Un año con forma de obituario
Muertes imaginarias de Roberto Castillo

Diego Leiva Quilabrán

Un set de necrológicas ficticias organizadas por Gabriel Meredith, ficticio editor de la ficticia revista Caveat Lector, es lo que uno encuentra en las páginas de uno de los últimos dos lanzamientos de Laurel Editores este 2020. La pandemia mundial ha marcado el año que ya se cierra y con ello la producción de Muertes imaginarias; además, el virus y el encierro se cuelan en el texto como marco y razón. Dice Meredith: «en el volumen [necrológico] de este 2020 tan marcado por la tragedia expandimos el género del obituario para recoger entrevistas, reportajes, viñetas o textos misceláneos sobre los personajes que elegimos». Parece que estuvimos, y aún estamos, en un año preciso para jugar, para explotar, sutil, inteligente y macabramente con un obituario. 

La extrapolación de las necrológicas generan relatos legibles como cuentos. Son relatos biográficos reducidos a sus anécdotas significativas —a sus obras más destacadas, en el caso de los más famosos; a sus proyectos personales, los menos—. Están el herpetólogo mordido por sus objetos de estudio, la ventrílocua con su muñeco esquizoide, la mujer enferma de polio encerrada en un pulmón de acero, el talentoso escultor despreciado por la academia, la contestataria artista de rock. Todos estos perfiles se van reconstruyendo como recortes, con sus dudas, con uno que otro documento que se integra no tan solo como dato relatado, sino también pruebas de esa existencia ficticia —fotografías, portadas de libros publicados y un cartel funcionan como huellas de vidas imaginarias, que decantaron, inevitablemente, en muertes del mismo signo.

Por muy escuetos que puedan ser algunos de los retablos que conforman Muertes imaginarias, en todos se despliega una capacidad lingüística impecable: la adaptación a los objetos representados. El autor es capaz de construir contextos referenciales sin forzar las expresiones, igualmente de cómodo se siente poniendo el ojo en mundos tan disímiles en sus actividades como la medicina y la escultura, el box y la enología. Además, inserto en esa variedad, es capaz de moverse entre la palabra justa y la metáfora, entre la trasparencia y la ironía mordaz, entre la narración de sentidos suicidios o duraderas agonías.

Otra muestra de la plasticidad de la prosa de Roberto Castillo es la impostación de las voces, formando una fascinante polifonía. Si bien lo más común es el relato al modo de un cronista, en el cúmulo de necrológicas administradas por un solo narrador, incierto y multiplicado, hay también espacio para las entrevistas —un encuentro narrado o derechamente textos esquematizados a dos voces—. En esos momentos, son trabajadas de manera ágil los contrapuntos, por ejemplo, de Raúl Ruiz en conversación con una imaginaria cineasta, Antonia Marès, o la entrevista a una corajuda rockera por parte de un medio especializado. En esos casos, las actitudes reflexivas o vehementes, de personalidades doctas o populares, son diseñadas con notorio cuidado, en la referencia a directores o connotados músicos internacionales, pero también en los localismos o frescas chuchadas y pachotadas, con simpatía o sorna.

Muertes imaginarias es un texto lo suficientemente ecléctico para constituir un panorama efectivo de la variedad de víctimas de un año complejo —difícilmente estemos en un contexto que pueda eludir ser comentado en relación con la obra que aquí reseñamos—. Puede ser, además, una manera de leer un año enrarecido. Pero sería un ejercicio de pereza intelectual quedar ahí. Es también una telaraña de referencias a Chile, el país que no se suelta estando en el extranjero, aunque depurado, a través de sus personajes, de todo chovinismo y exaltación, sin eludir ese recurso como modo de conexión posible. 

Por último, queda decir que esta obra centraliza la muerte como motivo de una narración. En ella, la muerte no es el fin de las historias, ya que parecen extenderse a través de estas notas post mortem. Mediante huellas de vida, los pequeños proyectos cumplidos o truncados, azarosos o planificados —los documentos, las obras o las ínfimas gestas personales— se van reconstruyendo como recuerdos no mediados por la afección. Son miradas por un ojo lejano, interesado en los detalles y sus repercusiones vitales. Cuesta no estar de acuerdo con Meredith en su nota final, cuando sintetiza el museo desjerarquizado cuyo recorrido el lector, en ese punto, va terminando: «las existencias malogradas y los proyectos fallidos representan, acaso con mayor exactitud, la trayectoria de una vida».

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