Los estudios literarios en tiempos de crisis

aNDRÉS IBARRA CORDERO

En Chile, al igual que en muchos países, las presiones económicas propias del neoliberalismo, en un contexto de pandemia, se han hecho sentir sobre el ámbito de la literatura. En los estudios literarios, como en otras áreas de las humanidades, la situación ha sido compleja. Como resultado de la actual crisis, podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿Cuál es el futuro de los estudios literarios? Podríamos reformular la pregunta y debatir por cuál será la sobrevivencia de las humanidades como las conocemos hoy. Siguiendo este pensamiento, esta columna discute sobre la «marginalidad» de los estudios literarios en un contexto de crisis global. 

Cuando las humanidades modernas surgieron en el siglo XVIII, las disciplinas anteriores a la Ilustración más cercanas a las humanidades (la filosofía como la más prominente) fueron reformuladas y consiguieron una posición institucionalizada en la producción de conocimiento. Lo que parece olvidarse a menudo es que, en el génesis de muchas disciplinas, los problemas más atractivos suelen localizarse al «margen» de estas. Es en los márgenes donde emergen los desafíos interdisciplinarios. La historicidad que facilitó la formación de las humanidades modernas también les dio a estas la misión de redefinirse en respuesta a los desafíos que históricamente se desarrollan en el mundo. Se podría decir que la esencia de las humanidades apunta al cambio de formas, medios y condiciones de la interacción del hombre con el mundo, sea natural o social. A diferencia de otras disciplinas que llamamos «ciencias exactas», una condición de las humanidades es el factor humano en esta interacción. El futuro de las disciplinas humanistas dependerá de su flexibilidad para abrirse a una interdisciplinariedad colaborativa. Asimismo, será difícil seguir en áreas de conocimiento basadas en estructuras monolíticas que no se atrevan a incursar en los márgenes. 

A principios del siglo XX, críticos literarios como F. R. Leavis, René Wellek y Erich Auerbach adoptaron una visión clásica de la literatura, reemplazando el énfasis en los detalles de los autores, las historias y las obras por una comprensión más sistemática de cómo se lee un texto literario. Estos pensadores definían y salvaguardaban la autonomía de la literatura como una disciplina independiente. Luego, desde la década de 1960, con el surgimiento de la teoría crítica francesa, los estudios literarios se alejaron de la tradición de la «filología pura» y la crítica textual, adoptando diferentes enfoques teóricos, como lo fue la antropología, la sociología, la lingüística, la filosofía y el psicoanálisis. En las siguientes décadas, la crítica literaria tomo un giro un poco más «político», en donde se comenzaron a leer textos desde el feminismo, los estudios postcoloniales y la teoría queer, entre otros. En el nuevo milenio, Franco Moretti abogó por abandonar el «close reading», elemento básico del análisis literario, a favor de una «distant reading». Esta última se enfocaría en unidades que más pequeñas o grandes que el texto, dispositivos, temas, tropos, géneros y sistemas. Según Moretti, lo más pertinente sería la «textualidad», un concepto que incluye objetos culturales o sociales no-textuales de una manera literaria.

La textualidad pretende abordar tanto la forma en que los objetos se identifican como el método mediante el cual se pueden leer. El asunto de la lectura, ya puesta en duda en la «edad de la sospecha» (Sarraute en L’Ère du soupçon, 1956) de la segunda mitad del siglo XX, se ha convertido en un nuevo tipo de alfabetización cultural en una era de la «modernidad líquida» (Bauman en Liquid Modernity, 2000). De esta forma, cualquier objeto cultural puede entenderse como un «artefacto literario», en la medida que se construya textualmente. Al igual que otras formas virtuales, la «ficción» presupone reglas de artificio, pero no está limitada por leyes naturales, ni sus afirmaciones son verificables. Asumir el lenguaje para tener propósitos probables y efectos indudables es la «retórica». Todos los artefactos y prácticas humanas tienen «historicidad» donde su carga del pasado es esencial para su significado presente. Bajo esta perspectiva, el emergente nicho llamado «Cultural Literacy» (alfabetización cultural) se centra en cuatro áreas principales: memoria cultural, migración y traducción, textualidad digital y la biopolítica del cuerpo (Segal y Koleva en From Literature to Cultural Literac, 2014). 

El interés por la memoria es tan antiguo como la historia de la cultura. La memoria es un proceso transformador mediante el cual el pasado se reconfigura en el presente, con el fin de mantenerse vigente. En los últimos años, los estudios del trauma han contribuido significativamente al desarrollo de los estudios de memoria. Por consiguiente, la palabra «construcción» pasó a reemplazar al «archivo». La selección pasó a reemplazar la memoria exhaustiva, y el recuerdo dinámico reemplazó la memoria estática. Esta perspectiva fue, sin embargo, desarrollada en el siglo XIX por escritores y artistas ―como Baudelaire, Wordsworth, y Bergson― que insistieron en el vínculo entre memoria e imaginación. En el siglo XX, este enfoque alcanzó un nuevo nivel en las teorizaciones sobre los recuerdos reprimidos de Sigmund Freud, reelaborados en un proceso dialógico, y con Maurice Halbwachs, acuñando el concepto de memoria colectiva.

En las últimas décadas, la proliferación de los medios a través de los cuales se interpreta y transmite el acto de recordar ha presentado nuevos desafíos. Esta condición cambió la concepción del proceso conmemorativo y privilegio la relación entre experiencia sensual, mediación y memoria. Así, se amplió la visión de cómo la imaginación, la estética y la memoria interactúan, creando espacios interdisciplinarios en los márgenes. El lenguaje ha dejado de ser el medio hegemónico. Cada medio involucrado en el proceso memorial estructura la relación entre recordar y olvidar de una manera particular, mientras que permite varias modalidades de recordar como un proceso continuo en donde se remodela el pasado. La mediación es un concepto clave para poder abarcar las nuevas posibilidades de la memoria. Los medios lingüísticos, visuales y digitales, como el proceso conmemorativo son interdependientes. Por un lado, lo que se recuerda depende de los medios, por otro, ciertos tipos de procesos favorecen y seleccionan los medios más apropiados dentro del panorama de la actualidad. Recientemente, los estudios de la memoria han empezado a explorar la interdependencia entre de textos, medios y memoria.

