Old Vegas

Matthias molina osorio

Nunca había visto desde arriba una ciudad tan desértica. Sólo he ido al norte de Chile por carretera, pero esa imagen cenital debía ser exactamente igual que Copiapó o Calama desde las alturas. Esto era diferente. Cuando uno imagina cualquier ciudad chilena, la interpretación recrea automáticamente dos líneas montañosas que cubren el país. Esta vez el desierto lo era todo; el pasado, presente y futuro, toda la vastedad de la tierra. La imagen cubierta de arena plana y seca, con sólo unas dunas pintadas en acuarela. De lejos, un pueblo aparece como espejismo, ¿dónde sacan agua? ¿debajo de la arena? Pregunté a la persona que iba a mi lado, un mexicano platudo del norte o un fresa como les llaman, cuál era la ciudad del espejismo, “eso es Fresno, aún falta como media hora para Las Vegas”, le di las gracias ¿cómo habrán hecho esas ciudades? Y ¿por qué  alguien querría vivir en medio de un desierto, dónde incluso a la altura de un avión el sol quema la piel sin misericordia? Pues porque están enfermos, pensé, los gringos están enfermos.

Las Vegas, como sabría más tarde, fue construida sobre los cimientos de tribus indígenas expulsadas por el hombre blanco. Tuvieron la maldición de ser un punto entre Los Ángeles y Salt Lake City. Ahora sería el punto medio para mi entre Mexico DF y San francisco, una fachada para no llamar la atención de por qué un chileno viaja todos los años en las mismas fechas y al mismo lugar por tres meses. No quería que me mandaran deportado y Las Vegas parecía la excusa perfecta. El lugar en medio de la nada que se convertiría en el icono mundial del derroche y la decadencia humana. Debe estar maldita por la sangre de los indios, o quizás por la plata de los mafiosos que depositaron ahí sus intereses. Creo que la inmensidad del desierto es el lugar perfecto para no ser nadie, para volver a nacer. Por algo será que la llaman la capital de las segundas oportunidades, un resumen de la historia de Estados Unidos. 

No sabía cómo llegar al hotel. El precio en Booking fue bastante accesible, más barato que una cabaña de verano en Las Cruces, fue esa una de las razones para pasar por Las Vegas. Se veía bastante elegante en las fotos y estaba bien evaluado. Nada más que pedir. La ciudad no podía ser tan grande, no como se ve desde el avión. Una señora asiática me hizo señas de que saliera a tomar el bus afuera del aeropuerto sin soltar su teléfono. Saliendo todo era dorado, todo luz, todo sol. Había una fila de limusinas de todos los tipos con sus respectivo chofer al lado de una micro cuadrada. El conductor me indicó dónde comprar el ticket, “son treinta dólares y debes anotar en un papel cual es tu hotel. Te dejará en la puerta, cariño”, dijo la vendedora encerrada en la casilla. “Sólo por preguntar ¿esas limusinas son para alguien en particular, o se arriendan ?”. “Se arriendan acá”, dijo mostrándome un listado de precios, “la más barata son sesenta dólares». “No es caro”, respondí, “para nada y puedes vivir la experiencia completa de Las Vegas. El lujo de esta ciudad”, sonrió. No creo que el lujo tenga que ver con subir en una limusina afuera de un aeropuerto. Vi a un negro vestido con ropa elegante y una maleta pequeña y brillante. Se veía espectacular. Se montó en una de las limusinas sin decir nada a nadie. Él sí era lujoso. Quizás ese era mi problema: aunque me subiera en uno de esos vehículos nunca podría proyectar la armonía de aquel sujeto tan pulcro que vi salir por la puerta.

