Una cancha dispareja
Punto de quiebre de Gabriela Flores

Diego leiva quilabrán

Salvo los escritos de David Foster Wallace y el cuento “Break point” de Ariel Idez, el tenis es un tema literario que escasea en mi experiencia de lectura. El punto más fuerte de Punto de quiebre, el debut de Gabriela Flores y último lanzamiento de Provincianos Editores, bien puede ser la novedad que supone insertar este tópico en el campo literario, cuya narrativa deportiva suele estar cerrada a la épica futbolera masculina (en un lenguaje viril tan relacionado con la guerra, diría Foster Wallace).

Son ocho los relatos que componen Punto de quiebre. Ocho escenas del circuito del tenis amateur chileno con una prosa trasparente. Ocho protagonistas femeninas, a través de sus narraciones en primera persona, componen un cuadro variopinto de tenistas de todas las edades, activas o a medio retirarse, juegan o asisten a partidos, guían a sus pupilos y pupilas, piensan en sus vidas a medio hacer o a medio deshacerse frente a sus ojos.

Gabriela Flores logra arrancarle al deporte esa épica grandilocuente. En su lugar, impone una especie de épica privada, del esfuerzo individual, del «insistir, no rendirse», como se titula uno de los relatos. Al desarrollar esto desde el punto de vista monológico de sus narradoras, que administran férreamente lo que cuentan y no sueltan la voz, la autora intenta emparejar una cancha absolutamente desnivelada en términos de género: la del relato sobre deportes, pero, con ello, el deporte mismo y la literatura.

«La primera vez que vi una cancha de tenis fue a los siete años. El rojizo del polvo de ladrillo estaba marcado con distintas líneas blancas que se iban dibujando a medida que una máquina verde con rueditas dejaba caer tiza sobre la arcilla. La red era uno de los elementos permanentes en el centro: una pared invisible que no permitía el contacto entre las personas enfrentadas». Así comienza el primer cuento de Punto de quiebre, con un rayado de cancha o, más bien, con una cancha rayada, con sus límites reproducidos maquinalmente. Serán las mujeres cuyas vidas se relacionan con ella que pasarán por encima de esa red, se conectarán entre sí, pero también construirán proyectos de vida en relación con ella.

Sin embargo, en términos de su construcción, esta cancha también presenta desniveles o irregularidades. Suerte de errores no forzados. Una información tan controlada por las narradoras, sin contrapuntos, genera que un libro de relatos breves se haga monótono. Hay una ausencia de contrapeso para esas narradoras que saben que tienen la razón y se aprovechan de ello, insertando explicaciones de más o de menos. La voluntad de coloquialismo y cercanía en las voces a veces se ve frustrada, resulta errática al ser contrarrestada con expresiones que suenan poco espontáneas al oído local.

Por otro lado, hay jugadas brillantes. Son aquellas en las que en que las voces sueltan las amarras del laconismo expresivo que predomina: el juego alegórico hacia el final de “De árbitro a coach”, la escena final de “Punto de quiebre” (con una última oración que no le hace justicia a las anteriores), el relato de una joven tenista sobre el abuso sexual de su entrenador en “Yo no viajo con entrenadores”.

Con todo, Punto de quiebre es un debut cuyo valor está en el conato de volver a rayar una cancha, tanto dentro como fuera de la literatura. Sin ser una ficción para iniciados en asuntos tenísticos, la autora navega en un novedoso lugar para abrirlo al público. Desarrolla una escritura que en la que es árbitro de sus propios personajes, revalúa las reglas a las que los sujeta y lee el mundo a través de esos nuevos límites. Efectivamente, lo intenta y no se rinde, y el resultado es un retablo íntimo, una serie de cuadros lo suficientemente diversos para mostrarnos un nuevo circuito desde y para el cual es posible escribir.

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