Las palabras, fosas; el poema, féretro; el libro, tumba
Sobre En el lugar de la mano el ímpetu de un río, de Julieta Marchant

Sebastián herrera

Rituales. Palabras. Hacer un jardín. Cavar una fosa. Brasear y abrir el agua. Formas que el cuerpo repite un gesto. La ficción se encuentra en la operación, en la reescritura biografía, en tallarla hasta dar con una nueva imagen. La vida es escritura. O, al menos, eso pareciera decir este libro, que busca ver, oír o, tal vez, describir las voces, dejarlas cerca, pero también distantes y suspendidas, en un rincón en que la mano tenga que entrar a ciegas. Hacer de ella un gesto, una señal de contrición contra todo lo que se olvidó. En el lugar de la mano el ímpetu de un río, libro de Julieta Marchant, publicado por Bisturí 10, se restituye la ficción y construcción, dos ejercicios que se difuminan, al mismo tiempo que prevalecen, como el curso de la mano que posee y resguarda el archivo de su propio vacío; un pozo hondo en el que descansan las imágenes, las voces de un más allá que llegan sobre un oído humedecido de palabras.

Hablar con los muertos es también leer, es abrir el agua que alguien ha puesto en suspenso: un pequeño féretro bajo ella, la vida natural de un jardín, la producción de las abejas, la laboriosidad de la escritura. Algo se rescata en este libro, aunque no busque rescatar nada; algo se construye, aunque no construya. «Escribimos pensando en el nombre de alguien/ que ha decidido quedarse», dice Julieta, mientras las palabras se erigen en medio del derrumbe, bajo la fosa, en el pensamiento. Se erige para también botar –rescatar y no hacerlo– construir imágenes para llenar el imaginario, un mausoleo de palabras para construir el porvenir de esa escritura que jamás llegará: «Mirar la casa desde una distancia, distanciarse de la lejanía». Las palabras detienen el curso, como también abren un recorrido del cuerpo -el textual y vivo-, de voces que rondan como espectros, y se confunden hasta dar con el poema; ensayo de un relato, un ritmo, frecuencia y pulsión; múltiples formas de recobrar lo que se ha perdido, pero que se resiste a su ruina; tránsitos y ensayos sobre un habitar posible. El límite es lo que reverbera, puede ser la voz –la propia, imaginada, y revisitada–, el encierro, descuido, detención, ahogo o presión. Se preparan las escenas, se describe el rito, se enumera el cuerpo, se establece un lenguaje, una forma; para, luego, destruir y fragmentar, entrar en un cauce impetuoso de agua, tierra, animales, y naturaleza. Ahí, la desmesura, aparece, como un lenguaje claro, semejante a un río. 

«Por frío y humedad se descompone. El pasto bajo los pies, aproximarse al borde de la piedra. Las piernas rectas, el tronco levemente inclinado, los brazos arriba, las manos se tocan. La espalda proyecta la extensión», dice Julieta, como si todo recuerdo no fuera más que escritura, la posibilidad de imaginar lo inimaginable, revelar el límite que es la propia muerte, pero también el poema, la desaparición de una imagen entre la tierra, piedras, agua y memoria. Se arma este libro, como si se recogieran elementos para describir una fogata, un curso inexistente por donde las voces puedan encontrar su cauce. Pero ¿quién escribe? ¿De dónde viene el dictado? Memoria, cuerpo, libros, palabras, materiales sirven para resignificar, dar nuevo uso, contar la biografía de un cuerpo que muere: el texto que es escrito, mientras algo desaparece en se restitución: las palabras, fosas; el poema, féretro; el libro, tumba. 

Tocar y citar, tocar e imaginar, tocar y olvidar; el saber, las imágenes, la escritura. Las palabras se vuelcan sobre pequeños cuadros en los que el sujeto se encuentra a punto de tocar la piel de otro; se construye, en ese espacio atónito, una imagen de un hecho inexistente; tal vez, una postal cubierta de tierra, papel y tinta.  «Los cuerpos se quejan de los cuerpos/ cuando la mano empuña / y no sabe de palabra que no pueda encallar», revela, dejando algunas marcas, huellas para entender la procedencia de la historia: un cuerpo brasea, pero también cava, escribe, cita y susurra; el poema al mismo tiempo es su doble, la superficie transparente del agua, la profundidad oscura de la tierra, el abismo de la hoja en blanco, la transcripción de lo que fue dicho, y la mano que se desplaza entre el verso, la prosa, el ensayo y acaso, quizás, también una nouvelle. Todo es posible dentro de este imaginario que irrumpe en sus infinitas posibilidades, en la insistencia y resistencia de mantener vivo lo que ha muerto: la amistad, el amor, el poema. 