El conductor preguntó a cada pasajero cuál era su hotel, “X”, dije, “entonces ponte cómodo, muchacho”, no entendí en ese momento el comentario. Era un trayecto como cualquiera, mucha publicidad, grandes carteles, grandes calles, grandes edificios, todo en cantidades enormes. Cada curva de la carretera era una montaña rusa que atravesaba el viento del desierto y mostraba alguna estructura desproporcionada. No mentiré, estaba emocionado. Cuando entramos en el boulevard pude ver la torre Trump cubierta de oro; era más dorada que el sol y que el brillo de las dunas que reflejaba. No parecía un hotel, sino una representación fálica del ego de una persona miserable, como una carcasa hueca que pretende sólo imponer. Luego comenzaron a aparecer dragones gigantes, planetas sostenidos por lanzas pequeñas, ciudades dentro de un hotel dentro de una ciudad, el mundo en una calle atravesada por la fantasía del capitalismo: no tenía sentido y a la vez era perfecto en su estridente armonía. Una mezcla de éxtasis, lascivia y rococó  secuenciando  imágenes que revientan cada célula del cerebro humano. Un grupo de porristas hablando ruso – ¿ucraniano quizás?– comenzó a gritar de excitación. Esta vez los verbos de la madre Rusia no conjugaba fatalidad ni poesía, sino que adoración al capitalismo. No las puedo juzgar, yo estaba igual. Todos los pasajeros de aquel bus, extasiados como ellas, nos habíamos convertido en porristas rusas

 El conductor anunciaba los hoteles para que cada uno estuviera atento de descender. Los dijo todos, probablemente nombró unos dieciocho hasta que me encontré solo en el autobús. Habíamos pasado todas las calles maravillosas con fuentes y estatuas movedizas. Ahora el paisaje era otro. Los colores se tornaron grisáceos, torres apáticas estilo retro, reflejando un tiempo de apogeo, como en Rain Man con Tom Cruise pero los Tom Cruise se habían transformado en borrachos y drogadictos, las luces y las discotecas ahora eran licorerías, Mcdonalds y Jack’s n’ the Box. Old Vegas, le llamaban, y no me importaba que fuese nuevo o viejo, para ese momento salir a explorar la Sin City era todo lo que importaba. 

Sólo tenía una noche, demasiado que ver y demasiado que absorber. 

El hotel era una torre gigante. La primera planta, un casino con paredes de terciopelo. La gente entraba y salía con sus bebidas y cigarrillos. Quise pasar a mirar las máquinas pero mi mochila estaba muy cargada. Me dirigí al mostrador. Era mi primera vez en un casino, también mi primera vez en un hotel tan grande. Dos en uno. El pasillo, el ascensor y luego mi habitación olía a humo. Pedí que me cambiaran. El tiempo y el día se agotaban. Estaba cansado pero no podía quedarme con ese lugar que apestaba a cantina, incluso si era fumador ocasional. Me cambiaron sin problemas. Las ansias por empezar la experiencia me invadían. 

Entré en la habitación. Las paredes estaban llenas de pequeñas ampolletas que rodeaban un espejo gigante, eso hacía parecer que fuese el doble de grande. En el baño relucían toallas blancas de algodón  con secador de pelo, cremas, acondicionador y shampoo en botellitas preciosas con etiquetas negras. Una bata del mismo material que las toallas me recibía colgada, me saqué todo y la puse sobre mi cuerpo sudoroso. Investigué cada detalle: la plancha para el pelo, la plancha para camisas, colgadores de ropa, sillas blancas, una mesa y, lo más bello de todo, una cama extra grande en donde cabían cuatro personas. Tuve que llamar a mi mamá por Facetime para mostrarle. Tomar una ducha, revolcarme en la cama, mirarme en el espejo, tentarme con el frigo bar y los dulces en la mesa que por supuesto no iba a comer (he visto muchas películas gringas para saber que te los cobran), eran parte de la experiencia que la señora del autobús comentaba; había comenzado a sentirla, un lujo a medias, pero lujo al fin y al cabo. 

