La sustancia de las ausencias:
Caballo Fantasma, de Karina Sosa Castañeda

Alicia Hernández Sánchez

En Oaxaca, en el departamento amplio y bien iluminado, al que llegaba al olor del limonero del patio por las noches, extrañaba mi caverna, la humedad, ser una extranjera en una ciudad donde eres un fantasma, donde siempre estás solo.
Extrañaba eso: no pertenecer.

Diario, autoficción, poesía, recolección de citas o la invitación a reinventar nuestros silencios: Caballo Fantasma (Almadía, 2019) —de la mexicana Karina Sosa Castañeda— no encaja en ningún género, pues la misma narradora vive en ausencia de sí misma.

Este breve libro tiene como protagonista a Ka, cuya madre falleció hace seiscientos días y, desde entonces, ella no ha podido llorar. Caballo Fantasma se inserta así en un ambiente plagado de soledades y fantasmas donde nada se siente sólido: ni Oaxaca, ni las habitaciones donde el amor tiene menos sustancia que la luz, ni los saltos en el tiempo que Ka realiza para intentar entenderse a sí misma a través del desapego de su madre.

La metáfora vasta de los caballos, que sirve como baluarte del libro, traspasa todas las fronteras. Desde citas de la literatura universal, reflexiones filosóficas plasmadas en el diario de Ka y hasta el hipódromo que su madre solía frecuentar, la narración se construye mediante segmentos pequeños. Ora una escena de ella con su interés amoroso, ora los recuerdos distantes de su infancia, ora citas directas. No hay anclas ni puertos en Caballo Fantasma y eso queda claro muy pronto.

«Morir en cualquier rincón, enunciando nuestro propio fin. Sintiendo el tropel de caballos encima de nosotros, uno a uno cada casco de caballo, cada galopar, cada exhalación, y adivinar así nuestra ruina. Entonces una sonrisa. La sonrisa De Dios, de los dioses. Un paseo por el Danubio. Mojar el cuerpo muerto en el Tíber y entonces…
El caballo nos mira y puede morir».

Esta carencia de cohesión se traspasa a la experiencia de lectura: resulta difícil asirse a nada. Los personajes vagabundean como sombras melancólicas, cada uno con sus propios demonios y dedos helados, y Ka es la fantasma mayor.

Las escenas, apenas hiladas por las esquinas, parecen inconexas. No obstante, el pretexto de la vida y muerte de la madre dibuja un retrato de la vida de Ka: sus deseos y añoranzas, sus decepciones y enamoramientos, su pérdida; dichos vistazos nos deberán bastar para comprender. Caballo Fantasma es el recuento de cómo las vidas de ambas, madre e hija, se volvieron tangibles únicamente en el breve espacio-tiempo donde se tocaron.

De allí germina su poder poético absoluto. El impacto emocional surge sin aspavientos o momentos dramáticos, sino de mano de esta expiación-retrospectiva que hace Ka, ayudada por los libros que ella ama. La literatura es arma de doble filo, sí, pero también paliativo universal: la autora está muy consciente de ello.

«La nieve me es ajena. No la conozco.
Me pertenece el polvo. He crecido mirando cómo el polvo no cesa. Está ahí y es lo único que nos acompañará eternamente, como el agua y las piedras. Incluso dentro del agua y de las piedras: ahí germina también silenciosamente el polvo».

El recurso de la metáfora de los caballos, no obstante, termina por desgastarse. Ellos son la madre y ella es el epítome de todas las ausencias: depende de Ka dejarla ir aunque nunca la haya tenido. Dependerá de ella atreverse a insertarse en el mundo, electrocutarse para así ingresar a la vida. Quien lee solamente puede ser testigo.

«Recuerda Karenina, en todas las novelas alguien debe morir para que la novela ocurra, me dijo un profesor de literatura en la preparatoria. Tenía toda la razón.
Solo por eso no escribo la historia del sepulturero, en esa historia nadie muere: todos ya están muertos».


Alicia Hernández Sánchez (Ciudad de México, 1996). Es graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Usa el pseudónimo Alicia Maya Mares. Ha publicado en la sección «Piensa Joven» del Heraldo de México, en las revistas digitales Carruaje de Pájaros, Colofón y Efecto Antabus, y tiene una columna mensual en la Revista Palabrerías que le lee a sus cuatro gatos. Todas las noches sueña con música pero nunca puede transcribirla.

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