El silencio en Sábanas de Lino (1968) de Dacia Maraini

Viviana Saavedra Arévalo

Es incómodo enfrentarse a una lectura que nos golpea con una situación que nos moleste y que, por la distancia social y cultural, nos parezca tan ajena, pese a que esta sea un reflejo de una realidad histórica para muchas mujeres. Esto es lo que la escritora italiana Dacia Maraini (Fiesole, 1936) comunica, con toques irónicos a ratos, en su cuento corto Sábanas de Lino, publicado en español en 1975 dentro de la colección de cuentos cortos Mi Marido. La realidad incómoda de una mujer casada, una frustración innegable y, a su vez, un conformismo amargo frente a una sociedad que la atrapa, la encierra y la silencia. 

Una mujer, molesta, encuentra una vez más un hoyo por quemadura de cigarro en su sábana de lino. Esta molestia resulta inmediatamente extraña al encontrarnos luego a su marido y a la durmiente amante de este en la cama matrimonial, mientras ella les lleva el desayuno. El esposo la mandonea y la llama de forma despectiva. «Desde que nos casamos muchas cosas han cambiado», piensa ella mientras continúa con los quehaceres del hogar. La narración sigue la corriente de pensamientos de la mujer, quien recuerda aquellos pocos momentos en que el marido la mira, la toma del brazo y la trata, verdaderamente, como ‘su mujer’: cuando están en público. 

No se necesita mucho más para representar este silencio contenido, casi sereno, pero aun así lleno de tristeza, y el retrato de la vida bajo este techo matrimonial regresa al hoyo en su preciada sábana de lino. En un arrebato de rabia, amenaza, para sí misma, con irse de la casa. La amante, consternada, le dice que en ese caso ella también se tendría que ir; ser descubiertos como amantes en una sociedad con normas y leyes eclesiásticas, casi medievales en un país moderno, resulta ser el motivo para mantener aquel show ante el cual ni la misma protagonista se puede rebelar. Y el único atisbo de emancipación será que finalmente se atreverá a pedirle al esposo que compre sabanas nuevas.

Una historia sobre una mujer que acepta su realidad a pesar de las frustraciones de la vida cotidiana, realidad que molesta y enoja; y es que lo que Maraini comparte en este caso no es más que el silencio doloroso de una mujer frente al desconocimiento de una alternativa; para ella no es posible siquiera desarrollar un deseo de escape dentro de esta normalidad, protegida por las normas sociales de un sistema patriarcal. A diferencia de otras obras, como en Casa de Muñecas (1879) de Henrik Ibsen, la protagonista no toma consciencia de las injusticias de aquello a lo que se le llama ‘normal’, porque no es capaz de ver más allá del sistema que siempre ha estado allí. Resulta gratificante, desde nuestra mirada moderna, leer historias de rebeldía, una reacción valiente ante tanta injusticia, y descubrir luego las consecuencias de este acto. Si bien este no es el caso, no deja de ser una representación leal de situaciones aceptadas en alguna época no tan lejana.

Mediante su obra, Maraini se encarga de darnos una mirada sincera dentro de la vida de las mujeres, poniendo en evidencia temas tabúes de su época, lo que sufrió durante su vida y lo que vio a otras mujeres padecer en el sur de Italia, desigualdades que trascienden incluso en las leyes, que afirmaban y establecían en sí mismas las desigualdades históricas entre el hombre y la mujer (hasta el 1981, la ley italiana rebajaba la condena al feminicida cuya motivación hubiera sido una «ofensa a su honor o la de su familia»). 

La escritora ha dedicado su obra para compartir vivencias desgarradoras, y su vida comprometida al cambio de estas injusticias, convirtiéndose en una de las grandes voces del feminismo italiano. Vale la pena leer a una autora sin miedo a exhibir aquellas problemáticas desagradables y que invitan a seguir alzando la voz.

Las sábanas de lino

Esta mañana encontré un hoyo en las sábanas de lino, así de grande. Estoy segura que fue Elena, con sus malditos cigarros. Sabe que la ropa de cama me importa mucho; sabe que estas sábanas de lino fueron parte nuestro regalo de bodas; sabe que por ellas soy orgullosa y posesiva. Y exactamente porque lo sabe, me hace estas jugarretas. 

