No puedes ponerte a hacer performance o leer poesía en el pasto si hay violencia al lado tuyo

gastón carrasco

por Cristián Hualacan

5 preguntas a Gastón Carrasco sobre Luminarias (Provincianos, 2020)

En pleno desconfinamiento se lanza Luminarias, el cuarto poemario de Gastón Carrasco (Santiago, 1988), poeta que al parecer no deja la cámara, porque con versos precisos e imágenes certeras elabora una poesía cuyo núcleo es la mirada. Con esta última publicación, Gastón va un poco más allá de los poemarios anteriores: Luminarias juega con el formato de libro objeto, cuenta con dos collages de Caro Lagos en el retiro de tapas, mientras la portada muestra un contraste absolutamente negro y con el nombre en blanco y las líneas de enfoque de una cámara en cada esquina. Sus poemas recuerdan a los cuartos oscuros donde el fotógrafo revela sus capturas iluminado con una luz roja mientras las fotografías poco a poco van logrando definición.  

1 – ¿Cómo ha sido el proceso de Luminarias, que -supongo- fue influenciado por la pandemia y la revuelta social? 

Fue un proceso largo. Empezó como una reflexión sobre la ceguera, la ausencia de luz, el blanco y negro y la realidad terminó filtrándose igual. Son poemas de hace 5 o 6 años que han ido mutando y que se han ido actualizando. Pertenecen al imaginario de Viewmaster y El instante no es decisivo y lo pensé como una forma de cerrar los ojos y poner atención a otros sentidos. Entiendo que es una mirada más, dentro de todas las posibles, sobre el espacio público. Hay una pulsión más cruda si se quiere sobre el registro de la imagen sin mucha retórica. A veces se filtra o cuela el yo más subjetivo, pero son recuerdos o escenas que podrían hacerle sentido a cualquiera que haya recorrido la ciudad los últimos años. No hay una temporalidad definida y eso me permite que convivan escenas o situaciones de esos primeros años de escritura y aspectos del presente inmediato. El trabajo de edición consistió en darle una materialidad al libro que dialogara con los textos, sin que fuera un libro objeto propiamente tal. Me gusta que sea una edición sobria y un diseño en negro. No me daría el cuero para hacer un libro más caro en estos tiempos.  

2 – Pareciera que la revuelta social está presente en ciertos poemas, no de una manera panfletaria sino justamente desde una observación al espacio urbano. ¿Cómo eliges los lugares al escribir? 

No elijo tanto sobre lo que voy escribiendo, al menos no en este proyecto. Me gusta mucho caminar y recorrer distancias largas, en esos trayectos algunas imágenes quedan dando vueltas. En ese encuentro fortuito con una imagen o una palabra está el poema. El libro es un recorrido por una ciudad que se veía devastada desde antes, justamente en el fuera de foco, en lo que los medios o las redes sociales no filman o no fotografían. 

La memoria funciona como caja de resonancia, pero no siempre son imágenes las que están ahí alojadas. Recordamos con otros sentidos. Si el contexto es la revuelta, hay que convivir con el olor a lacrimógena, a barricada, a iglesias quemadas, a sudor, a agua del guanaco, orina, cerveza. O recordar gritos, balizas, cánticos. Aún, cada viernes, sigue siendo así. Me interesa más lo que no está en las imágenes, es de lo que intento rehuir. A veces dan ganan de no ver más el horror, pero este está a un click de distancia. Justo en estos días revelaron imágenes de la go pro del paco acusado de homicidio frustrado en el puente Pío Nono por empujar a un menor de edad. 

3 – Uno de tus poemas hace referencia a la frase que estuvo colgada en la Biblioteca Nacional «la poesía está en la Klle». ¿Cómo entiendes tú la poesía en la protesta?

Me parece que la poesía tiene un lugar marginal en la protesta. La experiencia de la revuelta es física, luego viene la articulación, el sentido, la palabra. No puedes ponerte a hacer performance o leer poesía en el pasto si hay violencia al lado tuyo o hay otros poniendo el pecho a las balas, literalmente. Predisponer un discurso o una retórica es no considerar lo que los otros te puedan entregar en ese espacio colectivo. Hay momentos en que la palabra no da y punto, hay que convivir más o menos en paz con eso. 

4 – Otro punto que junta tus libros es tu obsesión por la fotografía. Para el fotógrafo basta el momento y apretar el botón. ¿Cómo sería encontrar el poema que un lector experimenta en Luminarias?

Los mejores poemas se dan por casualidad, pero esa casualidad se busca, se trabaja, es la espera del fotógrafo o la idea de estar muchas horas sentado corrigiendo para que salga una línea buena. Desconfío un poco de la lucidez de quienes explican y teorizan sobre sus proyectos y creo que a estas alturas tengo más dudas que afirmaciones. Me veo cada tanto en la calle sacando fotos mentales, haciendo registro, solo eso; el resto es trabajo de montaje. Antes creía que la poesía tenía que disputarle el lugar a la imagen, ahora creo que pueden convivir perfectamente. No sé lo que vaya a creer más adelante. 

5 – Volviendo a la revuelta. Santiago se llenó de frases sin autoría y referentes a problemáticas que nos aquejan. ¿Por qué crees que se  volvió de esa forma a las palabras? 

Me parece que lo mejor es restarle nombre propio a ese espacio público. El malestar es común e importa poco quien es el autor de tal o cual frase, no se trata de un concurso tipo «la revuelta en 100 palabras» para premiar al más ingenioso de los indignados. Me gusta esa convivencia caótica de frases, stencil, grafittis y proclamas que se pegaban una sobre otras y que Alessandri o el intendente de turno se empeñaba en limpiar. Esa efervescencia es una forma de apropiarse del espacio, de manera de resignificarlo todo: los nombres de las calles, de los metros, las estatuas de los próceres. Todos los símbolos son intercambiables y hacen sentido solo un tiempo. Contra todo impulso higienista esta bueno ensuciar con nuevos símbolos. La pregunta es si ese símbolo representa, sino a todos, a una mayoría. Pienso en los conatos entre los primera línea y cabros de la Jota por pegar sus carteles fuera del GAM o en lo sistemático de bajar al Perro Matapacos por los delirios de un grupo nacionalsocialista. Hay slogan que se vacían en la repetición y otros que se mantienen y resisten a pesar de todo. Pienso en lo burdo que se volvió el «No son 30 pesos, son 30 años» y en el potencial sociolingüístico del «Piñera, nunca hai chupao ano».  

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