Una ocasión de pecado
John Montague

Viviana Saavedra Arévalo

John Montague (1929 – 2016), poeta y escritor irlandés, nos narra en su cuento corto «Una ocasión de pecado» (1963) los conflictos de una mujer francesa casada, recién llegada a una pudibunda Irlanda, durante sus idas a la playa Seacove (nombre ficticio para Seapoint). ¿Cómo logramos adaptarnos a un nuevo lugar? ¿Visitando las bellezas naturales del lugar, las playas, montañas, lagos, acantilados? ¿Conociendo a las personas locales, haciendo nuevos amigos, hablando e intercambiando ideas con ellos? O bien, ¿acomodando nuestro comportamiento a las reglas sociales del lugar?

Una ocasión de pecado 

A unos quince kilómetros al sur de Dublín, cerca de Blackrock, hay un pequeño balneario. Bajando por una carretera secundaria, cruzando un puente ferroviario, y ahí, tras la muralla, se encuentra una pequeña bahía con un muelle adentrándose en el mar a su izquierda. El agua no es profunda, pero es mucho más tranquila y cálida que en muchos otros puntos de la costa. Cuando la marea sube, cubre la extensión de rocas verdes a su derecha, levantando las algas como si fuesen largo cabello. En su punto más alto, se puede bucear desde la plataforma de la torre Martello, la cual se levanta parcialmente oculta entre el muelle y la muralla del paseo marítimo. 

Françoise O’Meara comenzó a ir allí poco después de la pascua del 56. Una chica gordita, transparente, tranquila consigo misma y con el mundo; había llegado desde Francia sólo hacía seis meses, después de casarse. Al principio lo detestaba: las húmedas neblinas de noviembre parecían comerla hasta su espíritu; pero no decía nada, por el bien de su esposo. Y cuando el invierno comenzó a tornarse primavera, y los días se volvieron más suaves, sintió que su corazón se expandía. Era tan simple como eso. 

A principios del nuevo año, su esposo le compró un auto para que pasara el tiempo cuando él estuviera en la oficina. No era mucho, un viejo Austin, con amplios escalones laterales y un techo manchado de óxido, pero que ella limpió y pulió hasta dejarlo brillante. Con él exploró todos los pequeños pueblos alrededor de Dublín: Delgany, donde una jauría de beagles se le cruzaron a raudales por la carretera; Howth, donde deambulaba por horas a lo largo de los acantilados; los caminos arriba de Rathfarnham. Y Seacove, donde comenzó a ir tan pronto se lo permitió su esposo. 

—Pero nadie se baña en esta temporada del año— dijo sorprendido —¡Excepto los locos en el Forty Foot!

—¡Pero yo quiero! —gritó —¡Que importa lo que haga la gente!¡No me voy a derretir!

Estiró sus brazos mientras hablaba, y él tuvo que admitir que no parecía que lo fuera a hacer; sus pechos asomandose bajo la blusa, sus caderas gruesas y firmes, sus grandes ojos grises; nunca había visto lucir tan positivo a alguien en toda su vida. 

Al principio era maravilloso estar sola, y sentir el golpe helado del agua mientras se sumergía. Le recordó un periodo de su infancia que pasó en Etretat, en la costa de Normandía: se lo pasó en el agua durante todo noviembre, luego corría por la playa desierta mientra el agua se le secaba de su cuerpo contra el fuerte viento. Dudaba de poder hacer lo mismo en Seacove, pero encontró un rincón en la muralla que captaba el poco sol que hubiese, y cuando se ponía a llover entraba al café de la torre Martello y se servía una barra de chocolate y una taza de té. A veces hacía tanto frío que se le ponía piel de gallina, pero le encantaba; nunca se había sentido tan viva. 

Solo a mediados de mayo la gente comenzó a acompañarla a lo largo de la muralla. El primero que llegó fue un hombrecillo gordo, quien se desvistió para mostrar una barriga cubierta de vellos blancos. La saludó con la mano antes de zambullirse desde la punta del muelle, avanzando lentamente hacia el océano. Cuando regresó, su rostro estaba enrojecido por el esfuerzo, y se comenzó a golpear salvajemente con una toalla. Tenía pies sorprendentemente pequeños, casi diminutos, notó ella, mientras danzaba sobre las rocas de arriba a abajo, creando una columna blanca de aliento en el aire. Cuando se iba, siempre le guiñaba amablemente o decía (sus palabras tragadas por el viento): «¡Esto supera a las aguas de Banagher!». 