Los textos literarios siempre han abordado fenómenos afectivos. Paradójicamente, la crítica influenciada por el estructuralismo y el post-estructuralismo tendió a ignorar el factor afectivo. En la actualidad, muchas disciplinas están tomando cierto giro afectivo. El interés en esta dirección ha comenzado a prosperar, muchas veces a través de centros interdisciplinarios (véase, por ejemplo, el Centro de Ciencias Afectivas en Ginebra y el Centro Lenguajes de la Emoción de la Freie Universität en Berlín). La comprensión de los afectos parece cada vez más urgente en un mundo en donde su comunicación es fundamental por razones políticas y filosóficas. Todo esto, bajo un contexto en donde las culturas se entremezclan, a veces de manera confusa, y las tecnologías modifican nuestras formas de relacionarnos. Los textos literarios pueden abarcar un número infinito de afectos y emociones. De esta forma, los estudios literarios pueden brindar una «educación en los afectos», tanto en términos éticos como estéticos.

El transnacionalismo y la transculturalidad han estado presentes en la literatura desde 1827, cuando Johann Wolfgang von Goethe declaró que la era de las literaturas nacionales había terminado y la era de la «literatura mundial» por empezar. Irónicamente, los siguientes siglos verían precisamente el ascenso triunfal de las literaturas nacionales, en lo que respecta a los estudios literarios. Las literaturas nacionales sirvieron para proyectar y promover cierta idea de unidad cultural a través de partes por lo demás dispares. Por otra parte, el estudio de las literaturas sin importar el origen de los estados-naciones pertenecía exclusivamente a la literatura comparada. Esta última comenzó a estudiar los vínculos, por traducción, imitación, referencia, o evidencia biográfica, entre dos o más textos literarios proveniente de diferentes contextos. La irrumpida del poscolonialismo, con autores como Said, Spivak y Bhabha, generó cambios importantes. Aunque la crítica postcolonial se ocupó, principalmente, de las literaturas anglófonas, el concepto mismo implicaba cruzar fronteras. Hasta hoy, la mayoría de estas discusiones se limitan a las literaturas escritas en algún idioma europeo. No obstante, existe un espacio teórico para generar nuevos enfoques aún más transnacionales que se preocupen en abordar varias literaturas en sus diversos idiomas. 

La década de 1970 también presencio la aparición de la «multiculturalidad» como un concepto para comprender ciertas tendencias transnacionales. Esta combinación de multiculturalismo y postcolonialismo inspiró el Black Atlantic de Paul Gilroy (1993), el cual abordó la trata de esclavos y la circulación de africanos como factores claves en la creación de la modernidad. Junto a lo «hemisférico» y lo «transatlántico» también existe una próspera rama de estudios «transpacíficos». En la década de 1990 también se dio un nuevo interés por el concepto de literatura mundial [world literature]. Este giro fue iniciado por Reading World Literature: Theory, History, Practice (1994), editado por Sarah Lawall, y What is World Literature? (2003), de David Damrosch. 

El termino posthumanismo parece emplazar varias nociones de cambios en la existencia humana que conducirían a nuevos modos de ser. Los avances en biotecnología han hecho posible que la humanidad dirija su propia evolución como especie, más allá de un tema para la ciencia ficción. La integración de humanos, máquinas y cíborgs se lleva a cabo con la intención de mejorar la calidad de vida de las personas. En la actualidad, los estudios literarios están acogiendo un debate sobre el significado de «lo humano». Esto, considerando problemáticas de lo humano ante escenarios que resultan aterradores para muchos. Perder cierta unidad de lo humano es una de las consecuencias más preocupantes que podrían surgir de un uso negativo de las nuevas tecnologías. 

Los temas del posthumanismo suelen incluir ficciones que abordan problemas sobre el futuro humano. Esta dependencia de los artefactos culturales y los relatos ficticios dan a los estudios literarios la sensación de estar un paso más allá de la realidad. Sin embargo, estas ficciones tienen una presencia significativa en la cultura popular y participan en la configuración de las percepciones colectivas sobre el futuro. Textos como Frankenstein de Mary Shelley y Oryx y Crake de Margaret Atwood, o la fascinación popular por los superhéroes, son parte de un material en el que se establecen problemas de lo posthumano. Por ende, el posthumanismo es un área en donde la estética y la ética suelen colisionar. Con bastante frecuencia, las discusiones sobre el uso de tecnologías toman forma como un encuentro entre filosofía y ciencia. No obstante, esto ignora la importancia de la estética en cómo esta guía elecciones que van desde cambios personales y corporales hasta nuevas formas de vida. 

En muchas disciplinas se suele olvidar que muchos problemas primordiales se ubican al margen de estas. En los márgenes surgen los desafíos interdisciplinarios que incentivan el repensar las disciplinas como un todo, afrontar sus límites, e incluso convertir una disciplina en algo diferente a su origen. La historicidad que permitió la formación de humanidades también les dio a estas la tarea de redefinirse en respuesta a los desafíos globales.


Andrés Ibarra Cordero. Licenciado en Letras con mención en Lingüística y Literatura Inglesa. Magister en Literatura Comparada en la University of London. Candidato a Doctor en Literatura Comparada y Estudios Culturales en la Universiteit van Amsterdam.

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