Giorgio, recién despierto, me llamó como siempre pidiendo café. Yo ya estaba en la cocina preparándolo. —Voy—, grité y me apuré a sacar las tazas de la estantería. Herví la leche, corté cuatro rebanadas de pan, puse todo sobre la bandeja y me dirigí al dormitorio. Abrí la puerta con la rodilla. Giorgio y Elena estaban en la cama y me miraban avanzar con la bandeja en las manos. Giorgio estaba sentado, con la cabeza despeinada apoyada contra la cabecera, el pijama abierto sobre su pecho velludo. Elena todavía estaba acostada. Su cabeza grande y redonda se asomaba por la sábana, todavía entumecida por el sueño. Sus grandes ojos azules seguían perezosamente mis movimientos. 

—¿Dónde la dejo?

—Aquí, tesoro.

—¿Aquí dónde?

—Sobre mis rodillas.

—Elena sigue durmiendo—, dije solo por decir, aunque viera perfectamente que tenía los ojos abiertos. 

—No, no estoy durmiendo. ¿Trajiste leche para mi?

—Sí, está en la bandeja. Ah, olvidé el azúcar.

—Corre a buscarlo, ratoncito.

Le he dicho tantas veces que no me llame ratoncito. Pero él no toma en cuenta lo que le digo. Volví a la cocina, tomé el azucarero y lo dejé en la bandeja, junto a la leche. 

—¿Qué vas a hacer de almuerzo, ratoncito?

—Te ruego que no me llames ratoncito.

—¿Soy tu marido o no?

—¿Qué tiene que ver?

—Bueno, un marido tiene el derecho de llamar a su mujer como quiera.

Elena se sentó lentamente, riendo. Alargó una mano hacia la bandeja, causando que se tambaleara sobre las rodillas de Giorgio. Después agarró una rebanada de pan y la sumergió en la taza llena de leche. 

—Siéntate aquí, ratoncito.

—Ya comí.

—Pero siéntate igual y dime qué soñaste anoche.

—Yo no sueño nunca.

—No es posible.

—Nunca, nunca, nunca.

—Es una mala señal.

—¿Por qué?

—Quiere decir que no tienes nada dentro.

Elena comenzó a reírse. No entiendo que le encontraría de chistoso a lo que decía Giorgio. Pero ella se ríe seguido sin razón. Sacude la cabeza a modo que sus cabellos se le derramen sobre los ojos y las mejillas. A Giorgio le gusta verla reír. La mira sacudirse el cabello y sonríe satisfecho.  

Desde que nos casamos muchas cosas han cambiado. Sobre todo durante estos últimos meses, desde que Elena está con nosotros. Nunca había visto a Giorgio comportarse de una manera tan torpe y pícara. Aparentemente nuestra vida parece seguir como antes; pero en realidad todo se ha transformado. 

Me acuerdo del día que la trajo a casa. Abrió la puerta sosteniéndola de la mano. Estaba muy feliz y emocionado. 

—Ada, te traje una amiga— dijo.

—¿Amiga de quién?

—Tuya y mía. Desde hoy vivirá con nosotros.

—Pero yo no la conozco.

—Vas a tener tiempo para conocerla.

—¿Dónde va a dormir?

—En la cama grande, conmigo. ¿Te molesta?

—¿En la cama grande? ¿Entre mis sábanas de lino?

—Si prefieres compro sábanas de algodón.

—No, no. Quédate con las de lino no más.

—Tu puedes dormir en el living, en el sofacama.

—Esa cama es muy dura.

—Elena te va a ayudar a cocinar, mantener el orden de la casa. Ya verás que te será de mucha ayuda.

—¿Sabe cocinar?

—No sé. Mira, Elena es un poco mimada. Pero estoy seguro que se va a acostumbrar a la nueva casa y te ayudará en las labores domésticas.

—¿Mimada cómo?

—Bueno, mira, en su casa estaba acostumbrada a no hacer nada, a dormir todo el día. Pero es buena y voluntariosa. Estoy seguro que te caerá bien.

Hasta aquel momento no la había mirado. La idea de que usaría mis sábanas de lino me irritaba. Esperaba que, al no mirarla, la hiciera desaparecer. Pero estaba allí, alta y blanca y sacudía la cabeza a cada palabra de Giorgio. Entonces alcé la cabeza para observarla bien. Lo primero que encontré fueron sus grandes y tranquilos ojos azules que me miraban fijamente, curiosa. Aparte de aquellos ojos exorbitantes, su cara no tenía nada de especial: redonda, blanca, con rasgos regulares. El cuerpo se asemeja a la cara: regordete, limpio, de tamaño normal. 