Le caía muy bien. No se sentía tan a gusto con los otros. Una pareja inglesa venía desde la pensión Stella Maris para hacer un picnic durante el almuerzo y leer el Daily Express. A pesar de sentarse uno al lado del otro, muy rara vez conversaban, le echaban un vistazo melancólico al cielo que, incluso en sus días más brillantes, tenía siempre  un aspecto ligeramente amenazante, como una solución química a punto de la precipitación. Y cada vez llegaban más hombres de la zona, casi siempre en bicicleta. Se detenían a lo largo de la muralla, se quitaban los clips de sus pantalones, sacaban sus trajes de baño de sus bolsos, y bajaban con pasos pesados hacia el océano. Uno de ellos, que lucía como clérigo (delgado, con lentes, la boca como un corte en su rostro) traía equipo para pescar bajo el agua, lentes para nadar, aletas y una lanza. 

Lo que le molestaba era el método que usaban para desvestirse: nunca había visto algo así. Primero extendían un periodico en el suelo. Se arrodillaban sobre este, sacándose lentamente las primeras capas de ropa. Cuando ya estaban en polera y pantalones, miraban rápidamente a su alrededor, y luego daban una especie de retorcimiento convulsivo, con el fin de que la parte más baja de sus pantalones quedara colgando. Había un breve destello blanco antes que una toalla los envolviera desde sus lumbares; todo el largo de los pantalones caía gradualmente, durante una serie de temblores convulsivos. Una zancada más y el traje de baño se deslizaba por sus muslos, hasta llegar al hueso de la cadera. Un segundo vistazo a su alrededor, un tirón veloz de la toalla con la mano izquierda, una jalada del traje con la derecha, y el trabajo estaba hecho. O casi: poniéndose de pie con dificultad, se sacaban las largas poleras revelando sus torsos pálidos.

Al principio, este procedimiento le divertía: parecía una secuencia cómica, sobre todo porque también tenían que hacerlo en reversa, cuando salían del agua. Pero luego le comenzó a preocupar: ¿Por qué hacían esto? ¿Era porque había mujeres presentes? Pero no había más, aparte de la esposa del inglés, quien se sentaba mirando hacia el océano y comiendo concentrada sus sándwiches, y ella misma. Pero había visto a hombres desvistiendose en las playas desde que era una niña, y apenas lo notaba. En cualquier caso, la división de la raza humana entre masculino y femenino había sido un hecho interesante que ya había asimilado hace mucho tiempo: no había necesidad de llamarle la atención de tal extraordinaria manera.

Lo que le molestaba incluso más era la forma en que la miraban a ella mientras se desvestía. Usualmente llevaba su traje de baño bajo la ropa; cuando no, se sentaba al borde de la muralla, deslizaba su traje velozmente hacia arriba, antes de saltar para sacarse el vestido sobre su cabeza: la rapidez y limpieza del movimiento le gustaba.  Pero al atarse los tirantes por el cuello, podía sentir las miradas siguiendo cada movimiento: se sentía como un animal enjaulado. Y no era ni por curiosidad ni admiración, porque cuando levantaba la mirada, todos daban vuelta la cara rápidamente. El hombre con los lentes para nadar era el peor: lo pilló mirandola fijamente, con avidez, con el elastico negro apretadole alrededor de sus orejas, como un motociclista de carreras.  Le sonrió para cubrir su vergüenza, pero para su sorpresa, él dio vuelta su cabeza, con un chasquido molesto. ¿Qué tenía de malo?

Porque algo era: simplemente no estaba bien, y quería irse. Le mencionó sus dudas a su esposo, quien se rió y luego se puso pensativo.

