¡Pensar que todavía se acuerdan de fulano!
Tierra y tiempo de Juan José Morosoli

Diego leiva quilabrán

Tierra y tiempo de Juan José Morosoli fue publicado originalmente en 1959, dos años después de la muerte del autor y, curiosamente, lo hizo ser galardonado póstumamente con el Premio Nacional de Literatura de Uruguay ese mismo año. Aun con estas credenciales, no me deja de parecer sorpresivo que, en 2018, Laurel Editores reeditara este sintético y preciosista monumento del criollismo de la otrora Banda Oriental.

Sintético, porque son treinta cuentos los que pueblan las aproximadamente 160 páginas del volumen. Preciosista, porque en ellos se figura con una voluntad de trasparencia y con una fijación en el tipo social, en la trama, en trasmitir cierta densidad de la experiencia de las periferias rurales. Entrar a los cuentos de Tierra y tiempo es mirar, efectivamente, otra tierra y otro tiempo, más alejados ya de la experiencia metropolitana que cuando fueron escritos y, por ello, quizá más valiosos. Digamos que el fondo, en el tema desplegado, se trata de la tierra, y que la forma, en la oración pausada, la acción consecutiva y la formulación de escenas tan cortadas como reposadas se tratan del tiempo.

Síntético, por la capacidad de construir con poco una red de referencias tan completa. Ayudan a esto la precisión léxica y el correcto uso y diferenciado, sin estridencias, de los sociolectos —si el lector ve en esto un problema, que sepa que deja de serlo gracias al pequeño glosario que cierra el libro—. No obstante, por sobre todo, destaca la habilidad de construir los personajes con un mínimo de descripciones y, en ocasiones, de diálogos. Gran parte de la fuerza de los caracteres pasa por su espejeo en aquello que lo rodea y que parece tan inmóvil como ellos, aun cuando la pérdida o un destino trágico venga pronto o demasiado pronto. El paisaje rural, uno que otro animal, algunas veces un patrón o patrona, unos peones, una mujer, una compañía transitoria, las voces del pueblo… por angas o por mangas los protagonistas —en muchas ocasiones puestos en el centro gracias a los títulos— jamás se constituyen como caracteres por sí mismos al momento de referirlos. 

Los cuentos que abren y cierran Tierra y tiempo son ejemplos adecuados para constatar lo anterior. El primero, titulado “El campo”, prefigura la constitución de los sujetos, a medias entre la acción y la contemplación, entre la afección y el ensimismamiento. Un hombre mira su propiedad, que quedará cuando él muera, que lo trasciende, que se mantendrá ahí y sobre la que se pregunta qué pasará con ella. Se señala en un momento central, la vía de la demacración del dueño en ojos de su empleado:

«Sabino veía que el patrón, a pesar de que ahora se trataba como un rey, enflaquecía rápidamente. Además seguía en aquellos silencios que le venían de las cosas y del campo y se le hacían piedra adentro. Unos silencios que a Sabino le daba miedo despertar, y más miedo aun sufrir, porque eran unos silencios donde se escondía una cosa tremenda. Correa no era sino eso: un hombre con una cosa tremenda dentro. Una cosa que vaya a saber lo que era».

Al otro extremo, en el cuento “Flora”, ya en las últimas páginas del libro, una mujer cuida un panteón encargado y ve pasar los entierros; del panteón inicial pasa a cuidar otros alrededor, recuerda aniversarios de muerte, sale a buscar firmas para la recordación de los difuntos. La muerte y la memoria se le transforma en trabajo y, con ello, en rutina. Aparejado, también, el olvido deja de sorprender y lo que llama la atención es el recuerdo: «¡Cómo es la gente del pueblo! […] ¡Pensar que todavía se acuerdan de fulano!», dicen los deudos al mirar el álbum de la recordación. Los muertos se acumulan, Flora se casa y en un punto deja de ir al cementerio. La pérdida se vuelve definitiva en el abandono de esa curaduría del pasado individualmente colectivo.

Hasta aquí todo refiere a un tratamiento de un pasado lejano. No obstante, Tierra y tiempo es una obra profundamente moderna. Mira hacia el pasado, deambula entre los personajes instándose como una mirada hacia algo tan ajeno como inexpugnable, un carácter fijo, personal, profundamente íntimo y profundamente público: la tragedia de un grupo social. Grato es encontrar un texto tan interesado en contar una historia con un despliegue tan mínimo de informaciones, pero con tan interesantes recursos como lo son los espejeos, los montajes narrativos y la palabra justa. «¡Pensar que todavía se acuerdan de fulano!», sigue diciendo este comentarista mirando el nombre de Morosoli en la portada. Y qué gusto que se acuerden.

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