La paz de un estacionamiento: Materia gris de Andrés Anwandter

Josué Navarrete Navarro

And you’re the only thing
I never feel alright
I guess I have to go
And in my silence
It’s so menacing

King Krule, Perfecto Miserable.

Hay una palabra muy especial en inglés que no tiene etimología alguna. La inventó Dorothy Tenov, una psicóloga estadounidense. Me refiero a la palabra limerence, o limerencia en español. Esta es una etiqueta para determinado estado inconsciente del ánimo, en una predisposición de enamorarse de una persona sin importar su correspondencia. Pero las cosas no son así de puras ahora; yo diría que la limerencia es aún más normal con los objetos, con lo lejano. Por eso Materia gris (Ediciones Overol, 2019), libro ganador de los premios a Mejores Obras Literarias de este año, es un trabajo de la paciencia. Andrés Anwandter, en su novena obra, calibra su mente a través de las palabras en su estado más impoluto posible. Es semejante a quedarse un periodo de tiempo, más o menos razonable, en un estacionamiento de autos.

En Materia gris existe una recapitulación de toda una vida en la poesía. Sus cortos versos hacen algo parecido a una madurez de la voz tan perpetua como inconclusa, pero dicho en un sentido más cercano a la inmovilidad que de lo llevadero. El lenguaje, como levadura al frío, va reaccionando ante esta mirada como un mantenimiento de los ambientes; sólo hay que llevar esta palabra a cualquier lugar común y habitable para que el poema se haga la reflexión y la tierra, siempre para ella misma. El poemario llega a brindarle la importancia debida al recuerdo de los recuerdos de lo demás, con una postergación que constantemente se comporta en una implosión de los actos matutinos, de rutinas en desbalances. Cierto poema en sus páginas, abrochado con velcro, dice que detrás de ese sonido plástico en la protección del calzado «habla el paisaje / en un lenguaje / que olvidamos». En su banalidad hay algo, a los ojos del poeta, que busca callarse como sonido intraducible, sólo representable equívocamente en la palabra. Lo que ya no está ahí, es lo que narra el «rumbo a un estacionamiento del parque»; la imagen esta reseña, y la imagen que cierra al poema.

Me gusta pensar que el lugar donde los autos descansan de nosotros, puede soportar el derrumbe del tiempo interno, o de nuestro cuerpo. Porque si se piensa algunos instantes sobre los estacionamientos, no son más que puntos céntricos donde la emoción parece esconderse. Sea subterráneo o al aire libre, difícil es que este paisaje de cemento pueda salir de la maldición de su opacidad. Y quizás, lo que más puedan animar durante el día, sean contadas conversaciones de trabajadores que se sientan a fumar después del almuerzo. Las demás personas, o bien van llegando a sus delimitaciones para distraerse fuera de él, o vienen llegando de la distracción para dejar a la limitación con su esencia: el vacío. La fragmentación de nuestras vidas circula en estos procesos, como Anwandter en sus versos; en su imprenta, lo eriazo limpia y despeja al aliento para que siga oscureciéndose en lo que se debe hacer. reducción del personal es un pequeño trozo del libro que pone lo anterior aprueba, como un coraje ante la robotización de la sociedad: «hallo un poco / de sencillo // que la máquina / del súper // me acepta / gustosa // y agradece / incluso // con una voz / medio robótica // mientras recojo mis bolsas». En esta luz fría de los supermercados, también se cola otro texto que lleva la incomodidad aún más lejos: «chile era entonces / al menos para mí / santiago // no solía salir / del país // (…) de la masacre / inmobiliaria / de los barrios // (…) tantas / posibles / postales // que haber vendido / hoy en día // en las ferias de las antigüedades». Su título, en una divergencia, se llama anecdóticamente en cuanto a los noventa. Y en esta lectura, ese gesto del nombre de este país y su capital escritos en minúscula, es precisamente lo que escapa de la institución de las máquinas, pero no de la poesía. Es como decir, con absoluta seriedad, que un estacionamiento no puede ser algo especial más allá de las señaléticas o su silencio. Ahí podría estar el cine o ser un padre, como pequeños ejemplos, para resignificarse a uno mismo en una reproducción «que deseas editar // justamente / cuando el tiempo te falta / para hacerlo caber // en pocas palabras / que mis hijos recuerdan // del idioma que me diera mi madre». El mensaje es claro en Materia gris, y se hace evidente en estos extractos del poema leche en polvo del alba / que beben mis hijos: lo que se aprende nunca es del individuo para sí, sino para los demás.

Todas estas aristas expuestas son atisbos bastante perdidos de todo lo que dice Materia gris. Leerlo amplía toda concepción de los instantes en esto que tenemos y que se llama identidad. La sensación del derrumbe se va desdoblando hasta ser un método de conocimiento más confiable que cualquier libro dejado a la mitad de su lectura. Y me insto a ser insistente en que su forma fluye y articula a la experiencia en un sentido contemplativo. Por eso me gusta imaginar el color de sus trazos en medio de una estructura tan variante y uniforme como lo es un estacionamiento. La verdad es que cuesta nada detenerse un momento en el interior del auto, ya estacionado y con su motor apagado, e ir sintiendo el ritmo de la ciudad desde esa calma, escuchando todo lo que pasa afuera en la forma de un ruido apenas perceptible. Anwandter hace música de esos fantasmas; va aquietando la rapidez de la vida actual como otro murmullo que no siempre puede escapar.

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