Pienso en las fronteras no como límites estáticos, sino como membranas, con permeabilidades, fisuras, que permiten la existencia de múltiples relatos

Joyce Duarte

Por Cristián Hualacan

5 preguntas sobre Cipsela (La Calabaza del Diablo, 2018) a Joyce Duarte

Hace algunos años salió el primer libro de Joyce Duarte (Providencia, 1988), un poemario que atrajo a lectores que veían en él una conexión entre las copas de los árboles, los efectos de las heridas y el transcurso del tiempo. Este poemario se caracterizaba por su profundidad para metaforizar, hacer frente a las rupturas amorosas y el conflicto de las relaciones, vistas con destajo y la resistencia de un cuerpo: «Me sostengo en el pulso/ la forma en que tomo las pausas/ como los árboles/ que mueren de pie». Actualmente, Joyce trabaja en filosofía de la infancia y está a cargo de un taller con niños migrantes en Santiago Centro, se dedica a investigar temas relacionados a las infancias latinoamericanas, y supongo, prepara su segundo libro.  

1- ¿Cómo fue publicar tu primer libro con La Calabaza del Diablo?

Siempre tuve mucho temor de publicar, por pudor, inseguridad y otros cuestionamientos en torno a las dificultades de ser mujer de clase popular y querer aventurarse a escribir. Cipsela fue un libro de un proceso largo, que afortunadamente fue muy bien acogido en La Calabaza y, sobre todo, por Marcelo Montecinos, quien lo leyó y decidió publicarlo rápidamente. El proceso de publicación fue bastante más breve que el de escritura (9 meses aproximadamente); para mí era muy importante que el libro fuera editado y ser parte del mismo catálogo con otras autoras que me gustan mucho puede entenderse como un privilegio. Valoro mucho la existencia y presencia de editoriales independientes, que aspiran a ampliar el canon, que sigue siendo un tremendo desafío en un país tan desigual como este, desafíos que también están presentes al momento de revisar y mejorar las prácticas dentro del mundo editorial, donde muy a mi pesar, también se reproducen situaciones poco gratas, sobre todo para escritoras «jóvenes».

2- Tuve la oportunidad de leer Cipsela en distintas versiones y me pareció siempre un poemario acabado. ¿Para ti cuando inicia y termina el proceso del poema? 

Para mí fue muy importante la lectura atenta de buenos lectores, que afortunadamente son mis amigos. Las observaciones más agudas vinieron de ahí y me permitieron ir avanzando y poniendo atención a otras miradas, también ir tomándole cariño al conjunto de los textos, que me costó mucho soltar, porque entraba en la neurosis de la edición-corrección; donde termina no lo sé, tampoco donde parte, es una pregunta muy difícil. Para mí tiene que ver con un deseo de capturar e ir mejorando las capturas. No es una epifanía, es un entrenamiento y una batalla constante con el perfeccionismo y la impostación. En algunos momentos sentía que de tanto corregir y editar, ya los estaba echando a perder y esa fue una señal de parar, dejar macerar y volver a leer tiempo después.

Siempre he querido decir o escribir sin mentir, pero sí en este libro hay una tensión constante entre lo dicho y lo oculto, que es muy propia de no querer develarse, que afecta a quienes somos tímidas, sin necesariamente parecerlo. Quizá tiene que ver con diluirse y con asumir, en algún punto, una derrota con la palabra y con el plano perfecto.

3- En Cipsela, hay una voz poética que observa, haciéndose cargo de esa reacción que no es visible, sino interna, dándole una vuelta a esa lectura de la «delicadeza» del canon sobre la poesía escrita por mujeres. ¿Cómo es para ti tensionar la fragilidad en Cipsela?     


Hay una frase de María Luisa Bombal en El árbol que me robé para un texto y que quizá me puede servir para responder acá: «Ella se había sentado en la cama, dispuesta a insultar. Pero en vano buscó palabras hirientes que gritarle. No sabía nada, nada. Ni siquiera insultar».


Durante todo el proceso del libro, que tomó alrededor de 9 años desde el primer poema hasta el último y la publicación, tuve que lidiar constantemente con fantasmas asociados a las expectativas impuestas sobre lo que sería «ser mujer» y querer escribir. Es inevitable remitir acá a la formación, mis primeras lecturas fueron libros heredados de las bibliotecas familiares, donde mayoritariamente había clásicos escritos por hombres. En los talleres no fue muy distinto, la mayoría de los que tomé eran dirigidos por hombres y tenía muy pocas compañeras. Frases del tipo «es que no escribes como mujer» «las mujeres escriben mal, eres la excepción» y otras que pretendían ser halagos siempre me generaron mucha incomodidad, porque tampoco sabía muy bien como era eso de escribir «como mujer», ni menos quería ser una excepción.