—No estás siendo muy empática—, señaló. —Después de todo, este es un país frío. La gente no está acostumbrada al calor—

—Tonterías — respondió —hace tanto calor como en Normandía. Es algo más— 

—Quizá solo es modestia—

—¿Entonces por qué me miran así? Son tan lujuriosos como los soldados pero no lo admiten—

—No lo entiendes— se retiró. 

***

Era mediados de junio cuando los estudiantes clérigos aparecieron en Seacove. Llegaban en bicicletas por la carretera costera desde Dun Laoghaire, de negro como una bandada de cuervos. Sus abrigos aleteaban contra el viento costero mientras se intentaban pasar unos a otros, pedaleando más rápido. Luego doblaban por la carretera secundaria hacia la torre Martello, donde apilaban sus máquinas en el parqueo de madera, bicicletas Raleighs de aspecto serio y corredoras de mango bajo. 

Cuando aparecían, algunos de ellos se desvestían sacándose sus abrigos y alzacuellos mientras llegaban. La mayoría ya traía su traje de baño puesto, se sacaban los pantalones en la playa, creando un montón de ropa idéntica negra. Los otros se desvestían en grupos bajo la sombra de la muralla del paseo, y luego bajaban corriendo; juntos marchaban hacia la punta del muelle. 

Por los próximos quince minutos, el océano rebosada de ellos, denso como un cardumen de caballa. Se sumergían, se tiraban agua, se paraban de cabeza. Uno que era tímido se retiraba siempre hacia la orilla, pero otros dos lo seguían sigilosamente para hundirlo vigorosamente, solo para ser golpeados, desde atrás, como les tocaba. La superficie del agua se convertía en nubes de espuma. A lo lejos se vislumbraba los brazos de los tres nadadores más fuertes, en una carrera hacia el faro. 

Cuando salían del agua para secarse y acostarse, por lo general encontraban un espacio vacío alrededor de sus ropas, la gente habiéndose alejado un poco para darles más espacio. Pero los estudiantes clérigos parecían no darse cuenta, o importarle, solo se tiraban en cualquier espacio que estuviese disponible. Uno o dos traían libros, pero la mayoría se acostaba de espaldas, conversando y riendo. Al principio la cháchara interrumpió a Françoise de la novela que estaba leyendo, pero pronto se hundió en su conciencia, como una letanía. 

—Pero Pius siempre le tuvo un gran culto a la virgen. Dicen que la vio en los jardines del vaticano—

—Si Carlow hubiese transformado ese penalti, estarían en el final del domingo—

—El padre Conroy dice que después del segundo año en terreno casi se te olvida que existe el hogar—

Si bien su energía le causaba gracia, Françoise probablemente no les habría hablado, pero un día, por el accidente de quedarse dormida, una edición amarilla de Mauriac reposaba sobre su estómago. Cuando despertó, los estudiantes se estaban instalando a su alrededor. Era un día caluroso, y su lugar de siempre cerca del agua lo habían ocupado familias inglesas con niños, así que buscaron el siguiente área disponible. Aunque pretendían indiferencia, ella podía sentir una corriente de curiosidad pasando por ellos al tenerla tan cerca; de vez en cuando se encontraba con una mirada tímida, o una risita, mientras uno miraba a otro con complicidad. Entre sus pieles blancas y shorts largos, se acomplejó repentinamente por su vistoso traje de baño con rayas azules y rojas, resplandeciendo como una bandera bajo el sol. Y sus piernas y brazos ya más bronceados. 

—¿Es francés lo que está leyendo?— dijo uno al fin. Recién llegado de su segundo chapuzón en el océano, se secaba con la toalla lentamente, salpicando gotas de agua a todos. Tenía un rostro tosco, amistoso, cubierto de manchas, y un remolino de cabello anaranjado, estirado en mechones mojados.

Levantó el volumen como respuesta —Le Fleuve de Feu —deletreó —el río de fuego, una novela de Mauriac—

—Es un escritor católico, ¿no?— dijo otro, con repentino interés. El primero se volvió a mirarlo rápidamente, y este se puso completamente rojo, sentándose en su puesto.

—Bueno —hizo una mueca, recordando ciertos episodios en la novela, —lo es y no lo es. Es muy lúgubre, de una forma anticuada. El río de fuego se supone que es, —buscó las palabras —el diluvio de las pasiones humanas—

Hubo silencio por uno o dos minutos. —¿Usted es francesa? —dijo una voz curiosa.

