Piñen o florecer en la periferia

Gabriela Alburquenque

Tengo un torbellino de imágenes que saturan mi memoria. Esto es algo que aprendí, pero no necesariamente recuerdo. Es como cuando veo las fotos de infancia. Las celebraciones de cumpleaños, la primera comunión, el último día de clases. Son fotografías, collages de representaciones, un espiral hondo que empuja hacia el pasado.

Daniela Catrileo, Pornomiseria

Baja, baja, baja, la [tu nombre] al río, baja, baja, baja a sacarse el piñen. ¿Y qué pasó? No le salió. Porque estaba muy pegado, porque no se había bañado. Lo primero que viene a mi mente cuando pienso en piñen es en una canción que nos cantábamos entre amigas para molestarnos cuando yo debía tener unos 8 años. Lo que le sigue a ese ritmo marcando el compás de la marca entre nosotras, por mero ejercicio de la infancia, ahora: reconocernos en una canción, marcar una diferencia, reír aunque se quiera llorar.

«La palabra «piñen» proviene del mapudungun y refiere al polvo o la mugre aferrada al cuerpo», nos dice Daniela Catrileo, escritora y profesora de filosofía, en el epígrafe que ella misma introduce a Piñen (Pez Espiral, 2019). Y qué es Piñen sino la palabra en el cuerpo, el polvo o la mugre, una adherencia fronteriza entre la carne y la tierra que exige ser nombrada al no poder con la piel. O al menos, eso nos sugiere este libro: «Cualquiera era un peso muerto. Un bulto esperando despegar del barro donde nos hundíamos, mientras este se secaba. ¿Han visto cómo brota la maleza de la tierra seca? Ínfimas flores de pétalos más frágiles aún. Peso mosca, alita de insecto, nervadura de clase obrera. Flaites, indias, pungas. Sin embargo, ahí tienen un verdor exhumado de la corteza terrenal de lo que llamaremos barro».

Los tres relatos que componen Piñen están tan atravesados por la voz de las protagonistas –o la protagonista, como sugiere Selva Almada–, como ellas por la memoria y su composición oscilante entre pasado y presente, el paso de la infancia a la adultez, el modo de hacerse eco en la resonancia de una identidad en proceso a. El ser mujer, mapuche, chilena, periférica, pobre, marca sobre marca, despliega la idea de una interseccionalidad de la vida que se está haciendo y reconociendo mientras se hace. Y en ese espacio donde se dibuja el yo, también lxs otrxs: «Ese día aprendimos que éramos mapuche para los ojos de los otros. Antes de ese día éramos sólo niñas y niños. Desde ese momento, cuando digo Calfuqueo, me siento otra. Cada vez que pronuncio esa palabra-nombre, creo que conjuro algo y mi cuerpo no es mío. No sé, es raro. Supongo que así se siente ser señalada».

Hay algo de belleza en Piñen, cerca de ese humor que interviene en la tragedia, al costado del punto de vista como indagación en un discurso, justo en los cuerpos que florecen en la periferia. La memoria como una saturada de imágenes –como lo nombra Catrileo–, adquiere forma en estos relatos desde un lenguaje apuntalado por el oído: con la precisión de la escucha persiguiendo la palabra. El oficio de la poeta, sin dudas, se aferra como el piñen a estos cuentos que construyen, al modo cinematográfico, escenas de una vida en la periferia y sus modos de construirse en ella. Cómo lidiar con la muerte cuando su rastreo no es más que una estela que no alcanza a dejar una huella de vida, la violación y los síntomas del abuso, y el reconocerse en la diferencia de –y con– lxs otrxs, forman parte del terreno férreo de este libro que descentraliza el discurso desde una estrategia fronteriza del cuerpo. Ese piñen que se adhiere a la piel, polvo o mugre, es también la frontera entre un cuerpo y otro. La estrategia de Catrileo es punzante, desde las descripciones que colman la escena hasta el modo de introducir(nos) un paisaje que, quienes hemos habitado la periferia y reconocemos el clima popular que articula los relatos, entendemos desde la marca de nuestra territorialización la pertenencia al apéndice de lo que podría ser un centro: marcar, apartar, borrar.