Cuando ya le había sacado todo el jugo a la habitación, decidí que era el momento de empezar a caminar. La principal atracción era el strip o calle principal de hoteles según google, y debía tomar una micro por la calle de donde había llegado. Los presupuestos que coticé en internet eran ridículos. Se gastaban desde 100 hasta 1000 dólares por día. Los comentarios decían que había para todos los bolsillos y clases sociales mientras no se pensara en fiestas, que eso era aparte. Yo tenía una tarifa justa; podía gastar en una comida chatarra y dejar sobras para el desayuno al otro día, cincuenta dólares en cerveza y marihuana, que es legal en Nevada, y finalmente treinta dólares en apuestas. Jamás había apostado antes. Le conté a mi papá que pasaría el día en los casinos y que estaba nervioso. “¿Y por qué vai’ a apostar?”, dijo por teléfono, “acuérdate de nuestros genes. Nosotros tenemos la ludopatía en la sangre. Tu abuelo perdió lo poco que tenía en los caballos, y yo me las pasaba apostando cuando cabro chico. Hasta el día de hoy me tiemblan las manos viendo las maquinitas donde juegan las viejas. Ten cuidado, weon, ten cuidado”, “pero papá, venir a Las Vegas y no apostar en un casino es como ir a París y no comerse una baguette con quesos”. No tenía interés particular por las apuestas ni mucho menos por los casinos, nunca me interesó ir al Monticello –uno de los pocos lugares para apostar cerca de Santiago– aunque tenía amigos que iban con sus papás a gastarse toda la plata. Pero cómo iba estar en Las Vegas y no apostar. Eso era imposible.  

Salí a buscar lo primero, un dispensario. Para suerte mía, a sólo dos cuadras del hotel había uno, y según el valet parking tenía buenos precios y variedades. Le creí. Compré un porro armado de Zimbawe Ginger Fruit y tres gramos de Nevada’s Pussy Porn Kush. Olían increíbles, sobre todo el último, y su sabor era aún mejor. Prendí el porro en la calle sin perder la atención de los policías. Me pegue seis fumadas y me dio una patada en la cabeza. Crucé la calle y vi a unas personas gordas que corrían torpemente hacía la parada de autobús. Los seguí, “¿ese va a strip?”, dije, “sí” respondieron, “va por todo el boulevard hasta el aeropuerto”.

El autobús rojo de dos pisos estaba cubierto por calcomanías de edificios de la ciudad. 

Le pregunté al chofer cuánto costaba el pasaje, “dos con cincuenta. Sólo pagos exactos”, vio mi cara de turista idiota y perdido sosteniendo un billete de veinte, “es lo único que tengo”, dije, “solo súbete, estás retrasando mi fila, muchacho”. Pasé al segundo piso y me senté detrás mirando expectante por la ventana. Cuando íbamos a empezar el recorrido se escuchaba por los parlantes la voz del conductor “Bienvenidos a Las Vegas, el lugar en donde todo el mundo tendrá la diversión de sus vidas. Pasamos hermosos edificios, hoteles y casinos en donde sus sueños se volverán realidad”, “esta gente ama a los turistas”, pensé. Le pregunté a una chica que iba sentada detrás cuál sería el mejor lugar para bajar. “Cualquier lugar esta bien, pero si fuera mi primera vez en la ciudad, iría al Plaza o  al Bellagio ”, “¿y cuánto falta para eso? ¿Dónde queda la Torre Eiffel?”, “todo está en el mismo lugar. Te diré donde bajar. La torre Eiffel es un restaurant, está en Paris (Las Vegas), pero todo está junto; la Estatua de la Libertad en New York (Las Vegas), y Planet Hollywood (Las Vegas), todo en la misma calle. No te puedes equivocar.”, “muchas gracias”, respondí. “¿Eres de acá?”, “nadie es de Las Vegas igual que los edificios, pero estamos en Las Vegas. Vivo acá hace seis meses. Yo soy de Campton”, “como Dr. Dre”, respondí arrepintiéndome de inmediato por lo estúpido que sonó mi comentario, “Yes, Im a girl from the hood”, dijo soltando una carcajada. “¿Te gusta vivir en esta ciudad?”, continué con mi interrogatorio, “no realmente. Quiero decir,  el boulevard es lindo ¿sabes? pero aparte de esta calle no hay nada más. Vine por trabajo, como todos. Siempre necesitan gente en los casinos, pero además de trabajar no hay mucho que hacer. No hay fiestas que no sean para turistas. Todos  trabajan mucho y la entretención es el juego. Si no eres millonario se torna bastante monótono”. Seguimos conversando hasta que dijo que la próxima era mi parada. 

