Una leyenda está por nacer
Este es el mar de Mariana Enríquez

Diego leiva quilabrán

Oh, they say that it’s over
And it just had to be.
Oh, they say that it’s over.
We’re lost children of the sea.

«Children Of The Sea», Black Sabbath

Que Mariana Enríquez es una de las voces más frescas de la narrativa argentina contemporánea no es, a estas alturas, ni un secreto ni un punto en discusión. Explorando el terror de las formas más cercanas que se pueda, realizando ficciones que refieren a cuadros depresivos, angustiosos, de anorexia, apariciones o escenarios numinosos y siniestros enmarcados en escenarios cotidianos de la cultura de masas, ha levantado una obra sólida.  Sin embargo, Este es el mar (Random House, 2017), en medio de ese corpus, es un desplazamiento más que interesante.

Esta novela corta es un piquero para el lector a un mundo enrarecido, a un juego entre dos dimensiones, entre el mundo de las luces y escenarios de los artistas de rock y el de los femeninos seres espirituales que los transforman en Leyenda. Las historias de gloria y las muertes de Kurt Cobain, Jim Morrison, John Lennon, entre otros, se relacionan con la que tendrá James Evans, vocalista de la banda Fallen, oriunda de Los Ángeles, la última de las Leyendas. La explicación que no explica nada sigue nutriendo ese misterio: resolviendo la conexión que une a todos, el telón de fondo del destino del músico, se intensifica ese dramatismo, son aún más legendarios:

«¿Qué hacía John Lennon caminando solo sin un guardaespaldas? ¿Por qué nadie había visto a Jim Morrison después de su muerte, por qué alguien tan famoso estaba en soledad? ¿Por qué nadie había buscado a Kurt Cobain en su propia casa y quiénes eran esos amigos que habían entrado y salido los días anteriores, furtivos y misteriosos? ¿Cómo nadie se dio cuenta de que Brian Jones se ahogaba en la piscina? ¿Por qué nadie supo quién había matado a Nancy y, luego, quién le dio la heroína a Sid? ¿Por qué nadie había acompañado a Elvis la última noche si sabías lo frágil que estaba? Todas las muertes parecían fragmentos de un sueño olvidado, sin una explicación verdadera. Porque la explicación era la presencia de las Iluminadas: ellas provocaban ese estado latente, intermedio, suspendido».

Es en primera instancia el Enjambre, seres infiltrados en entre la fanaticada, quienes dan vida a los fenómenos musicales del momento; tras sacrificar una fan, haciéndola suicidarse, Helena, una exmiembro del Enjambre, tiene la oportunidad de consagrarse como Iluminada convirtiendo a James en su propia Leyenda. Desde un concierto en Santiago de Chile hasta la última gira de Fallen, una maratónica seguidilla de 350 concierto, Helena pasará de fan a asistente de la banda, de parte de ese Enjambre a candidata a Iluminada, y acompañará transformada en humana o bruma a su futura Leyenda, hasta que el desenlace, inevitable y apoteósico, llegue.

Kalos Thanatos («bella muerte») y Eucles Thanatos («muerte gloriosa») están finamente revisitados en este relato. Las Leyendas son nuestros héroes posmodernos, los muertos en su mejor momento, el dolor de una pérdida que es material y simbólica. Hécate figura como la madre de todas las Iluminadas, a ella se le asocia lo fantasmal, la hechicería, y ella es quien parece guardar lo indecible de la existencia de los espíritus que guía, sus orígenes e historias, quiénes fueron, el ritmo de su iniciación y la selección de sus Leyendas.

Evans, como un héroe griego, como un carácter aristotélico de la tragedia, puede reducirse a su mera función. Puede funcionar como un estereotipo romántico también, el de la belleza demacrada. No obstante, Mariana Enríquez logra una frescura en su presentación a través de la mirada cautivada de Helena por ese vivo cadavérico: «la sencilla remera blanca que llevaba dejaba adivinar su cuerpo sin grasa, tan esbelto que lo hacía parecer alto, tan flexible que lo hacía parecer liviano y silencioso, tan tenso que lo hacía parecer fuerte. […] Nada hubiera ocultado un cuerpo así. Era inmoral hacerlo, era falsa modestia y crueldad, como cortarle los pies a una bailarina o dejar ciego a un tigre. James Evans era una criatura divina», dice la narradora en un momento de compromiso en la voz de Helena.

Entre estereotipos, reinvención, actualización y desplazamientos, Este es el mar es una prueba (otra más, y solo por si a alguien le hace falta) de la versatilidad de la prosa de Enríquez. Destaca cómo ella utiliza su modo de narrar para vincular al lector con lo siniestro, para llevarlo a contemplarse desde otro lado como parte de la masa, del público genuflexo o eufórico enfrentado a sus ídolos populares, transnacionales, creados y recreados en tiempo acelerado a través de los medios digitales y metáforas cultuales. El relato no evita los cuerpos, ni al pasado ignoto o escabroso, es capaz de referir lo indecible de sus personajes y ahondar en sus misterios.

En el desarrollo del texto Helena y hacen uno solo, se miran, apenas se tocan, se separan, encuentran y se afiatan en sus roles predestinados a cada lado del umbral.  El relato lleva a ídolo a su apoteosis y lo suelta, lleva a Helena a una revelación y la deja caer. Pero Evans es de carne y hueso, y Helena es una niebla de otro tiempo. Al mismo tiempo, en ambos late un pasado al que no se vuelve, el olvido futuro y los modos de lidiar con ellos: «¿Y si ella [Helena] puede conservarlo entre los dedos, metálico y húmedo como la llave que no quiere soltar?».

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