Bakkhai o el arranque de una idea

Gabriela alburquenque

Nada como el origen para hablar de la tragedia. Eso parece decirnos Anne Carson en la nota de la traductora que introduce su Bakkhai (2015): «Quisiera ser dos perros, así podría jugar conmigo». Esta nota de apertura, poema iniciático, instaura, al modo del coro griego, la condensación de una idea sobre el ejercicio mismo de la traducción: lectura, actualización, desafío: «Los comienzos tienen su propia/ energía,/ ética,/ tonalidad,/ color». Y no podemos esperar más de una estudiosa del griego antiguo que, a esta altura, bien podríamos llamar, punto de unión entre el mundo clásico y el mundo contemporáneo: Anne Carson partida en dos.

El libro, publicado a fines del 2020 en Chile por La pollera Ediciones, es una actualización de la tragedia de las Bacantes de Eurípides, escrita en el 409 a.e.c, versionada por Carson por primera vez en el 2015. En la versión chilena la traducción es de Bernardita Bolumburu, también especialista en literatura clásica, y la suya puede ser entendida como puente entre una traducción y otra, porque sabemos, las de Carson, son traducciones que resignifican la idea misma de la traducción: no es el canje de un idioma por otro, sino uno de los sentidos, de lo que precede al sentido mismo del poema, de la palabra. Por lo mismo, se debe considerar que la labor de Bolumburu encauza el ejercicio de Carson de modo que su oficio se cruza con el de ella. Y en ello, Bolumburu se pasea como quien reconoce las estrategias de lo que es enfrentarse a la tragedia griega, su aridez y espesor: ella también es dueña de casa en esta Tebas.

El centro de Bakkhai son las mujeres, de eso no cabe dudas. Y con ellas, como punto de reunión o mito inicial, Dionisio, el dios más humano, el dios más terrenal. Que Eurípides se interesase por el rol de las mujeres en la tragedia, en la civilización griega, no es una sorpresa: lo que hace en Medea, Andrómaca, Electra, Las troyanas, son sólo algunos ejemplos de ello. Sin embargo, me parece interesante que la relación que encontramos con las mujeres en sus Bacantes, es una que constituye nociones sobre lo que podría ser un origen. Dionisio, hijo de Sémele y Zeus, llega a Tebas a reclamar el derecho a su identidad. Una identidad partida por la infidelidad, el engaño, la negación y la muerte; tragedia en sí misma. Este dios del Este, dispuesto a reclamar su herencia más allá del montaje que han hecho de él, de su nacimiento, de su herida o su propio origen, encauza en su identidad el dolor de habitarse fracturado: «Él es un dios joven./ De oscura mitología,/ siempre llegando/ a un nuevo lugar/ para alterar el status quo,/ con un asomo de sonrisa./ Los Griegos lo llamaron “extranjero”/ e invadieron con montajes/ polis tras polis/ con historias como esa/ en las Bacantes de Eurípides». Y ese dolor, que muta en toda la tragedia para colmarnos el cuerpo, los sentidos, las verdades, es un escupo de cera que se amolda a la piel como dureza, aspereza de la realidad, en la que los relieves de un ser y otro no están tan distanciados como pareciera. Lo terrenal y lo divino se fusionan en la realidad, las Bakkhai son el destino que encierra esta verdad.

Así, las mujeres que en la tragedia de Eurípides se corporizan al modo que lo hacen las Erinias en la Orestiada, con toda esa cólera contenida, pueden ser leídas como un cuerpo colectivo, agrupación, movimiento en la traducción de Carson. Un cuerpo que se rebela contra un sistema patriarcal que las somete, oprime, silencia. Dionisio, en este sentido, más que enloquecer a estas mujeres por venganza a su falsa condición bastarda, parece devolverles un trozo de su historia, porque en Bakkhai el origen es el germen y evolución del poema: «Alguna vez ellas tuvieron una existencia previa./ El pastor las describe/ recostadas sobre las montañas en paz/ “calmas como botones en una camisa”/ Este es el mundo antes de los hombres./ Entonces llega la cuadrilla/ y la violencia se desata./ ¿Qué nos dice esto?/ El impacto de lo nuevo/ tendrá su propia revelación/ en modos antiguos y brutales». En este y más de un sentido, las Bakkhai de Carson habitan la Tebas del siglo XXI con la premisa del silencio antes del origen, de lo que podría anteceder al silencio. No por nada en la presentación del libro Bolumburu situó a las Bakkhai a la par de Lastesis, quienes al mismo modo del coro griego, abandonaron el silencio por la colectividad de una voz que reivindicó el derecho a decirlo todo. Ir y venir entre una voz y la otra.

Lo apolíneo y lo dionisíaco, gemelos contrarios en Nietzsche, que seguramente se deleitaría con las mixturas que hace Carson de estas actitudes clásicas, se actualizan como posturas, manifiestos ante la vida, conductas y nada más. En la fricción de estas actitudes, cada personaje explora los impulsos de lo propio en resonancia con lo colectivo. La idea del deseo, presente en casi toda la literatura de Carson, se manifiesta en Bakkhai como motivo y centro de la acción; de ahí la hybris o desmesura, de ahí que la cólera de Dionisio desencadene en fisuras entre lo individual y lo colectivo. La alteración del orden por una reivindicación del ser es rastreable en todo el poema: «Mira a Penteo/ girando alrededor con un vestido,/ tan satisfecho con su disfraz de niña/ al borde de las lágrimas./ ¿Debemos crees/ que este deseo es nuevo?». Carson, con un humor que inunda los sentidos para estabilizar la conmoción de las escenas trágicas del poema, va hacia atrás con la consciencia de que el lenguaje no permanece entero en una traslación. Las palabras son orgánicas, móviles, materia que muta en cada lengua, y así nos las entrega Carson, con un ritmo que cae como cascada sobre el oído de quien lee. Del mismo modo, la comprensión de la tragedia como una ramificación de sentidos que se extienden sobre el cuerpo que la recibe, está en constante manifestación en Bakkhai: la literatura aparece como un oficio constante, que no se abandona, y en el cual las palabras son la expresión más ruinosa de lo contenido en ellas.

Nada como el origen, inicio, para instalar una idea. Carson es captora del comienzo, tan iniciática como los poetas trágicos, y su traducción es tan vital como estremecedora. El puntapié inicial de la traducción está en la entrada de Dionisio, irrupción primera, para dar fuego y partida a un relato que instaura lo que podría ser el deseo antes del deseo, el comienzo antes del comienzo, porque en las alusiones a la realidad, el poema se detiene para torcerse y reformular el mundo que está habitando. Lo dionisíaco, así, como un remecer de la vida y sus dobleces inexplorados a los que ir y venir, y en más de una ocasión, sentir «el lamido del comienzo para saber que no sabes». Las Bakkhai de Anne Carson o la representación moderna de habitarnos en colectivo más allá de lo colectivo.

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