El calor era terrible, venía de todos lados, era como si el sol te presionara con sus rayos y te dejara derretido sobre la acera, luego, sin soltarte, te hirviera en el cemento igual que una malva puesta encima de la estufa. Me comenzó a doler la cabeza. Los edificios en el día no se veían tan espectaculares como pensé al llegar. El porro me dio hambre y no comía desde la mañana. Eran todo entradas y lugares caóticos así que estar volado no ayudaba. Cruzando la calle le pregunté a un hombre donde podía ir a comer; era blanco, tenía el cabello corto y engominado hacia arriba, unos lentes de sol estilo villero y un traje negro que era demasiado grande para él, como si hubiese nacido con el traje puesto y fuesen creciendo al mismo ritmo, pero al llegar a la  adultez el traje continuaría agrandándose hasta dejarlo atrapado adentro. “Hay comida americana en todos los casinos”, dijo señalándome las entradas, “creo que quiero algo más liviano, no quiero que mi primer día en USA sea sólo fritura”, “¿es tu primer día? ¡Vaya! ¡Bienvenido entonces!”, se quedó pensando un buen rato y continuó, “creo que en este casino hay un buffet de ensaladas. Te acompaño ¿Así que de Chile? Eso es bastante lejos, yo nunca he salido de USA”, aseguró, “¿tú eres de la ciudad?”, pregunté sabiendo la respuesta, “amigo, nadie es de esta ciudad. Soy de Carolina del Norte. Vine un fin de semana que se transformó en siete años n’ still lovin’ it”. “Parece que es una ciudad que se ama o se odia”, le respondí sólo para meter conversa. 

La vida de la gente empezó a intrigarme. Había algo en este lugar que hace a las personas quedarse. No podía ser sólo el dinero, eso lo tienen en todos lados. “Sí, es cierto, es cierto. La amas o la odias. Es que puedes hacer lo que quieras, si tienes dinero, claro, o actitud. Un hombre como tú disfruta los placeres de la ciudad. Nunca sabes qué puede ocurrir o a quién vas a conocer. Te recomiendo no comprar alcohol en el casino, es muy caro, compra en la licorería y así puedes entrar y salir de los hoteles. Hay máquinas muy divertidas, te puedes quedar todo el día y toda la noche si quieres”. “Pensé que no se podía tomar en las calles”, respondí, “amigo, en Las Vegas puedes hacer lo que quieras. Podrías comprar una bolsa de heroína y jalarla de las tetas de una prostituta. A nadie le importa”.

 Cuando terminé de comer una ensalada con más azúcar y grasa que un churrasco italiano, decidí pasear por el casino. Había gente de todas las razas y etnias, desde vaqueros blancos y rojos como un tomate hasta chinos, vietnamitas y japoneses, todos compartiendo bajo el mismo techo y con un mismo propósito: la plata fácil. Me quedé dando vueltas viendo como jugaban. Las máquinas eran de todos los colores fluorescentes posibles. Algunas tenían personajes de películas: los piratas del caribe, pokemón, el extraño mundo de Jack, Rio, etc, como si fuesen videojuegos pero con apuestas. No las entendí en un principio ni las llegue a entender jamás. Observe a la gente que probablemente llevaba horas  sentada formando jorobas mientras bebían y fumaban sin parar. Eran  zombis, todos zombis como los adictos al cristal meth en las calles de San Francisco pero hasta las drogas tenían más sentido. Acá ponías el dinero y la máquina se lo tragaba, después ponías más dinero y se lo volvía a tragar. Nunca soltaba nada. Sentado en una mesa le pregunté a una señora que qué tenía que hacer, “puedes poner la cantidad de dinero que quieras en esa ranura y después debes ir apostando al que pienses que va a salir”, dijo sin dejar de mirar su pantalla. Pero ¿cómo iba a  saber qué número saldría de ese algoritmo? Sin entender, puse un dólar y apreté “apostar”, por alguna razón debían ser cuatro veces, salieron unos numeritos en la pantalla y una luz que recorría todos los cuadrados. La máquina dejó de parpadear en un momento. Perdí mi dólar. Ahora sólo quedaban 24 en el monto de apuestas.