—Si, lo soy— confesó, como disculpándose, —pero estoy casada con un irlandés—

—Pensábamos que no podía ser de aquí— dijo otra voz victoriosamente. Todos parecían más tranquilos, ahora que su identidad nacional había sido establecida. Hablaron distraídamente por algunos minutos, hasta que el chico pelirrojo, que parecía estar a cargo, miró su reloj y dijo que era hora de irse. Se vistieron rápidamente, y mientras andaban por la muralla en sus bicicletas (solo podía ver sus cabezas, como blancos en movimiento en un parque de diversiones) se despedían con la mano de ella. 

—Nos vemos mañana —gritaron alegres.

***

Para principios de julio, los encuentros entre Françoise y los estudiantes se habían convertido en algo diario. Le gritaban mientras subían con sus bicicletas —Hola, Françoise—. Y después de bañarse, subían trepando por las rocas para sentarse alrededor de ella en un semi círculo. Por lo general, el chico pelirrojo (llamado ‘Ginger’ por sus compañeros) empezaba la conversación con una pregunta seca —¿De qué parte de Francia eres?—, o —¿Te gusta Irlanda?—, pero pronto los otros quedaban a cargo mientras él se echaba con un silencio satisfecho, como un perro que ha hecho un truco esperado.

Al principio la conversación era general: Françoise se sentía como una profesora al ser interrogada sobre su vida en París. Y cualquier cosa que les dijera parecía tomar un aire de irrealidad, más como una lección que la vida real. Les gustaba escuchar del Louvre, o Notre—Dame, pero cuando intentaba contarles sobre lo que conocía mejor, la vida estudiantil por el Barrio Latino, su atención desaparecía. Pero no era su culpa, porque cuando ella les preguntaba sobre su propio futuro (se iban a hacer misiones), eran igualmente vagos. Era como si solo aquello que tenía alguna relación con el presente fuese real, y todo lo demás, exótico; a menos que uno fuese arrojado a eso, y ahí, por su puesto, se volvía normal. Tal letargo le enojaba.

—¿Pero no les gustaría ver París?— exclamó ella.

Se miraron entre ellos. Si, les gustaría ver Paris, y quizá lo harían, algún día, en su regreso de África. Pero lo que ellos realmente querían era aprender francés: solo tenían un par de clases a la semana con el padre Dundee. 

Otro día hablaron de los sacerdotes obreros. Recién salida del convento, una jeune fille bien pensante, Françoise comenzó a realizar trabajo social, alrededor de la rue Belhomme y la periferia de Montmartre. Y así llegó a conocer a varios sacerdotes obreros. Uno de los que conoció se había enamorado de una prostituta y tuvo que luchar para salvar su vocación: lo consideraba un hombre maravilloso. Pero su historia fue recibida en silencio; un mundo en donde la gente no iba a misa, donde la pasión era organizada y peligrosa, no existía para ellos, excepto como una imagen del mal sacada de un manual. 

—Las cosas deben ser muy laxas en Francia —dijo Ginger, levantándose. 

Podría haberlo golpeado en la cabeza.

Aun así, disfrutaba de su compañía, y se sentía un poco decepcionada cuando, a causa de algún examen o ceremonia religiosa, no llegaban. Y no era solo porque cumplian el sueño de una mujer de estar rodeada por hombres que la admiraban. En completa tranquilidad con ella, no demostraban hacer ningún cálculo de seducción o adulación, solo una clase de bromas amistosas. Le recordaba cuando jugaba con sus hermanos (era la única niña) durante las largas vacaciones de verano; que su relación pudiese no parecer tan inocente para otros no se le cruzó jamás por la cabeza. 

Estaba recostada sobre la muralla luego de nadar, una tarde, cuando sintió una sombra moviéndose frente a ella. Al principio pensó que era uno de los estudiantes, a pesar de que el día anterior le habían dicho que probablemente no vendrían. Pero no, era el hombrecillo gordo que había llegado de los primeros a Seacove. Le sonrió como bienvenida, entreabriendo los ojos contra el sol. Pero él no le sonrió de vuelta; sentándose a su lado pesadamente, puso su rostro alegre de siempre como un intento de solemnidad. 

