Primero el escenario, luego el guion: Había luz o algo parecido a la luz, de María José Ferrada

jOSUÉ NAVARRETE NAVARRO

Feels like our sun has gone

It seems like you’re almost gone

It feels like it’s all my fault

Melody’s Echo Chamber, Shirim

La sensación de que las palabras no dejan de ordenarse por algo que es completamente ajeno a ellas es una angustia esquiva y saboteadora. Y siempre llega en el momento más inoportuno, dando donde todo ha dolido. En ese corazón inmaterial que guarda un vacío común entre mundo y alma, está Había luz o algo parecido a la luz (Editorial USACH, 2020), primer poemario de María José Ferrada con ilustraciones del artista gráfico Rodrigo Marín.

Desde los cantos y su subsistencia, el poema acá sirve como una declinación que registra la vida del bosque, dividiéndose entre el hogar y la amenaza, todo sucediendo y ocultándose en los ojos de una manada de lobos. Así surgen sus mitologías, sus rituales; así van entendiendo, junto a los pájaros y los árboles, que «todas las historias comienzan en un bosque»; bello recordatorio a aquellos que habitamos la ciudad como una prisión de la que podemos escaparnos en aislados fines de semana, u olvidarla por completo cuando llega el verano. Ferrada convierte en fábula la asfixia. La vuelve líquida para que se amolde a la superficie de nuestros miedos, dándonos la posibilidad de respirar a través de él y de poder deshabitar el cuerpo como algo volcado forzosamente a lo antropocéntrico. No por nada la contratapa describe a su libro como un «poema río que suena», donde los dibujos de Marín otorgan pestañazos de ese flujo conmovido por la tierra, tan caótico e inconmensurable.

Con un lirismo minimalista y una narración que parece la épica de un pequeño pueblo que se perdió, Había luz o algo parecido a la luz es un artefacto sagrado que ordena y quiere dominar la imaginación del horizonte del mundo que oxigena, entendiéndola por su armonía y tranquilidad ante el hecho salvaje de que «todos los pájaros son uno solo» en cada consciencia que posee lejanías dentro de sí; devolvernos aquel suspiro, entonces, es el gesto de su lectura.

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