Me aburrí de ese lugar tan oscuro. Las máquinas no eran lo mío. Salí a recorrer el boulevard para ver los monumentos al capitalismo. Era muy extraño, bellas mujeres semi desnudas se sacaban fotos con hombres asquerosos cada dos cuadras. Me saludaban y llamaban pero no les puse atención, para eso no tenía presupuesto. Camiones anunciando escorts a domicilio pasaban cada cinco minutos proyectando chicas de todas las etnias mostrando las tetas. Prendí el porro y abrí una cerveza. Me iba a dejar llevar por lo que dijo el bebé de traje desproporcionado. No me preocuparía por la policía. Subí y baje por los edificios. Crucé la calle que parecía Nueva York cuando comencé a escuchar “are you gonna go my way” de Lenny Kravitz. “¿Que mierda? de dónde sale esa música”, miré a mi alrededor y no había ninguna tienda ni restaurantes cerca, “¿tan volado estoy? ¿Porque estoy escuchando a Lenny kravitz? Conchatumare, qué me pasa”. No podía entender. Me acercaba donde comencé a escuchar la música y luego me alejaba. El sonido venía de un punto invisible. Luego empezó “say my name” de Odeza. Me comencé a preocupar. “¿Qué me está pasando?, no entiendo, no entiendo, no entiendo ¿De dónde viene? ¿Por qué estoy escuchando esto?”. Mis manos comenzaron a sudar, luego mi espalda, mi pecho y mi cara. Estaba teniendo una crisis de pánico. Rápidamente saqué los audífonos para salir de esa pequeña alucinación y poder ordenar mis pensamientos. Me metí entre los arbustos e investigué  los árboles. Ahí estaban los parlantes, entre los árboles colgando de sus copas. Todos los tenían, todas las palmeras y arbustos que seguían el camino. Era un callejón sin salida. Por lo menos no alucinaba, eso era un alivio, pero resultó extraño que a ninguna otra persona le molestara. La gente, por alguna razón, parecía acostumbrada. Acá es normal caminar con música feliz saliendo de los árboles. 

Seguí con los audífonos puestos para evitar todo tipo de hechizos. Entré a todas las tiendas y a todos los casinos posibles. No compré nada pero observé mucho. La gente estaba ahí para gastarlo todo. Compraban dulces exóticos, waffles de Hershey’s por quince dólares, paletas de helado con brillantina pegada, ropa con el logo I Love Las Vegas hecha en china. Se subían y bajaban de limusinas personas blancas, negras y grises. Grupos de mujeres gritando con sus bebidas en las calles. Monos blancos mostrando sus músculos bebiendo tragos con sorbetes exorbitantes. No había más que gritos y colores chillones. Todo un espectáculo del caos. 

Sin salir de la misma calle, pude ir a París y a Nueva York. Conocí Planet Hollywood y MGM en menos de media hora. Criss Angel, Matt Franco y David Copperfield compartían los carteles de shows semanales. También Luis Miguel estaba listo cada jueves para cantar en algún casino. Se hacía de noche y mis pies estaban hinchados. Los veinticuatro dólares en mi billetera estaban todavía intactos y no me podía  ir de la ciudad sin haberlos botado a la basura. Decidí ir al más grande y elegante de todos. El casino que tiene una calle con su nombre en el boulevard de Las Vegas y en donde se han filmado la mayoría de las películas. The Bellagio Grand Hotel and Casino. Era el único que me faltaba en el recorrido y el mejor para terminarlo.

Entré después de un laberinto de restaurantes y centros comerciales. Ahí se hospedaban los presidentes y los famosos cuando visitaban la ciudad. Parecía un palacio árabe. El suelo, las paredes y el techo están cubiertos de mármol y barnices de oro. No existe ningún punto que no tenga una cámara fija, y gente de trajes elegantes que entra y sale sin parar. Yo no pertenecía a ese lugar, lo sabía, pero sí podía estar ahí. Siempre podía disfrutar del lujo de Las Vegas, aunque fuese sólo mirando. Ese lujo falso, ese lujo a medias. Fui de inmediato a las mesas de cartas y ruletas. La gente que jugaba cartas se veía seria, todos sentados con lentes, gorros y sombreros extraños. Jugaban callados, no había mucha emoción salvo cuando alguien gana una suma interesante y golpea la mesa. La ruleta y los dados se veían mejor. Todos se paraban, saltaban, gritaban y se animaban unos a otros al ganar o perder. Parecía entretenido. Pregunté a un hombre que parecía guardia cuánto costaba entrar en las mesas, “son veinticinco dólares la mínima”, dijo, “¿o sea que cada vez que apueste debo poner veinticinco dólares?”, dije humillado, “sí, lo mínimo por apuesta son veinticinco”, “pero eso es mucha plata”, dije, “de hecho ni siquiera tengo veinticinco para apostar, me falta un dólar en mi presupuesto”, “Si quieres lugares más barato, en Old Vegas la mínima es cinco o diez dólares. Pero no tienes todo esto, ¿sabes? No tienes los colores, las chicas guapas, todo el glamour que ves en estos edificios nuevos. Esto es lo que se paga. Esto es la diversión”, le di las gracias y me fui a ver las apuestas de las mesas. Quizás podía agregar un dólar al presupuesto, pero primero debía ver de qué se trataba.