—¿Extraña a sus amiguitos?—

Se rió —Sí, un poco —confesó —Me caen bien, la verdad, son una compañía agradable—

Se quedó en silencio por un momento. —No estoy seguro que sea correcto que hable con ellos — soltó.

Ella se sentó bruscamente. —¿Qué quiere decir?—

—Mucha gente en la playa —estaba claramente incómodo —está diciendo cosas—

—¡Pero son solo niños! —su sorpresa era tanta que temblaba: si aquel hombre tan inofensivo creía esto, ¿que estarían pensando los demás?

—Son estudiantes clérigos —dijo obstinadamente —van a ser sacerdotes—

—Pero con mayor razón, uno no debería —buscó la palabra —aislarlos

—Nosotros no lo vemos así. Está dando un mal ejemplo—

—¿Que estoy dando qué?

—Un mal ejemplo—

Contra su voluntad, sintió lágrimas saliendo por las esquinas de sus ojos —¿Usted cree eso?— preguntó, intentando sonreír. 

—No sé —dijo seriamente. —Eso queda para su conciencia. Pero no es correcto que una mujer soltera sea tan amistosa con estudiantes clérigos—

—¡Pero no soy soltera!—

Esta vez la sorpresa fue para él. —¡Es una mujer casada! Y viene aquí…—

No terminó la frase pero ella sabía lo que quería decir.

—Si, soy una mujer casada, y mi esposo me deja venir a la playa por mi cuenta, y hablar con quien yo quiera. Verá, él confía en mí—

El hombre se levantó lentamente. —Bueno, hija —dijo con un regreso desconcertante a la cordialidad, —depende de usted. Solo quería advertirle—

Mientras se alejaba con lentitud, vio como toda la playa la estaba mirando. Esta vez no les sonrió, sino que clavó sus ojos directamente hacia el frente. Había un desfile de yates dirigiéndose hacia el puerto de Dun Laoghaire, sus velas blancas como mariposas. Volviéndose, escondió su cabeza contra el concreto, y comenzó a llorar.

***

¿Pero qué iba a hacer? Mientras manejaba de regreso a Dublín, Françoise estaba tan absorta que casi tuvo un accidente obedeciendo un antiguo reflejo de doblar hacia la derecha por la Georgian street donde vivían. Un Ford que venía en dirección contraria le tocó la bocina fuertemente, y giró el auto subiéndose a la vereda, justo a tiempo. Vio la cara de sorpresa de su esposo mirando desde la ventana: gracias a Dios estaba en casa. 

Sin embargo, no mencionó el asunto hasta varias horas más tarde, cuando ya no estaba tan alterada como lo había estado en la playa. Y cuando decidió hacerlo, intentó contarlo tan a la ligera como pudo, esperando distanciarse, para verlo con claridad. Pero si bien su esposo se rió un poco al principio, su rostro se volvió más serio, y sintió que su nerviosismo crecía otra vez. 

—¿Pero qué derecho tenía él para decirme eso a mi? —estalló al fin.

Kieran O’Meara no respondió, y siguió dando vuelta las páginas del Evening Press.

—¿Qué derecho tiene cualquiera de acusar a la gente así?  —repitió.

—Obviamente creía que estaba haciendo lo correcto—

Ella titubeó. —Pero seguro no piensas…—

Su rostro enrojeció al responder —No, claro que no. Pero no niego que en ciertas circunstancias podrías ser clasificada como una ocasión de pecado— 

Se sentó de golpe en el sillón, con un trapo en la mano. Al principio quería reírse, pero luego de repetir para sí misma la frase «ocasión de pecado» algunas veces, ya no lo encontró chistoso y le dieron ganas de llorar. ¿Acaso todos en este país medían las cosas así? Durante una fiesta, un par de noche atras, un amigo de su esposo le dijo con seriedad que «el sexo era el peor pecado de todos porque era el mas placentero». Otro le había agarrado el brazo, una vez, cruzando la calle: —Tenga cuidado—, —Pero usted también está en peligro— se rió, solo para escuchar su respuesta: —No soy yo por quién me preocupo, es usted. Me encuentro en estado de gracia santificante—. El rostro del hombrecillo gordo apareció ante ella, lleno de amarga arrogancia, mientras le decía que estaba «dando mal ejemplo». Por Dios, ¿qué estaba haciendo en este lugar sumido en la ignorancia?