Aquella noche Giorgio se quedó en casa para ayudar a preparar una gran torta de manzana. Se puso el delantal y peló las manzanas, mientras charlaba con Elena. En ese momento me dí cuenta que Elena no sabía hacer nada; cuando quería ayudarme, me estorbaba. Y por eso desde entonces no le he pedido que me ayude más en la cocina. Prefiero arreglármelas sola, voy más rápido. También abrimos una botella de champagne esa noche, para festejar la llegada. Elena se bebió dos copas y se emborrachó. Giorgio la tomó en brazos y la llevó a la cama. Después me llamó para que la ayudara a desvestirse. Y así la vi desnuda. Con ropa le habría puesto veintiocho años, sin ropa demuestra diez más. No sé por qué, pero me dió gusto que fuese más vieja que yo. Di una última mirada a mis delicadas sábanas de lino bordadas a mano, y salí dejándolos solos. 

Es cierto eso que dice Giorgio, que Elena es buena y afectuosa. Solo que a veces se aburre y para pasar el tiempo me hace alguna jugarreta. A menudo se pasa el día leyendo historietas tumbada en la cama, o pintándose las uñas o cepillándose el cabello. Algunas veces se queda dormida y entonces no la siento hasta las siete, hora a la que llega Giorgio. Poco antes de que llegue, Elena se viste a toda prisa, se maquilla, se peina, se pone tacones, y apenas él abre la puerta, corre a su encuentro con gritos de alegría. 

En ocasiones salimos los tres juntos. Vamos al cine o de paseo por las calles del centro. En estos casos, debo admitirlo, Giorgio se comporta muy bien. Me trata como una verdadera mujer: me lleva del brazo, me susurra palabritas chistosas al oído, me deja pasar primero si entramos a algún local. Y Elena camina detrás, con pasos lentos, un poco malhumorada. Cuando nos encontramos con algún amigo, Giorgio la presenta como la prima de su mujer, osea mía. —Perdió al marido— dice, —y ahora vive con nosotros. No tiene a nadie, la pobrecita.—

Elena no habla nunca. Sonríe y pide su helado. Su gran pasión son los helados. Giorgio a veces le da en el gusto, otras veces le grita que en invierno los helados hacen mal y se aleja. 

Apenas entramos a casa, las cosas cambian inmediatamente. Giorgio no me mira más, casi no habla conmigo, si no es para hacer reír a Elena, como cuando me llama ratoncito. Elena, segura de sí misma, comienza a hablar de cosas aburridas; o se acuesta en la cama con sus historietas y exige que corra a traerle un vaso de leche helada cuando tiene sed. 

No es que Elena me quiera echar de la casa. ¿Sin mí cómo lo haría para seguir adelante? Sus jugarretas no son más que bromas de una persona mimada. Pero no se da cuenta que sus bromas con mis sábanas de lino son insoportables para mí. 

—Si sigues haciendo hoyos en las sábanas de lino yo me voy de la casa— le dije en un momento de rabia. 

—No digas eso. Giorgio se molestaría muchísimo.

—Que se las arregle.

—Pero es tu marido.

—¿Qué puede hacerme?

—Puede denunciarte por abandono del lecho conyugal.

—¿Crees que le daría pena?

—No sé. Pero si te vas, no puedo vivir más con él

—¿Por qué?

—Pues porque no estamos casados.

—Bah, ¿qué importa?

—Se darán cuenta en seguida que somos amantes.

—¿Y eso qué?

—No me gusta. ¿Qué dirán los vecinos?

—¿Y a quién le importa los vecinos?

—A mi sí. No quisiera quedar como una inmoral

En realidad no tengo ninguna intención de irme de la casa. Me aburriría sola. Y además, francamente, Giorgio es mi marido y creo que mi lugar es junto a él. Si digo que me voy, es para asustar a Elena. Me gusta, para variar, verla atenta y seria mientras le hablo. 

Dentro de poco regresa Giorgio. Hoy tomé una decisión importante. Le diré que se compre un par de sábanas de algodón para la cama donde duerme con Elena. No soporto que mis sábanas de lino aparezcan arruinadas.

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