En los dados la gente borracha saltaba y gritaba de emoción. Todos me miraban con extrañeza porque estaba ahí parado sin hacer nada, sólo miraba nervioso e intimidado por todas las fichas que habían en la mesa. Un caballero entrado en sus sesenta años llegó y dijo, “cuidado muchacho, deja que los adultos pasen”, así que me aleje y le hice un espacio. Tenía el cabello blanco, una papada grande, una barrigota cubierta por una camisa y pantalones color crema. Llevaba puestas sandalias y calcetines blancos que le llegaban hasta las rodillas, los usaba, probablemente, para tapar las varices. “Debe ser un viejo dueño de una tienda en Utah o Arkansas que viene a apostar mientras su esposa ve un show en el hotel”, pensé. Sacó su billetera, contó cinco mil dólares y los botó en la mesa, “dame fichas grandes”, dijo. El mundo estaba en éxtasis, a la gente le encantaba ver cómo alguien entraba con apuestas reales. Empezó a poner sus fichas en diferentes espacios y una chica tiraba los dados. Le llevaron un trago que pidió a la mesera. Miraba atento a los dados de seis caras, como si los dados predijeran la próxima vuelta que daría la vida o le mostraran qué fue lo que le sucedió en una vida pasada. Perdió la primera ronda. No le importó. Un gringo bajo y musculoso ganó, igual que otra mujer de características inverosímiles. Todos seguían animando, todos seguían en la algarabía mientras mis manos sudaban como si la plata fuese mía. Tiraron la segunda ronda de dados, todos gritaban, todos aleteaban sus manos. Perdió otra vez. Alguien le tocó el hombro en señal de apoyo. Él miró como si no fuese nada y tomó un trago que dejó el vaso casi vacío. Puso las fichas que le quedaban en cuatro casillas diferentes. Todos apostaron y arrojaron los dados por tercera vez. Ahora sí mostró emociones. Empezó a gritarle a los dados y a darle energía como si pudiese controlarlos con las manos,  pero ésta no era su noche. No fue ninguno de sus números. Su única reacción fue beberse lo que quedaba en el vaso y limpiarse la boca con la manga. Se dio la vuelta y dejó atrás sus cinco mil dólares para el casino. Yo también me fui. Los dos habíamos perdido algo con esos dados, el dinero y yo respeto por la raza humana.

Tomé mi bus de vuelta a mi hotel en Old Vegas, en donde las luces se apagaban y las calles se tornaban sombrías. No había nada lujoso esperándome allá. El conductor en esa ruta no anunciaba los hoteles, así que le pregunté donde me debía bajar. Me dejó en la entrada. Estaba cansado. Subí a mi habitación, me puse la bata y me tiré sobre la cama. Dormí profundamente hasta el día siguiente. 

El check out era a las 11 am. Estaba molido. Tenía tiempo para el vuelo que salía a las 3pm, así que planeaba almorzar algo decente con la plata que no gasté el día anterior. Bajé con mi maleta y mi mochila a punto de desarmarse. Pasé por el casino de la planta principal. Era temprano y no había mucha gente. Fui a la mesa de la ruleta como si un imán me arrastrara. Una crupier de tez morena con labios pintados de color rojo intenso dijo, “¿quieres jugar?”, “sí”, respondí mientras me acercaba lentamente con mis chucherías. “No sé jugar, nunca lo he hecho ¿Cuánto cuesta la entrada?”, dije develando mis temores, “solo cinco dólares. No te preocupes. Yo te enseño, pero muéstrame tu identificación”, la saqué de la billetera con nerviosismo, “ah, así que de Chile, entonces hablemos español. Yo soy Cubana”, dijo coquetamente. 