—¿Encuentras que soy una ocasión de pecado?— preguntó por último, con voz ahogada.

—Es diferente para mí —respondió impaciente. —Después de todo, estamos casados—

Fue una completa sorpresa para él verla levantarse del sillón, tirar el trapo sobre la mesa, y desaparecer de la habitación. Pronto escuchó golpear la puerta principal, y sus pies correr por las escaleras. 

***

Con las manos en los bolsillos de su impermeable blanco, Françoise O’Meara andaba por la orilla del Gran Canal. Una delgada llovizna caía, pero la ignoró, más bien contenta por la huella húmeda que dejaba sobre su rostro. Los árboles nadaban hacia ella, fuera de la neblina; una pareja de amantes se apoyaban contra ellos, sus rostros mezclándose. Ninguno de ellos andaba con impermeable, seguramente estaban empapados, pero no parecía importarles.

Bueno, al menos había un par que lo estaba pasando bien. ¿Pero por qué escogieron el lugar más húmedo en todo Dublín, arriesgándose a una doble neumonía, para más remate? ¿Cual era este instinto de buscar oscuridad e incomodidad, en vez de la amigable luz del día? Se acordó de las parejas acostadas en la cubierta del bote desde Holyhead cuando había llegado: se iba tropezando entre ellos para poder bajar las escaleras. Era como si fuese de noche en una ciudad bombardeada, la gente escondiéndose de los golpes de fe; nunca había tenido tal sensación de desconsuelo.  Y luego, habiendo superado el ruido y las manchas del portero del Saloon y llegó al baño, descubrió que el papel estaba esparcido por el suelo y que alguien había garabateado en el espejo CAVAN DE MIERDA con labial. 

Su esposo casi se mató de la risa cuando le preguntó lo que significaba. Y aun así, a pesar de su educación y viajes, era tan raro como cualquiera de ellos. Por fuera, se veía completamente normal, sobre todo cuando se iba a la oficina por la mañana con su limpio traje de ejecutivo. Pero por dentro era un nido de superstición y terquedad; era como vivir con un miembro de una tribu. Aparecía en todo tipo de pequeñeces: la forma en que evitaba caminar bajo escaleras, la forma en que se persignaba durante las tormentas, la forma en que saludaba cada iglesia que pasaba, una mano hacia su frente dejando el volante incluso en medio del tráfico capitalino. Y eso no era lo peor. Una noche se despertó y lo encontró sentado rígidamente en la cama, su rostro tenso y pálido. 

—¿Lo escuchas?— logró decir.

Débilmente, en el viento, escuchó un sonido de llanto, una especie de gemido. Si, sonaba extraño, pero probablemente era solo un animal encerrado, o en celo, el tipo de cosas que uno escucha en cualquier jardín, aumentado solamente por el eco de la noche. 

—Es una banshee— dijo. —Siguen a nuestra familia. De seguro la tía Margaret se va a morir—

Y curiosamente, la tía Margaret sí murió, pero varias semanas después, y más de vejez que de cualquier otra cosa: tenía más de ochenta y podría haber caído a la tumba en cualquier momento. Pero durante todo el funeral, Kieran miraba a Françoise con reproche, como diciendo ¡Ya ves! Y ahora la enfermedad comenzaba a entrar en ella, enviándola a acechar durante la noche como una heroína de Mauriac, con una melancolía comiendole el corazón. Al llegar al puente de Leeson Street, vio dos cisnes, un macho y una hembra, moviéndose lentamente con la corriente. Detrás de ellos, casi indistinguibles por sus plumas grises, venían cuatro pequeños. Este espectáculo la calmó: era hora de volver. Aunque lo tenía merecido, no quería que su esposo se preocupara por ella. En cualquier caso, ya tenía más o menos decidido lo que iba a hacer. 