Lo delicado ha aparecido harto en la lectura del libro, también las referencias a lo sensorial y al cuerpo, que supuestamente serían un campo donde las mujeres tendrían predominio. En este caso pienso que, tener que guardar silencio, te hace aprender a observar y ese aprendizaje, acá se pone en práctica al momento de querer tensionar la grandilocuencia, remitiendo a imágenes que hablan de lo inductivo, las cosas nimias que aparentemente no tienen relevancia, pero que para quienes hablamos en voz baja constituyen gesto, detalle, afecto. Saber como se descomponen las cosas, indagar en si pueden repararse, puede tener que ver con cuestionar la fragilidad. Las flores son frágiles, pero al mismo tiempo sostienen un mundo sobre sí, para qué hablar de las abejas. 

No sé, los intersticios, las fallas, dan cuenta de lo humano, decir y no encontrar las palabras para decir, son para mí muestra de la relación y tensión existente entre infancia y lenguaje, donde algunos nos permitimos volver a preguntarnos cosas que aparentemente estaban resueltas. 

4- Frontera es el poema que cierra Cipsela, título que hace referencia simbólicamente a Temuco. ¿Para ti cómo funcionan estos lugares donde habitan dos mundos en disputa? ¿Cómo ves estos lugares después de la Revuelta Social? 

Al principio no cerraba el libro, pero Marcelo tuvo muy buen ojo en ponerlo ahí. Para mí es un poema que habla de una ruptura y, curiosamente, de mis primeros intentos por escribir, que fueron poemas de amor, dentro de cartas para mi madre y mi mejor amiga. Me tocó vivir en Temuco en los 90’s, en plena rearticulación de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), entonces las imágenes y sonidos de la protesta, me acompañaban a diario en mis trayectos en la micro, sola, cruzando la plaza de armas para ir a la escuela. Ahora me toca vivir cerca de plaza dignidad y experimento algo similar, guardando las proporciones.

Pienso en las fronteras no como límites estáticos, sino como membranas, con permeabilidades, fisuras, que permiten la existencia de múltiples relatos. En este caso, mi frontera es afectiva y tiene que ver con aprehensiones propias en torno a cuánto poner de uno mismo, donde cerrar, algo que claramente no aspiro a resolver, pero sí a enunciar. También tiene que ver con sentirse un poco fuera de lugar; me pasaba en el sur por «santiaguina» y me pasa ahora, porque me siento incapaz de decir algo sobre lo que hemos vivido desde octubre, que para mí ha sido tremendo; algo que quise que pasara, pero no al costo que ha tenido para las vidas de mis compañeras y compañeros. Prefiero, por lo pronto, guardar silencio y seguir pasando de un frasco a otro.

5- Sé que trabajas con niños migrantes, y trabajas especializada en infancia, ¿cómo le explicarías a un niña la poesía? ¿y que su educadora es poeta?

Trabajo desde 2013 haciendo un taller de artes integradas con niñas y niños migrantes, de distintos países de Latinoamérica. Afortunadamente mi jefe de la asociación (sin fines de lucro) en que trabajo, me tiene mucha paciencia y confianza y eso me ha permitido poder ser profesora, cuestión con la que siempre he vivido a contrapelo. 

Me siento infinitamente afortunada de poder conversar diariamente con los niños y las niñas y acompañarles cuando inventamos cosas; el interés por las preguntas y la precisión con que observan las cosas que decimos, me ha enseñado mucho; no es un cliché, los niños y las niñas tienen una relación con el lenguaje muy profunda e inquisidora, que a mí juicio es muy afín con la escritura, porque también es un juego y para ellos y ellas, eso es un asunto muy serio, que requiere mucha concentración y goce. No me siento capaz de explicarle a les niñes que es la poesía, pero sí hemos leído juntos y juntas Haikus y tuve la posibilidad de realizar un taller hace un tiempo, donde empezamos a cuestionar esas nociones anquilosadas de que todos los poemas riman o expresan sentimientos, a través de indagaciones con la imagen y el problema de la representación. No les digo que soy poeta, porque me da mucha vergüenza, tampoco me gusta que me digan tía, pero me he ido acostumbrando. Tengo la suerte de poder aprender mucho y jugar, además de tener una colección de retratos y cartas de amor, a lo largo de estos años. También tengo la posibilidad de alentar a las niñas a escribir, cuestión que, durante mi niñez en Temuco fue clave; mi profesora de lenguaje tenía una rara especie de certeza y fe en que me iba a dedicar a escribir, misma cosa mi profesora del Liceo. Ambas fueron muy atentas y sensibles para proponerme cosas que me fueron afianzando; son un referente para mí, al momento de mediar con los intereses de las niñas con quienes trabajo.

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