La muerte, asunto del primer relato (“¿Han visto cómo brota la maleza de la tierra seca?”), rodea a Jesús, un narco, y Jeshu, un mechero que más que mechero es vecino, que más que vecino es hijo de la Gonza, que más que hijo es huérfano. Todo esto compuesto desde el retazo en la memoria de una protagonista que persigue el fragmento, la pieza directa, el corte de la escena que arma la idea de algo, acaso, lo que podría ser el destino inevitable para algunxs que «sólo viven para morir» porque «no todos tienen la suerte de la resurrección, esa es la injusticia del nombre». Y aunque en este primer relato ya hay destellos del conflicto con la identidad que se teje como maraña sobre el cuerpo, en “Warriache”, último relato del libro, de esto no quedan dudas. La historia se centra en dos amigas que entienden el pliegue de habitar lo chileno, habitar lo mapuche y, sobre todo, habitar la disputa de un territorio –Santiago– en el que esas identidades se cruzan con la miseria del racismo: «A veces cruzo entre las luces, imaginando que de fondo siempre está la cordillera, aullando la campana invisible de nuestros nombres. No estamos inscritos en estas calles, no estamos erguidos en las plazas. Nuestros cuerpos bajo los adoquines, bajo las iglesias, bajo aquella casa hermosa que hoy es un supermercado».

En “Pornomiseria”, segundo relato del libro, funciona de manera más evidente el montaje de la imagen en fusión con la idea como arquitectura del relato. La violación explorada desde la escena de una porno, enuncia el ser mujer y reconocerse en esa idea ante un sistema patriarcal que nos mutila el cuerpo como objeto de consumo. La cadena de mujeres, desde las niñas hasta la abuela, toma el revés de la imposición de lOs otrOs sobre sus cuerpos:

«Imagina que estás en ese lugar. Imagina que a nadie le importa. Imagina que para que importe te dicen que podría ser tu familia. Una articulación de roles. Mercancías estigmatizadas, una forma del dolor. Imagina que otros te dicen que no es nada. Finalmente, es sólo un pene que entra. Ahora puedes dejar de imaginar. No hay cuerpos, porque ni siquiera nos pertenecen».

Este relato, piedra angular para desafiar la literatura desde la perspectiva de género, pone a prueba el ingenio de la prosa de Catrileo, que no construye la escena como explotación de un terreno fértil en lo editorial que, sabemos, prefiere la escritura hecha por mujeres en los tiempos feministas –o abiertamente feministas– que corren; Catrileo, a diferencia de los intentos por moldear la escritura al feminismo y no lo contrario, construye la escena, el mapa, la genealogía, y desde ahí se desprenden las capas que articulan un panorama frecuente que toma a destajo el yo cuando se es mujer. Con una prosa que contiene imágenes saturadas pero que no saturan, es capaz de incluir el género desde su problematización en la infancia, adultez e incluso el diálogo entre nosotras, nuestras figuras de amor, el deseo de que nuestra madre nos trence el pelo con un cariño desmesurado que implica su rol asignado: ser madre.

En el revés de la escena, en el montaje y aquitectura de una prosa, Daniela Catrileo nos entrega un lenguaje claro, polifónico, sin imposturas, que viene a desmantelar la idea de que la coloquialidad, hoy, es mero apunte. Escritura de blog, explotación –y apropiación– del lenguaje sin la agudeza de un oído. La primera persona que vacila entre una segunda y una tercera, atravesada por todo ese panorama escénico de la observación, interviene en la narración acercándonos a un tono que reconocemos natural: nosotrxs también hemos habitado ese lenguaje, nosotrxs también hemos observado la marca en lxs otrxs, nostrxs también «hemos sido la infancia». Y en eso, la poesía: «Soy como una herida que aprendió a residir en la piel».

Cerramos el libro, entonces, y la canción es reemplazada por Piñen, libro de Daniela Catrileo, premio a Mejor Obra Literaria en categoría cuento del 2019, el mismo día que Carlos Alarcón, asesino de Camilo Catrillanca, rompe el pacto de silencio para apuntar que el abogado de carabineros Carlos Inostroza y el mayor Manuel Valdivieso, le ordenaron mentir y borrar la evidencia del asesinato. Mismo día en que carabineros cerró las dos salidas de Temucuicui, impidiendo que la familia de Camilo asistiera al tribunal. El río que no borra el piñen, el agua que no arrastra la marca, cesa para dejar correr, escurrir, fluir este lenguaje que se nos adhiere, y no queda de otra, al cuerpo.

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