***

Lo importante era no demostrar, ni con la más mínima señal, que le preocupaba lo que pensaran de ella. Balanceando su traje de baño con la mano izquierda, Françoise O’Meara caminó tranquilamente hacia la playa en Seacove. Ya estaba bastante llena, pero, como por diseño, había un pequeño espacio libre, justo bajo la muralla del paseo, donde normalmente se sentaba. ¡Así que también la iban a excluir! Pero les iba a mostrar: con una dulce conciencia de su público, se subió al concreto y comenzó a desvestirse. Pero estaba solo a la mitad del proceso cuando los estudiantes llegaron. En circunstancias normales, se lo habría tomado con calma, pero vio cómo la gente los observaba mientras se acercaban, y el cierre de su sostén se atoró, y se quedó saludandolos con la mitad de su vestido fuera. Y cuando logró poner en orden su traje de baño vio que, ya que habían llegado casi al mismo tiempo, esperaban que fuera a nadar con ellos. Extendiendo su toalla cuidadosamente, como una sabanilla, Ginger giró en dirección al mar —¿Vamos?—

Con la sangre corriéndole hasta la cara, marchó junto a él hacia la punta del muelle. La marea estaba alta, y justo bajo la torre Martello apareció en la superficie el hombre con los lentes para nadar, farfullando, como si lo hubiese hecho a propósito para observarla. Más adelante, un grupo de estudiantes clérigos jugueteaban entre ellos: no se iba a unir a eso. Sin hablarle a su compañero, se lanzó en dirección al faro, cortando el agua con una ligera natación de costado. Pero antes de ir más lejos, encontró a Ginger a su lado, y otro chico al otro lado. Pasándola (los dos sabían nadar), quedándose atrás, volviendo a pasarla, la acompañaron hasta el punto del faro, y de regreso. ¿Acaso no la iban a dejar sola nunca?

Y luego, cuando estaban recostados en la playa, la seguían molestando con preguntas. Y no las de siempre, sino que más audaces, de una manera inocente, ¿qué se les había metido? Fue el chico que preguntó sobre Mauriac que lo empezó, queriendo saber si había terminado el libro, si acaso conocía personas así, qué pensaba de su idea sobre el amor. Y después, de la nada:

—¿Qué se siente estar casado?—

Ella giró en su estómago y lo miró. No, no lo decía de forma pícara, se veía serio, observándola con interés, como lo hacían los demás. ¿Pero cómo se responde a tal pregunta, y ante tal público?

—Bueno, es muy importante para una mujer, obviamente —comenzó, tan llena de clichés como una columnista en la sección para mujeres. —Y no solo porque la gente… la sociedad insinúa que si una mujer no se casa es un fracaso: esa es una trampa terrible. Y no es simplemente vivir juntos tampoco…—, los miró, seguían atentos. —es bastante agradable, pero para estar satisfecha, en el proceso de ceder. Y esa es la paradoja, que si es un matrimonio real, ella se sentirá más libre, solo porque ha cedido—

—¿Mas libre?—

—Si, más libre después de casarse que antes. No es como un amorío, en el que el sentimiento puede ser igual de intenso, pero uno sabe que puede escapar. La libertad en el matrimonio es la libertad de haberse comprometido: al menos eso es cierto para una mujer— Su comentario fue recibido en silencio, pero no era el silencio perplejo de sus primeros encuentros, sino que reflexivo, como si, aunque no hubiesen entendido lo que quiso decir, estuvieran preparados para examinarlo. Pero no pudo silenciar una duda fastidiosa en su cabeza, y preguntó —¿qué te hizo preguntarme eso?—

No fue quien hizo la pregunta, sino que Ginger, que apenas estaba escuchando, quien le dio una respuesta: —Por supuesto, es bien sabido —dijo cordialmente, tomando sus cosas, —que las mujeres francesas no piensa nada más que en el amor—

Antes de que se le ocurriera una respuesta, ya estaban a mitad de la playa.

***

Seguía enfurecida cuando llegó a casa, más aún porque sabía que no le podía contar a su esposo. Seguía enfurecida cuando se fue a la cama, moviéndose tanto que su esposo gruñó irritado. Seguía enfurecida cuando despertó, de un sueño en que la experiencia quedó cuajada. 