La escritura es un acto de fe, una forma de permanecer, dar sentido al mundo. La escritura es un diálogo porvenir, una forma de pensar, «esencialmente conocimiento de lo no-conocido o, en un sentido más general, la relación con lo incógnito» (Blanchot)-, donde la forma puede también idear la escritura. Se recoge, entonces, lo que antes fue derrumbado: el reconocimiento de la voz, de Urdimbre; la posibilidad de restituir el amor, de Té de Jazmín; la arqueología de una familia, de El nacimiento de la hebra; la modestia invisibilidad de la escucha, de Habla el oído, y la desmesura, de Reclamar el derecho a decirlo todo, están aquí, en este libro, para dar cuenta de que cada búsqueda siempre es la misma; tachar y reescribir, hasta que la imagen sea más grande que lo imaginado. 

«Nadar en un tiempo al que la letra no accede. Golpea un rostro el lenguaje y ya no es posible restaurar. Las palabras no restituyen. Elevación y retirada», el poema se presenta líquido, para expandir las ideas que, como areolas, susurros o rumor de hojas, se extienden en la frondosidad aparente. Una voz construye escenas y paisajes, sin embargo, esa misma voz se introduce en el abismo para opacar y llenar de vivacidad lo que no debiera estarlo. Insistir, escribir, rescatar. El libro brasea entre cenizas incandescentes, se pierde en los recovecos de la imaginación, en todo aquello que el cuerpo no puede pronunciar. El límite queda en suspenso para que la posibilidad del impacto remesa; lea nuestro tiempo, sin hacer lectura de él; hable sobre la costumbre distante, el contacto del cuerpo con el cuerpo, y todos esos viejos prácticos, como amar, qué es lo mismo que decir, escribir.

¿Qué se escribe en el suspenso? ¿Qué trasvasija el vacío que queda en suspenso frente al papel? ¿Cuánto quedará en la hoja? La idea de tacto que Jean-Luc Nancy propone, Julieta lo apropia y resignifica: «Los cuerpos no tienen lugar ni en el discurso ni en la materia. No habitan ni el espíritu ni el cuerpo. Tienen lugar al límite. Límite: borde externo e intersección del extraño en el continuo del sentido, en el continuo de la materia. Abertura, discreción». La realidad en la medida que es dicha. Una voz -cuerpo y poema- que se extiende en la necesidad imperiosa de acariciar una imagen, un instante, un brazo antes de sumergirse, la escritura que niega y, al mismo tiempo, restituye, suspende en ese límite entre el cuerpo que es visto y recordado. El olvido sostiene, es ancla para la profundidad del pozo y entrega la posibilidad de encallar y no, porque los nombres, como peces, buscan su hábitat, piensan en su propia amenaza, pérdidas y abandonos. Los nombres, en este libro, son un cardumen, un cuerpo que se multiplica sobre un cuerpo también múltiple, un montón de hojas apiladas en un bosque, donde el eco llama hacia ninguna parte. Sin embargo, ahí, un límite. «El cuerpo es una concentración. Cuando duerme se torna una envoltura. Ignorante de sí, se distiende y olvida». Bracear. Escribir. Cavar. Siempre el movimiento del brazo sostiene la mano ovillada, un puño que se aferra a la posibilidad de reescribir el cuerpo, un suspiro entre hojas, un puñado de tierra, o el agua minutos antes del quiebre de su pasividad. En el lugar de la mano el ímpetu de un río entra, irrumpe sin mediar concilio con la razón, se pregunta, al igual que Borges, si «¿habrá suerte mejor que la ceniza de que está hecho el olvido?»; mientras las palabras quedan como el humo de incandescencias que se niegan a apagar.

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