«Cuando el hombre ve que te sacaste los zapatos, no entiende nada»: Una psyche del macho chileno en el siglo XX
La sangre y los cuchillos

Josué Navarrete Navarro

Prefiero la muerte que un plan de huida

(…)

Yo te mentí, lo admito

Mi música me ha convertío’ en drogadicto

Yung Beef, Southside

Iniciándose entre una radiografía de los atisbos de su primera novela Matadero Franklin¸ y una profundización de aquel mundo que configuró al Chile de la primera mitad del siglo XX, La sangre y los cuchillos es un tributo de exilio y entendimiento a las voces que erigieron la metrópolis como un lugar convulso y difícil. La marginalidad, acá, opera buscando una encapsulación de la locura de este país; esa génesis de la ansiedad nacional manchada por el sueño de ser aceptados, y que lucha permanentemente contra un resentimiento propio. Todo gestándose a través de la violencia, los amores, la familia, el vicio y la comida, los amigos, los enemigos y las traiciones.

En pequeños relatos, Soto emprende un monumento a las calles sucias y los restoranes/picadas ocultas, esas de provincia, de los barrios obreros. La lectura se hace más especial al ver al Santiago post pandemia: más taciturno, con tantas mascarillas como portones de fierro, que antes del año pasado sólo habitaban ciertos lugares de la Alameda. La retrospectiva de deuda y tragedia es mezquina con los colores sepia de Última noche, El combate bonaerense y Los amigos de Dávila Larraín, primeros cuentos que abren al mundo del contrabando, del whisky, o del circulo boxeador latinoamericano; o alternativas purgatorias de este proverbio nuestro que dice «para salir adelante». Así terminamos de desencadenamos, para que lleguen los cortes y las heridas que nos manchan de La sangre y los cuchillos¸ cuento compuesto de mantras desmoralizantes, que más nos explica cómo se puede desollar al alma que al propio enemigo (¿Acaso no es el individuo sólo un manipulador de sus límites más agradables?). Y Entonces, cumplimos condena. Porque en el hombre chileno, la culpa es inmanente. Desde ahí se trabaja, casi se vive. Juan Diablo, capítulo final de la lectura,encarna, como en un ritual de interpelación tan purificador como mortuorio, todo lo que se quiere cambiar del país desde el regreso de la democracia, desde el pasado 18 de Octubre. En su cronología recordamos lo cercano que está la muerte de la madre, de la propia. Nos paseamos en una cárcel donde la palabra de Dios es un refugio ante sicarios, violadores, atracadores, y la Ley Maldita y su protección de la democracia.

Un encuadre de los espectros sociales que hasta hoy demarcan la identidad chilena, eso resumiría La sangre y los cuchillos. Eso sí, haya una metáfora importante: Juan Diablo aprende a leer con el pastor de la cárcel. Por fin puede ver su voz como identidad. Deja de lado la vehemencia como su forma de comunicación con la gente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s