Describió con detalle todas las fases de la ruleta: 1– Debes entrar con la apuesta mínima, 2– el color paga el doble de la apuesta, igual que la corrida de números, 3– Las terceras partes de la mesa paga el triple, 4– el número exacto paga por cuatro. 

Hay que dividir las apuestas en la mesa porque así tienes más posibilidades de ganar. Nunca repetir el número o la fila porque se juega contra las probabilidades. Jamás guiarse por las puestas de otros.

Después de hacer apuestas simuladas y entender el procedimiento, estuve listo para comprar trozos de plástico. Cambié los veinte dólares que tenía por cuatro fichas azules (dejé cuatro dólares para no perderlo todo). Aposté una de cinco al tercio del medio de la mesa. “Buena suerte”, dijo la mujer mientras tiraba la bolita en la ruleta. Estaba nervioso. Las manos me sudaban y no dejaba de rascarme la cabeza. El negro con el rojo se mezclaban frente a mi mirada atenta. Cuando se iba a detener me paré de excitación. Sin que pudiese ver el número con claridad ella dijo, “bien, ganaste quince dólares”. Un sentimiento hermoso me invadió el alma. Ella también estaba feliz. Sonreí estúpidamente. “¿Cuál es el truco de la ruleta?”, pregunté, “acá no hay truco. Si tienes suerte, cae en donde lo pongas, si no, pierdes. Eso es todo”. La siguiente vez puse diez dólares, cinco en una línea y cinco en el primer tercio de la mesa. La bolita daba vueltas mientras yo acercaba la cabeza. “Ganaste por los dos lados querido. Veinticinco dólares” No lo podía creer. Era la máxima sensación del planeta. Tenía treinta y cinco dólares más que en el comienzo. “Esto es bastante divertido”, le dije. “Me recuerdas a mi hermano que vive en la isla. Tienen los mismos ojos”, dijo mirándome con una gran sonrisa. “Te daré un consejo. Tu empezaste con veinte dólares. Ahora todo lo que vayas ganando lo pones en una pila aparte, así vas apostando con la base que tenías. Guardas, entonces, lo que ganas y no lo tocas. Si te empieza a ir mal, sabes que tienes ganancia y te retiras”. “Buen plan”, le sonreí y arme mis pilas de fichas azules.

 Seguí apostando pero ahora a números. Empecé por el cumpleaños de mi mamá, después el mío, el de mi sobrina, siempre incluyendo las líneas o los tercios. Trataba siempre de cambiar. En un momento junté una pila muy grande. “Vaya, andas de suerte. Estas con todo el fuego”, dijo sonriendo. “Parece que sí. Parece que me das suerte. ¿Hace cuanto llegaste a USA?”, pregunté, “Ya tengo ocho años acá. Tengo familia y todo. Me gusta mucho, no volvería nunca a cuba. Trabajar en el casino es lo mejor, vacaciones pagadas, buenas propinas, tiempo para la familia. Todo.”, “pero me han dicho que Cuba es un paraíso”, “sí, pero no hay nada. No se gana plata ni para comer. Me contactaron del casino y me vine. Ahora voy de vacaciones y le mando dinero a mi familia. Me case con un gringo y todo. Acá se está bien. ¿De verdad nunca habías jugado antes?”, “nunca”, dije mientras repartía veinticinco dólares en la mesa, “mi papá siempre me metió miedo por la adicción al juego”, tiró la bolita en la ruleta y gané de nuevo. “Qué gracioso. Bueno, tiene razón. Hay que tener cuidado con eso. Acá siempre salen historias en las noticias sobre gente que se ahorca o se corta las venas en los casinos. La otra vez…”, hizo una pausa para reír, “un gringo, creo que de Minnesota, se voló los sesos en el auto que tenía rentado. Vino con su familia de vacaciones, apostó todo lo que tenían, incluso su casa. Que imbécil”. Me quedé helado, la veía riendo sin parar por una noticia que no me causaba ninguna gracia. “Que macabro, pobre”. “¿Pobre de qué?”, dijo, “hay que ser tonto para venir a esta ciudad y darle todo lo que tienes a un casino. Si me lo preguntas, se lo tiene bien merecido”. Puse más fichas en la mesa, “y tu también deberías tener cuidado. Hazle caso a tu papá”, continuó mientras tiraba la ruleta. Me quedé mirando la mesa fríamente, luego la miré y pregunté entre risa y seriedad, “eres el diablo? ¿Lucifer o Mefistófeles?” “Claro que no, ninguno de ellos. Pero si lo fuera tampoco te lo diría ¿cierto? Toma, ganaste de nuevo”. Cuando me entregó las fichas el manager se acercó y le dijo algo que no pude escuchar. “Disculpa, pero terminó mi turno. No te tienes que ir, ahora viene otra chica. Cuídate en esta ciudad. Espero verte pronto”.

