La esfera

ériq sáñez

En una esfera radica la acabada perfección. Una canica, una ruleta del casino, una pastilla de éxtasis, unos senos en la memoria; todo lo lúdico, lo placentero, queda a un paso de la esfera sin llegar a dar el salto.

En Las Vegas vivió los años de las fiestas, de charlas intensas y de mujeres que buscaban la técnica definitiva en el sexo. Alrededor suyo se desenrollaban las alfombras rojas; también ondeaban las banderas y las faldas de las más ricas damas del arte y el espectáculo. No exagero al decir que nada más le faltaba encontrarse con un millón de dólares apisonado en el pavimento.

Al iniciar esa noche en el casino presenció una intrusión en su rutina. Su desproporción, las malformaciones y su nauseabunda apariencia eran inconmensurables. Incluso antes de mirar a aquella mujer su cuerpo se le opuso como dos polos iguales. Comenzó a sentirse asfixiado. ¿Es que nadie la está viendo? Dijo ya fuera de sus casillas, jalando de las ropas a las personas de su séquito. Cuando ellos  trataron de encontrarla y los empleados del casino se acercaron para ofrecerle sus servicios ella ya no estaba. La gente hermosa, el dinero y el licor volvieron a circular raudamente. Jugada tras jugada, la ruleta lo recompensaba.

Todos los días terminaba de leer varios libros ineludibles para cualquier entendido en las letras universales, en las lenguas muertas, en fin, en las espirales urdimbres de las ciencias y las artes del orbe. Tal era su avidez que la noche en cuestión ya no le faltaba nada que los otros le pudieran ofrecer. Únicamente él podría ya hacer algo que englobara la experiencia intelectual y la plenitud del cuerpo.

        Nada necesitas -dijo rotundamente en el balcón de la suite del doceavo piso-, tú no necesitas a esta gente y por eso los amas incondicionalmente. Porque tu hogar eres tú mismo y, tras una carrera sin precedentes, has conseguido no caer nunca: cada novela es mejor que la anterior; cada exploración tuya se vuelve canon; el dinero lo has tenido desde siempre y cada mujer es más voluptuosa, más inteligente y menos celosa que la anterior. Ingrid, por ejemplo, no sólo es la autora más sobresaliente de nuestro tiempo, es también la amante más calificada que has encontrado y, con seguridad, en este ciclo glorioso sólo podrás hallar hembras más y más gratas a tu espíritu, aunque apostaría la vida a que no necesitas buscar, pues todas en conjunto deberían llenar ese puesto. Juguemos, pues.

         Sin más rodeos, se disfrazó de otro hombre, no tan apuesto ni tan rico, con la intención de probar algo distinto. Con su habilidad en las sinuosidades de la lengua, se hizo pasar por un provinciano que buscaba suerte en los casinos y, en menos de tres horas, hubo una centena de esas personas de altísima calidad entorno suyo. Nadie sospechó.      

Entonces sintió que algo había fallado en su interpretación, aunque no había rastros de su engaño.

Era algo que ni él mismo lograba descifrar pues todo lo que había hecho en la vida había sido inmaculadamente medido. Esa noche había ganado un millón en la ruleta y le regalaron la pelotita como amuleto. La miró. Algo faltaba.

Iba a cambiar ya su disfraz cuasiperfecto para explicarle a todo el mundo el chascarrillo y en el salón de baño dentro de su cuarto apareció aquella figura horripilante.

Se sintió desdibujado como un vaso al sentir cuando una gota lo satura, no sabiendo si es de vidrio o si es de agua.

Había estado rondándolo. Sólo ella lo había reconocido.  De algún modo, había logrado llegar hasta él pese a la enorme repelencia. No fue necesario decir nada para comprender que ella había descubierto ese algo indeleble de su esencia, eso que ni él mismo había logrado ver. Él no podía moverse. La pequeña bola en su mano parecía ser lo único tangible.

Los ojos de la mujer, inyectados de cataratas y cegados de sangre, lo hacían temblar más que cualquier cosa que hubiera presenciado.

Dejó caer, una por una, sus prendas malolientes. Él miraba su piel invadida por la lepra y unas úlceras de tan variada degeneración que, aún con un amplio conocimiento médico, sólo pudo catalogar como un equilibrio prodigioso de toda putrefacción. Ella era un languidecer eterno,  una corrupción indefinible. Nadie más estaba cerca. Se atacaron fieramente.

Mientras ella dejaba de moverse, el pene seguía agitándose y rasgando sus adentros. Todo su cuerpo se tensó, apretándole el miembro en un espasmo que lo hizo venirse como nunca. Acaso hasta ese entonces nunca estuvo viva. En ese pleno desbordarse, él arrojó todos los billetes por el balcón de la suite pero ya no tuvo tiempo de fijarse si también habían llegado al suelo. 

Sólo le importaba no soltar esa dichosa esfera.

É́riq Sáñez (CDMX, 1986). Narrador y poeta. Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2014. Premio Nacional Punto de Partida 2010. Autor de La Novela Zombi. Ficciones.

Este relato forma parte del libro  La novela zombi. Ficciones (Conaculta, 2014), a la venta en librerías. También puedes descargarte el PDF sin costo enviando un mensaje a  theemancipatedmeme@gmail.com.

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