Soñó que estaba en Seacove temprano en la mañana. El océano era de un verde profundo,  con olas pequeñas golpeando la punta del muelle. No había nadie así que se quitó la ropa y se lanzó al agua. Estaba a medio camino del faro cuando sintió algo debajo de ella: era el hombre con los lentes para nadar, sus aletas negras golpeando el agua silenciosamente mientras se le acercaba. Sus ojos recorrieron su cuerpo desnudo mientras intentaba tomarle una pierna. Sintió que estaba siendo jalada hacia abajo, y pateó con fuerza. Escuchó el sonido de los lentes romperse cuando salió hacia la superficie, donde su esposo estaba levantando las persianas para dejar entrar la luz matutina. 

Hoy, decidió, tenía que terminar con todo este estúpido asunto. Ya había durado demasiado, y le había causado mucha ansiedad. Después de todo, la gente que se quejaba probablemente tenía razón: el hecho de que los chicos se hayan puesto atrevidos con ella lo probaba. Jugó con la idea de no regresar a la playa, pero le parecía cobarde. Mejor enfrentar a los estudiantes directamente, y decirles que no podía verlos más. 

Así que cuando llegaron a la playa por la tarde, la encontraron sentada con rigidez contra la muralla del paseo, con un libro descansando en sus rodillas. Al saludarla con su amabilidad de siempre, apenas recibieron una respuesta. En ese momento, no hicieron ningún comentario, pero recostados en la playa luego de su baño, encontraron el silencio pesado e intentaron persuadirla con preguntas. Pero les respondía cortante cada vez, regresando ostentosamente a su libro.

—¿Hay algún problema? —preguntó finalmente uno de ellos.

Manteniendo la mirada fija en las páginas, asintió. —Más o menos—

—¿No tendría nada que ver con nosotros? —esta vez fue Ginger, con un repentino interés inquisitivo.

—De hecho, si— Timidez convirtiéndose lentamente en alivio, les contó sobre la conversación con el hombrecillo —Pero obviamente es mi culpa, —terminó débilmente —debí haberlo imaginado—

Esperando sus opiniones, los miró. Para su sorpresa, le estaban sonriendo cariñosamente.

—¿Eso es todo?—

—¿No es suficiente?—

—Pero ya sabíamos todo eso—

—¡Lo saben!— exclamó con horror. —Pero cómo…—

—Alguien vino al instituto algunos días atrás y se quejó ante el decano—

—¿Y él que dijo?—

—Nos preguntó cómo eras—

—¿Y qué dijeron? —respiró.

—Dijimos —el tono era bromista pero sincero —dijimos que eras una mejor profesora de francés que el padre Dundee—

La inocencia casual del comentario, restaurando todo el corazón de su relación, le provocó un grito de risa. Cuando la sorpresa se desvaneció, no pudo resistir volver al tema, con recelo, al menos una vez más.

—Pero ¿y qué pasa con lo que la gente decía? ¿No les molestó?—

La mirada de Ginger pareció descansar sobre ella un momento, y luego la alejó, saltando como una pelota de goma por las escaleras hacia el océano. 

—Agh, la gente siempre encuentra algo malo en cualquier cosa— dijo con normalidad. 

***

Y eso fue todo: ya sin interés, comenzaron a hablar de otra cosa. Se iban de vacaciones pronto (¡Por algo estaban tan juguetones!) y ya no la verían mucho. Pero les había gustado conocerla; ¿quizá iba a estar allí el próximo año? Apoyó su espalda contra la muralla, escuchándolos, con su nuevo libro a su lado (era Le Deuxième Sexe de Simone de Beauvoir). Un movimiento llamó su atención en la playa: alguien estaba intentando escalar a la plataforma de la torre Martello. Primero apareció la lanza, luego los lentes negros para nadar, luego las aletas, como un mounstro marino saliendo del agua. Recordando su sueño, comenzó a reírse de nuevo, tanto que sus compañeros la miraron con curiosidad. Si, dijo rápidamente, quizá estaría en Seacove el próximo año. 

Aunque en su corazón sabía que no lo estaría. 

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