 Me quedé contando las fichas que tenía. Llevaba ciento cuarenta dólares ganados, además de los veinte que puse en un principio. Tenía varias pilas altas, las contaba y hacía sonar levantándolas y dejándolas caer. Sonaban como oro. Era espectacular, una sensación que jamás había sentido. Miré la hora, aún faltaba tiempo para el vuelo. Una mujer asiática reemplazó a la enigmática cubana. Me saludo cordial pero fríamente. Puse mi apuesta y miré la ruleta. Perdí veinte. Miró sin expresión mientras ponía la siguiente apuesta sobre la mesa. Tiró la ruleta y perdí veinte otra vez. Le hice caso a mi instinto. Esa asiática sin sabor latino no me traía suerte. Me paré, le di una ficha de cinco dólares (había visto en películas que eso se hace cuando se deja una mesa) y dije “cash out, please”. Me dio una ficha que decía la cantidad y la fui a cambiar por efectivo en la caja. 

Mientras caminaba hacía la calle para tomar un Uber al aeropuerto, mi cabeza no dejaba de pensar en lo bien que se sentía ganar dinero apostando. “Fue magnífico. Asombroso. Quizás si hubiese apostado a otros números hubiese ganado las dos últimas. No era culpa de la china que no ganara, era mi culpa por no apostar a los números correctos. Tendría que pensar mejor los números para la próxima. Pero no va a haber próxima si ya te tienes que ir. Quizás podría volver ahora. Probar en otra mesa, todavía queda tiempo. Ahora si que podría apostar mejor y quizás hasta doblar la plata que ya he ganado. No es tan difícil. Todavía tengo media hora para poder irme al aeropuerto” me paré y me di vuelta para volver. “No. Acuérdate de lo que dijo Mefistófeles disfrazado. Si ella era el demonio, se va a querer ganar el alma de las personas débiles. Siempre te mostrará el pecado, ese es su trabajo, pero cuando te seduce no quiere que caigas, sino todo lo contrario. Si eres inteligente, lo escuchas y lo dejas de lado. Te pone todas las fichas en la mesa para que elijas el movimiento. Puedes sucumbir, eso es obvio, pero si escuchas lo que quiere decir, y no al sonido de las fichas azules, seguirás libre y lo podrás encontrar de nuevo con otra forma. ¿Entonces qué va a pasar? ¿Vas a volver y caer en la trampa o vas a irte con lo que ya tienes en el bolsillo, maldito idiota?”. Me detuve en seco tras ese soliloquio bíblico. Miré mi celular y el conductor me esperaba al otro lado de la calle. Crucé, puse mis maletas en el maletero y no miré atrás. 

Cuando hice el check in en el aeropuerto dejé mis maletas y caminé buscando algo para comer. Unas máquinas brillaban a lo lejos. Quizás hay tiempo para una vuelta, pensé. Puse cinco dólares en una que tenía la temática de Indiana Jones. Apreté el botón apostar y esperé mientras las luces giraban sin parar en un torbellino de colores y ruidos monofónicos. Cuando los brillos cesaron nada ocurrió. Perdí los cinco dólares. Vi en la pantalla de salidas que sólo faltaban veinte minutos para el vuelo Interjet 496 hacia San Francisco. Tomé mi mochila y me fui lo más rápido posible a la puerta de embarque.

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