa su amor por el puerto, por haularle a gente joven, más no a toda la juventud. Su tono de maña amorosa es tan seca como protectora. «Todas las cosas en la naturaleza existen en función de una contradicción que origina su dinamismo». Así parte el discurso, anotando elegante e indirectamente el epitafio que Álvaro Bisama coloca en Mala Lengua (Alfaguara, 2020), un novelesco y emotivo retrato del Job de Licantén. Aquí un paréntesis, dice el poeta de fuego apenas abrir un libro de su impronta, siempre inabarcable como íntima. No trato de hacer literatura.

A través de una óptica tripartita entre el poeta, su entorno y lo político, la crónica de Pablo De Rokha intenta darle forma a la historia de lo que significan Los Gemidos o la Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile para la poesía chilena: una otra alternativa a lo Nerudiano, o a las anti poesías de Parra. En esa fragmentación de la escritura como canon, De Rokha es un cúmulo de trozos que vemos en las sombras; lo escondido de todo eso que se instauró como un halo apocalíptico de palabras destructoras del mundo para una fortaleza de la inconsciencia, canalizando así, a través de su extensa obra, los rápidos y violentos procesos sociales del Chile del siglo XX en un vida tan afectada como favorecida por lo literario, por el oficio de las letras en un país hecho de mentiras y que tiende a desplazar a sus artistas hacia lo político, o la degradación; al infierno del lenguaje jugando a ser todas las esperanzas.

Si algo recalca Mala Lengua, es que la historia de Pablo De Rokha también es uno de los muchos relatos de la construcción de la literatura chilena contemporánea, a pesar de la fría indolencia con la que se trató al poeta en vida, actitud que se repite en la figura de Mistral: en sus respiraciones están los pasos de su amada Wínett con la que llegan a ser indistinguibles el uno del otro; de la relación amor–odio con Huidobro y su espíritu parisino contra la rabia de la provincia; de su odio sacrílego contra Neruda, quien representa para él todo lo que no debería ser un poeta; y de su amigos y familia, siempre intensos y trágicos, tan respetados y amados como temidos y comentados.

Por otra parte, la lectura emana tanto una revisión como un homenaje del poeta. Bisama aprovecha la oportunidad de mostrar diferentes perspectivas del mito rokhiano, y revisa fotografías, registros periodísticos, diarios íntimos y numerosos versos y poetas que se encarnan en el relato para hacer de la vida de De Rokha algo literario en sí mismo. Este reencuentro se alinea bastante con las nuevas lecturas que se van haciendo de los autores del pasado siglo, como pueden ser los nombres de Enrique Lihn, Maria Luisa Bombal, Marta Brunet o Juan Luis Martinez, todos mencionados en Mala Lengua. Entonces, el gesto de tratar de entender a De Rokha, tanto en sus propios términos como en los de sus conocidos, es un gran recordatorio de que Chile es una nación violenta y cambiante con su literatura. De que es un país muy estrecho con la palabra de lo propio y lo ajeno.

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